Salón Spa Maricruz, belleza y cuidado más allá del servicio
Maricruz Velázquez, de 29 años, convirtió el depósito vacío de su abuela en el Barrio 15 de noviembre en el salón donde las cejas, pestañas y consejos de cuidado son su sello.
En el Barrio 15 de noviembre, sobre la calle Cecilio Mealla, hay un local pequeño donde antes se guardaban trastos viejos. Hoy ahí funciona el Salón Spa Maricruz, y cada rincón cuenta una historia que empieza antes del negocio, la de una nieta que decidió sentir más cerca a su abuela después de perderla.
Maricruz Velázquez tiene 29 años y cumplirá 30 el próximo 3 de mayo. Antes de dedicarse a la belleza, soñó con ser profesora de nivel inicial, estudió administración de empresas y después contabilidad. Ninguno de esos caminos terminó de encajar. “Cuando amas lo que haces”, dice, “estás feliz y tranquila”, y explica que los horarios rígidos de oficina la alejaban de su hija, a quien cría sola, igual que su madre la crio a ella.
La idea de la belleza no era nueva. Desde 2015, en el último año de colegio, la exploró practicando primero con su sobrina y su mamá, luego con amigas de la universidad. Se formó en el CEA San Antonio, de Fe y Alegría, y complementó su preparación con cursos en Cochabamba y Santa Cruz. Ganó el segundo lugar en un concurso de capital semilla que le dio dinero en equipo, el primer impulso real hacia un negocio propio.

Antes de instalarse donde está hoy, compartió un pequeño espacio en el Shopping Sur con una compañera de instituto. Fue entonces cuando su abuela, Aurora, se agravó de salud. Cuando falleció, Maricruz decidió ocupar el depósito vacío dentro de la casa de su abuela, para sentirla cerca. Ahí tiene ahora, en su sala, un cuadro enorme de ella.
De todos los servicios que ofrece —uñas, cejas, pestañas, alisados, tratamientos capilares—, lo que más la apasiona son las cejas y las pestañas, aunque las uñas sean lo más solicitado por su clientela, mayoritariamente mujeres de 20 a 25 años. Su sello, además de la técnica, está en el seguimiento y consejos de cuidado que van más allá del servicio, “algo que”, asegura, “pocos salones ofrecen”. Una clienta, a la que ningún alisado le duraba más de dos semanas, recibió una guía completa de cuidados; cinco meses después volvió feliz, pagando el precio completo sin ningún reclamo.
Maricruz trabaja sola y por citas, una elección deliberada para tener tiempo con su hija. La lleva al ballet, la ayuda con la tarea y evita repetir la ausencia que ella misma sintió de niña. Cree, además, que su verdadera competencia no está en el salón vecino, sino en las redes sociales. A futuro imagina un local más céntrico con dos o tres colaboradoras, pero no antes de poder formarlas bien. Su mensaje para quienes quieren emprender es simple: “Que la idea no se quede solo en idea, que empiecen de a poco, probando el mercado, con paciencia y sin miedo a arriesgar”.








