Luca en Sí Bemol, el saxofonista que domó la calle
De Salta a Tarija, Luca García cambió las esquinas peligrosas por las plazas: hoy compone canciones sin letra, sueña con un disco propio y agradece cada domingo la risa de su hija.
Los miércoles, para Luca García, son lunes. Los domingos son domingo de verdad, porque no escucha música. Escucha a su hija de cuatro años, que a esa edad ya distingue cuando su papá “está de gala” y sabe, sin que nadie se lo haya explicado, que se va a tocar y que la gente lo mira. El resto de la semana se reparte entre la plaza y las bodas, los cumpleaños, los aniversarios. Lo hace con una disciplina que él mismo describe como automática: “Si no hablábamos, me estaba yendo a la plaza”, dice, como si la calle tuviera un imán que tira de él apenas queda un rato libre.
Llegó a Bolivia hace más de una década, escapando (así lo cuenta, sin abundar) de una etapa dura en Salta, Argentina. Pasó por Tarija, por Cochabamba, por Santa Cruz, y terminó quedándose donde encontró algo que en ningún lado más había sentido: “La tranquilidad de acá no la cambio por nada. Todo te queda cerca”. Cochabamba, más grande, más caótica, le recordaba demasiado a lo que había dejado atrás. Tarija, en cambio, le permitió empezar de nuevo con una rutina que hoy repite casi como un mantra: jueves, viernes y sábado son para el trabajo pago; los otros días, para la plaza; los domingos, para su hija.
El saxofón le llegó por la puerta de atrás. Tocaba la guitarra en una banda de covers de Los Redonditos de Ricota. La bautizaron La Tribu de mi calle, un nombre que ni siquiera él eligió y que terminó quedándose para siempre. Usaba las cuerdas para sacar, de oído, los solos de saxo de las canciones. Se enamoró de ese sonido antes de tener el instrumento. Su padre, que tenía un trabajo estable en una empresa de agua en Argentina, le compró el primero. Fue el inicio de una historia de cinco saxofones: uno lo perdió en la peor etapa de su vida, otro se lo vendió a alguien de mala fe, y los que le quedan lo acompañan hoy en Tarija, lejos, dice, de la gente que alguna vez lo hubiera empujado a perderlos también.
Esa “peor etapa” no la detalla mucho, y no hace falta. Es más interesante el camino de salida por una granja en la que aprendió albañilería, jardinería y, sobre todo, panadería. Ese aprendizaje casual hoy se le volvió proyecto, y está construyendo un horno de barro en su casa para vender pan. “Me encanta amasar, hacer fideos, hacer facturas”, dice, y se ríe de lo criollo que suena. Empanadas, más adelante, si el horno da abasto. Es, a su manera, otra red debajo de la cuerda floja de un oficio sin aguinaldo, sin caja de salud, sin aportes jubilatorios. El pan es una forma de mirar el futuro sin depender solo del instrumento.
Sobre el escenario, sea el asfalto de una plaza o el jardín de una fiesta privada, Luca se define como alguien serio que, tocando, se convierte en otra persona: más espontáneo, más romántico, capaz de cerrar los ojos y perderse en una canción sin que le importe si hay diez personas escuchando o solo un vendedor de diarios y un perro. “Me siento Maradona, pero estoy solo”, dice, traduciendo su oficio al lenguaje del fútbol, donde los goles son cuando alguien se acerca en medio de un tema para felicitarlo o le pone un billete grande en la mano; las faltas, cuando se le olvida una canción y tiene que frenar en seco, pedir disculpas con la mirada y arrancar con otra.
No tiene género fijo. Pasa de baladas románticas a cumbia, de bachata a jazz, y entre sus referencias aparecen el bajista Marcus Miller y el saxofonista Eric Marienthal, junto con clásicos como Take Five o All of Me. Ahora mismo está probando el saxo tenor sobre bases de cumbia, mezclando lo que escucha en video con lo que le pide el público de cada evento. Los lunes y martes, dice, son claves. No los llama ensayo, porque la palabra le suena demasiado solemne para lo que en realidad hace. Prefiere la palabra “jugar”. Pone play en YouTube, cae una canción cualquiera y él improvisa encima, sin partitura, sin plan, dejando que el saxo encuentre el camino solo.
Compone, aunque lo dice con modestia. Se sienta, junta ideas, y sueña con un disco, “todo instrumental, cada canción con el nombre de la sensación que me produce tocarla”, que ya tiene hasta título: Algo más o menos como ayer, pero ahora. Le faltan herramientas, dice, no ideas. No tiene la computadora para grabar lo que ya tiene en la cabeza, pero hay un cuaderno con anotaciones sueltas y una memoria entrenada para no olvidar una melodía una vez que aparece. Lo instrumental, insiste, es también una elección, porque no se ve escribiendo letras. Prefiere que el sonido diga lo que las palabras no alcanzan a nombrar.
De los cinco amigos de aquella banda adolescente, solo él y un cantante que hoy integra un grupo de folclore siguieron ligados a la música. Los otros tomaron caminos distintos, el boxeo, el trabajo informal, la vida que se acomoda como puede. Luca los recuerda sin nostalgia impostada, con el cariño de quien sabe que pudo no haber salido tan bien parado. De chico sufrió bullying al pasar de un colegio privado a uno público, y ahí, dice, aprendió una lección que todavía lo atraviesa: “No podés perder”. Esa lógica del barrio, la de no mostrar debilidad, lo llevó a vivir de todo antes de los quince años. Volver a mirar a su hija, dice, es la manera en que hoy mide qué tan lejos quedó ese muchacho.
Con su hermano, que se quedó trabajando en la misma empresa familiar en Argentina, la relación es distante: un mensaje de WhatsApp cada tanto, preguntas de compromiso, poco más. Luca cree que hay algo de vergüenza de por medio, pues tocar en la calle, para cierta mirada, todavía pesa como sinónimo de necesidad. Y lo dice sin resentimiento, casi como quien constata un clima.
En una ciudad del tamaño de Tarija, donde todo se sabe y todos se cruzan, ser un músico callejero con tres saxofones y acceso a los eventos más elegantes despierta, según él mismo reconoce, tanto cariño como envidia. “¿Quién soy yo para que me tengan envidia?”, se pregunta, y enseguida se responde: alguien que aprendió a tocar y nada más. Se define moreno, tatuado, con un acento que no es de acá, y sin embargo capaz de sentarse a tomar mate con el zapatero de la esquina y, un rato después, tocar para gente de otro nivel social. Esa amplitud, de la plaza a la bodega, de la calle al salón, es quizás su verdadero instrumento.
No pide ser una estrella. Pide, dice entre risas, que lo conozcan un poco más. Mientras tanto, sigue apareciendo cada semana en las mismas esquinas, con el mismo saxo alto, tocando canciones que a veces olvida y otras veces regala como si fueran un gol.








