Fernando López Zavala: el arquitecto que investiga antes de soñar
En la casa que diseñó él mismo, orientada al sol y tallada en piedra azul, el arquitecto repasa su oficio, un libro que reordena el diseño y una vieja cuenta pendiente.
La casa no se anuncia desde la calle. Se entra por el camino de tierra, se dobla una esquina de piedra y al franquear la pequeña puerta, aparece. La fachada que mira exactamente al norte, la única orientación que en Tarija regala sol todo el año sin castigar en verano. Fernando López Zavala explica la fórmula que enorgullece a cualquier arquitecto: aquí no hay ventana puesta al azar. Calculó el ángulo de incidencia solar antes de decidir cuánto debía retranquear cada muro, qué distancia debía mediar entre el vidrio y el alero para que la luz de la tarde entrara justa, ni un rayo de más en enero, ni un rayo de menos en julio. El comedor, el living, el dormitorio miran al norte. La cocina y los baños quedaron al sur, asoleados también, porque en su método nada se deja a la resignación climática.
Luego de una vuelta por esa casa que es también un pequeño museo de arte, nos sentamos en la sala a charlar. Su música favorita sostiene las palabras. Dice que la piedra de los muros salió de una cantera que él mismo recorrió cuando todavía no existían las restricciones actuales a la explotación de áridos. La madera que enmarca ventanas y vigas es de urundel, la misma que los pescadores del Beni usan para levantar palafitos que en época de crecida quedan como flotando sobre el río y en estiaje se ven varados en tierra seca. Construyó la casa en una época en que esos materiales, hoy carísimos, resultaban baratos. Un patio interior, con techo de vidrio, permite que las plantas crezcan sin freno. Es, en miniatura, una demostración construida de lo que López Zavala predica en las aulas, que la arquitectura no es un acto de inspiración sino un problema que se investiga antes de proyectarse.
De los fondos sociales a las aulas de Tarija
La biografía de López Zavala no cabe en estas páginas. Formado inicialmente en México, con una maestría posterior en Planificación del Desarrollo Rural Urbano Regional cursada en el Instituto Rehovot de Israel, pasó casi veinte años trabajando en el sistema boliviano de fondos de inversión social: el Fondo Social de Emergencia, luego el Fondo de Inversión Social y finalmente el Fondo Nacional de Inversión Productiva y Social, la sucesión de siglas que financió escuelas, postas de salud, sistemas de agua y caminos vecinales en el país durante la reconversión económica posterior a 1985. Él mismo resume esos años, entre risas, como una etapa dedicada casi por completo a la obra pública. Tras un breve paso por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, hoy reparte su tiempo entre la consultoría y la docencia en la Universidad Católica Boliviana “San Pablo”, sede Tarija.
Ese recorrido del edificio aislado a la red de servicios, de la vivienda al territorio, explica una de sus investigaciones más sonadas en el ámbito académico local, un estudio sobre la subcentral rural de Cirminuelas, en el valle central de Tarija, donde plantea el concepto de “cortijo” como unidad mínima de planificación, integrando vivienda, producción agrícola, agua, energía solar y organización comunitaria en un mismo diseño. No es un arquitecto de edificios sueltos y firma vistosa. Es, según él lo entiende, un arquitecto de sistemas.
Un libro contra la mística del genio inspirado
Esa misma desconfianza hacia la inspiración solitaria es el motor de su libro más reciente, Investigar para Diseñar y Proyectar Arquitectura, publicado en 2024 y con segunda edición en puerta. La tesis central es incómoda para buena parte del gremio: la arquitectura nunca ha logrado construirse a sí misma como ciencia, porque jamás tuvo un cuerpo teórico propio comparable al de las ciencias sociales o de la salud. Pero eso, sostiene, no es una condena sino una oportunidad. Si se la entiende como ciencia del diseño, hermana del diseño gráfico o industrial, sí es posible dotarla de un método riguroso.
Lo llama Método Operacional y lo organiza en cinco categorías que recorren cualquier proyecto, del más humilde al más ambicioso: la estratégica, donde manda la empatía con el futuro usuario, tomando literalmente en cuenta para quién, cuántos y cómo se diseña; la territorial, que entiende la localización no como un simple terreno sino como una porción de espacio ya atravesada por relaciones de poder y redes de servicios; la normativa, que obliga a leer el proyecto contra tres escalas de ley —los compromisos internacionales como los Objetivos de Desarrollo Sostenible, la Constitución y sus exigencias de accesibilidad universal, y finalmente la ordenanza municipal más humilde—; la espacial, heredera de lo que en otras disciplinas se llama estado del arte, donde el bosquejo y la zonificación cumplen la función de antecedentes verificables; y la material, donde el proyecto se resuelve en tecnología, clima y sustentabilidad. Solo después de recorrer las cinco, insiste, aparece el verdadero problema de diseño. No antes, como en las ciencias naturales, sino durante, cuando la premisa intenta convertirse en forma construida.
