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LEYENDO: Parte 7 de 8 | Tierra arrasada: extractivismo, crisis y poder en Bolivia

Dimensiones económicas, políticas y sociales

Los instrumentos financieros ambientales pueden ser útiles o pueden ser una nueva trampa de endeudamiento, según quién los diseñe y para quién.

Territorios en Disputa
  • Redacción Digital / El País
  • 29/06/2026 00:00
Dimensiones económicas, políticas y sociales
Bolivia enfrenta la trampa del rentismo, y la geopolítica del litio añade presión.

En marzo de 2025, el Banco de Desarrollo Productivo de Bolivia emitió el primer bono verde certificado del país: 102,9 millones de bolivianos, aproximadamente 14,8 millones de dólares, destinados a proyectos de energía solar en Santa Cruz y Potosí. La noticia fue celebrada como “un precedente para futuras inversiones verdes”. El problema es la escala. CEPAL estima que América Latina necesita entre 215.000 y 284.000 millones de dólares anuales hasta 2030 para cumplir sus compromisos climáticos. El bono boliviano representa el 0,005% de esa cifra. Es como intentar apagar un incendio forestal con un vaso de agua.

El bono fue certificado por la Climate Bonds Initiative, una ONG británica que establece estándares globales. Eso genera una pregunta de soberanía normativa: ¿por qué una entidad extranjera debe validar qué proyectos son “verdes” en territorio boliviano? La certificación requiere alinearse al estándar de 1,5 grados Celsius, pero los criterios fueron diseñados en centros financieros de Londres y Bruselas, no en las comunidades bolivianas. La externalización de la definición de sostenibilidad reproduce una lógica colonial donde los estándares ambientales globales se imponen sobre países del Sur Global.

El riesgo de endeudamiento climático es real. El 81% del financiamiento climático que llega a América Latina lo hace en forma de préstamos, no concesiones, según datos regionales. Los países deben endeudarse para enfrentar una crisis que no crearon. Para Bolivia, con una deuda pública del 83% del PIB, rating de default cercano y reservas internacionales de apenas 50 millones de dólares, cualquier nuevo instrumento de deuda debe evaluarse con extrema cautela. El bono de BDP fue emitido en moneda local y en monto reducido, lo que limita el riesgo cambiario. Pero la lógica de estos instrumentos suele escalar.

El caso mexicano ilustra los peligros. Los bonos verdes de la Ciudad de México fueron criticados por no abordar las desigualdades socioeconómicas subyacentes y por costos administrativos y de certificación que superaron los beneficios financieros directos. En Chile, los “bonos verdes” de empresas mineras del desierto de Atacama han sido acusados de “greenwashing”, es decir, de financiar proyectos de “eficiencia energética” para operaciones que consumen enormes cantidades de agua en la zona más árida del planeta. La etiqueta verde no garantiza que el proyecto lo sea.

Bolivia enfrenta además la “trampa del rentismo”. El modelo económico boliviano depende históricamente de la extracción de recursos naturales para financiar al Estado. La plata del Cerro Rico, el estaño del siglo XX, el gas natural de los años 2000 y ahora el litio son ejemplos de una misma lógica: extraer, exportar como materia prima y distribuir las regalías. El problema es que este modelo crea incentivos para extraer más, no para conservar. Los USD 63.000 millones que Bolivia recibió por hidrocarburos en 19 años no se tradujeron en una economía diversificada. Cuando el gas se agotó, el país quedó sin plan B.

La geopolítica del litio añade presión. China controla más del 60% de la capacidad global de procesamiento. Estados Unidos multiplicó casi siete veces sus reservas identificadas entre 2020 y 2026. Australia lidera la producción. Bolivia tiene los recursos, pero sin reservas certificadas ni producción competitiva. El triángulo del litio concentra el 46% de las reservas mundiales certificadas, pero Bolivia es el único vértice que no produce a escala. La ventana de oportunidad es 2026-2035; después, el mercado puede enfrentar exceso de oferta y el precio caerá.

El contexto continental es inquietante. Estados Unidos, bajo la segunda administración de Donald Trump, ha redefinido su relación con América Latina en clave de “minerales críticos como seguridad nacional”. El Comando Sur declaró explícitamente que el litio del triángulo latinoamericano es una prioridad estratégica. El gobierno de Paz Pereira señala un viraje hacia Washington, pero China ya tiene contratos firmados. Bolivia se encuentra en una disputa de grandes potencias donde su posición de actor débil puede convertirla en el mayor beneficiario, si negocia bien, o en el mayor perdedor, si es absorbida como simple proveedora de materia prima.

Las comunidades indígenas, como siempre, están en el punto de mira. Más del 50% de los minerales necesarios para la transición energética están en o cerca de tierras indígenas. En Bolivia, los salares de Uyuni son territorios ancestrales quechua y aymara. Los contratos de litio fueron suspendidos precisamente por la falta de consulta previa. Los pueblos indígenas gestionan los territorios mejor conservados del país, pero reciben una porción “muy baja” del financiamiento climático directo, según el informe de UNEP FI sobre transición justa.