La segunda edición incorporará un capítulo sobre inteligencia artificial, donde López Zavala se aleja tanto del rechazo nostálgico como del entusiasmo ciego. Reconoce que los motores de búsqueda ya redactan mejor que muchos estudiantes y agilizan la recopilación de normativa o de antecedentes espaciales. Pero traza una frontera que, para él, ningún algoritmo podrá cruzar: las conclusiones y las premisas de diseño, ese territorio íntimo donde el proyectista decide, con criterio propio, qué hacer con lo investigado. Llama a eso “el saber ser”, y sostiene con alivio casi filosófico que mientras la inteligencia artificial carezca de información fina sobre un territorio concreto, como un barrio de San Lorenzo o una comunidad del Chaco, seguirá obligando al estudiante a salir a la calle, hablar con la gente y mirar el lugar con sus propios ojos. La imperfección de la máquina, dice, es hoy la última garantía de que la arquitectura siga siendo un oficio humano.
En sus clases de historia de la arquitectura en la Católica hace que sus alumnos le pidan a la inteligencia artificial una lectura favorable y otra crítica de una misma obra, para que aprendan que ningún edificio es neutral. Se sorprende, dice, de cómo la generación que “ya no lee” en realidad no deja de leer un segundo, aunque sea en la pantalla del celular, y de cómo, contra el pronóstico fácil, redactan cada vez mejor.
El Concejo, la piedra oculta y la fiesta sin invitados
Si el libro es su testamento metodológico, la obra que más lo marcó como profesional en Tarija fue mucho más terrenal: la ampliación y remodelación del Concejo Municipal, que supervisó de manera externa durante más de un año y medio a comienzos de la década de 2010. El proyecto original, cuenta, se limitaba a revocar de nuevo y pintar de blanco los ambientes. Al retirar el revoque viejo, el equipo se encontró con algo que nadie esperaba: muros de piedra vista y tramos de adobe centenario, vestigios de que el edificio había sido, antes que Concejo, cárcel, y antes que cárcel, Cabildo colonial. Decidieron no taparlos.
Salvar esos muros exigió resolver problemas que no estaban en ningún plano. Uno de los tabiques de adobe, adelgazado por generaciones de palomas anidando en su espesor, amenazaba con desplomarse; hubo que insertar una estructura de contención antes de poder revocarlo. Para lograr el revoque tradicional de barro tuvieron que rastrear, con la ayuda de un maestro de Tolomosa llamado Sandro Iraula, la vieja receta que combina arcilla, penca y una buena cantidad de bosta de burro madurada bajo plástico durante varios días, un material aglutinante que ningún revoque industrial reemplaza en durabilidad ni en el juego de luces y sombras que deja sobre el muro. Los albañiles, comandados por un maestro conocido como “Chancao”, tuvieron que convencer a los ingenieros de obra de que valía la pena rejuntar piedra por piedra la trama oculta bajo el revoque viejo. Y en los techos, el pintor Benito Huarachi reprodujo los antiguos plafones florales inspirándose en los de la Casa Dorada, hasta que alguien lo acusó de plagio; López Zavala recuerda cómo el propio Huarachi resolvió el conflicto de un plumazo, convirtiendo las flores en rosas de pascua, y volviendo así a dormir tranquilo.
Todo ese trabajo —arquitectos, albañiles, un pintor, un experto en revoques de barro, un ingeniero que evitó el colapso de la estructura al construir primero el nuevo cuerpo antes de retirar el techo del viejo— tuvo una recepción de obra discreta, casi de trámite, en 2011. La celebración oficial fue otra cosa. En un texto que escribió entonces para Nuevo Sur, López Zavala relató cómo la inauguración pública del edificio recuperado se organizó como un espectáculo de época, con carrozas, damas de la ciudad vestidas de largo, un despliegue casi teatral en torno a quien presidía en ese momento el Concejo Municipal: Rodrigo Paz —hoy presidente de Bolivia— y su esposa, a quien López Zavala atribuye, según su propia lectura de los hechos, buena parte de la idea de esa escenografía. Ninguno de los artesanos que habían hecho posible la restauración fue invitado a la fiesta.
Lo que él cuenta hoy, entre risas resignadas y un poco de rabia todavía intacta, coincide palabra por palabra con lo que denunció por escrito hace más de una década. La exclusión no fue un descuido sino un síntoma, la costumbre de algunos políticos de creerse los únicos protagonistas posibles de un trabajo colectivo. En su relato, la ironía es evidente, pues mientras los responsables de rescatar el alma material del edificio quedaban fuera del cuadro, la ceremonia disfrazaba de pasado colonial un logro que en realidad se había conseguido a fuerza de conocimiento técnico contemporáneo y de mano de obra tarijeña anónima. Para López Zavala, la anécdota condensa un problema que excede al Concejo, es decir, la dificultad boliviana para reconocer el trabajo de quienes realmente construyen la ciudad, frente a la tentación de quienes solo la administran.
Una ciudad que creció sin mirarse a sí misma
La exigencia de mirar lo propio antes de imitar guía su diagnóstico sobre el Tarija de hoy. Le indigna que los funcionarios propongan abiertamente tomar como modelo a Santa Cruz de la Sierra para una ciudad que no tiene ni su escala ni su vocación. Considera que Tarija, todavía a tiempo por su tamaño intermedio, podría planificarse con una lógica propia si dejara de copiar soluciones ajenas y retomara, en cambio, ejemplos de ciudades de tamaño comparable que sí lograron integrar calles peatonales con áreas verdes. Cuestiona la desarticulación de las avenidas nuevas de la ciudad, mal conectadas con la trama estructurante más antigua, y advierte que ese desorden, sostenido en el tiempo, es el que multiplica el costo de servicios básicos y erosiona el patrimonio.
Sobre patrimonio habla con una mezcla de nostalgia y método. Recuerda un local cerca de la plaza Sucre donde un revoque de barro fue reemplazado, sin más, por cemento pintado de gris. Menciona Molino San Juan como un ejemplo raro de intervención respetuosa. Y lamenta la demolición reciente de una pequeña casa de arquitectura moderna en la calle Madrid, que hasta hace pocos años era parte de una incipiente “ruta de arquitectura moderna” tarijeña. El edificio del ex Centro Boliviano Americano —hoy reconvertido en aulas universitarias, con una planta libre pensada para poder ser hotel, escuela o lo que hiciera falta— es, dice, de los pocos ejemplos de arquitectura tarijeña pensada para ser resiliente desde sus inicios.
Ahí conecta, sin proponérselo, con la relación entre arquitectura y salud pública. Cuenta cómo el modernismo europeo no nació de un capricho estético sino de la lucha contra la tuberculosis —plantas libres para separar la vivienda de la humedad del suelo, ventanas corridas para la ventilación cruzada, terrazas-jardín pensadas para que los enfermos tomaran sol— y traza el paralelo con un programa boliviano de mejora de vivienda rural para combatir el mal de Chagas, financiado con apoyo internacional, que dejó salpicado el camino a Bermejo de casas encaladas y nuevos tejados. En ambos casos, subraya, la forma no vino de la genialidad sino de la necesidad. La arquitectura, otra vez, como respuesta a un problema real y no como ejercicio de estilo.
El taller como acto de apertura
Su crítica más severa, sin embargo, la reserva para la formación universitaria. Cree que buena parte de las carreras de arquitectura han vaciado de sentido al taller de diseño, esa figura nacida hace más de un siglo en la Bauhaus como espacio artesanal y abierto hacia la sociedad, para convertirlo en un ejercicio cerrado sobre clientes inventados y terrenos abstractos. Propone romper con el programa arquitectónico impuesto desde arriba por el docente y devolver al taller su vocación original: comprometerse con problemas reales de la propia ciudad, aunque eso implique resolver después el nudo legal de que un proyecto estudiantil no pueda firmarse ni ejecutarse. Prefiere, dice, que un ejercicio académico se done a una institución pública antes que quedar archivado como una maqueta más, ajena a la realidad que decía estudiar.
Al final de la conversación, con la luz de la tarde entrando exactamente por donde él la calculó hace años, Fernando López Zavala vuelve al punto de partida: no hay genialidad pura en la arquitectura, solo investigación seria, materiales bien entendidos y memoria de quienes trabajaron con las manos. Es la lección más persistente de su casa, de su libro y de aquella vieja fiesta del Concejo a la que no lo invitaron. En Tarija, como en cualquier ciudad, lo que no se reconoce termina, tarde o temprano, por perderse.