Los bonos verdes no son inherentemente buenos ni malos. Su naturaleza depende del diseño institucional, del contexto de inserción en el sistema financiero global y de quien controla los estándares. Para Bolivia en 2026, representan un riesgo estructural alto por su vulnerabilidad financiera, su dependencia recién reinstalada con organismos multilaterales y su debilidad institucional para resistir condicionalidades. Pero si se implementaran con rigor soberano, emisiones en moneda local, estándares propios y participación indígena vinculante, podrían ser una herramienta útil.


Soberanía financiera verde

El análisis crítico de los bonos verdes en Bolivia revela una tensión fundamental.

Por un lado, el país necesita financiamiento para la transición energética y la adaptación climática. Su potencial solar es enorme: el altiplano tiene la radiación solar más alta del mundo después del Sahara. La inversión en paneles solares podría sustituir las importaciones de combustible que cuestan 3.000 millones de dólares anuales, liberar recursos fiscales y proveer energía barata para la industria del litio.

Por otro lado, la historia del endeudamiento boliviano advierte cautela. El país tiene una deuda externa pública de 13.430 millones de dólares, reservas internacionales netas de apenas 50 millones y un rating soberano de “default cercano”. Cualquier nuevo endeudamiento, aun con etiqueta verde, profundiza la vulnerabilidad.

La solución propuesta por especialistas como los de la Fundación Jubileo y el CEDIB pasa por mecanismos que no incrementen la deuda: fondos de compensación climática, pagos por servicios ecosistémicos, y alianzas de transferencia tecnológica sin condicionalidad política.

Noruega logró diversificar su economía petrolera mediante un fondo soberano que hoy alcanza 1,7 billones de dólares. Bolivia podría replicar el modelo con el litio, pero requiere una gobernanza transparente, una distribución equitativa de las ganancias y una voluntad política que los ciclos electorales no han demostrado.


Tierra arrasada: extractivismo, crisis y poder en Bolivia

En esta serie de reportajes, cada entrega aborda una dimensión de la crisis ambiental boliviana con datos, testimonios y el contexto de otros países que enfrentaron dilemas similares. El horizonte es 2050, pero las decisiones que lo determinan se toman hoy, en estos años, en estas legislaturas. El tiempo no es neutral.

1 | Bosques: La deforestación que consume el futuro | 12,6 millones de hectáreas ardieron en 2024. La compra de tierras por Erai Maggi, el “rey de la soya”, y las leyes que premian la quema. Un modelo agroindustrial que convierte bosques en mercancía.

2 | Minería: La herida metálica | Del Cerro Rico a los salares de litio: cinco siglos de extractivismo. La fiebre del oro envenena ríos y pueblos indígenas con mercurio. Los convenios con China y Rusia y la paralización judicial.

3 | Hidrocarburos: La reserva que se resiste a morir | Tariquía, el bosque tucumano-boliviano que Petrobras quiere perforar. La lucha de mujeres campesinas contra el crudo en una reserva nacional de flora y fauna.

4 | Agua: Glaciares fugaces y ríos agonizantes | El río Guadalquivir se contamina mientras los glaciares andinos desaparecen. Tarija sufre sequías extremas. Más de 2 millones de personas en La Paz y El Alto enfrentan una crisis hídrica estructural.

5 | Áreas protegidas: Asedio a lo sagrado | Madidi, TIPNIS y Noel Kempff: las joyas de la biodiversidad boliviana bajo asedio de mineros, petroleros y colonizadores. El jaguar ganó una batalla legal, pero la guerra continúa.

6 | Cambio climático: Bolivia paga una deuda que no contrajo | Menos del 0,1% de las emisiones globales, pero entre los países más vulnerables. Los incendios convirtieron a Bolivia en emisor masivo de CO2. La diplomacia climática frente a la realidad doméstica.

► 7 | Dimensiones económicas, políticas y sociales | Los bonos verdes, el endeudamiento climático y la geopolítica del litio. Por qué un país con las mayores reservas del “oro blanco” sigue sin producirlo.

8 | Prospectiva: Bolivia 2050, tres escenarios, una sola decisión | La Deriva, el Reformismo y la Transformación Soberana: tres caminos plausibles para Bolivia entre 2026 y 2050. Las ventanas de tiempo que se cierran y las decisiones que determinan el futuro.


En la entrega final:

Tres escenarios para Bolivia en 2050. La Deriva, el Reformismo y la Transformación Soberana. Las ventanas de tiempo que se cierran y las decisiones que determinan si el país será próspero y soberano, o empobrecido y degradado.

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Esta sección es independiente. Ninguna empresa, gobierno, organización interna o extranjera paga por estas publicaciones. Las presentamos porque creemos en el periodismo como herramienta de difusión de información libre y porque estamos ante factores que nos atraviesan a todos: un sistema extractivista sin frenos y un punto de no retorno en la crisis climática. Visibilizar estos hechos documentados no es un acto de solidaridad abstracta, es reconocer que puede pasarnos mañana a cualquiera.

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