Edith Vetancur, la coplera de otro planeta
Después de cantar a escondidas durante medio siglo, publicó “Calendario Coplero Chapaco”, a pulmón, con las coplas que rescató, las que soñó y las que inventó mirando el maltrato ajeno.
Edith Vetancur Bravo canta sola desde que tiene razón. En Carlazo, la comunidad de la provincia Cercado donde nació hace casi 51 años, cantar delante de los padres era falta de respeto: “Antes, el niño que cantaba delante de sus papás era maleducado. No tenías que cantar delante de tus mayores, era una mala educación total”. Su primera copla se la cantó a su abuelo Sabino Vetancur, echada sobre él, a caballito, cuando tenía dos o tres años. Su padre, René Vetancur, la sorprendió cantando y “se reía con todo el pescuezo”. Ella no volvió a cantar delante de nadie de su familia hasta muchos años después, cuando una prima de Villa Montes reenvió por WhatsApp un audio suyo cantando la “Cueca del pescador”, y la cadena de reenvíos llegó hasta sus hermanos en Tarija. Uno de ellos fue a visitarla al campo, ella quería cantar un poquito y su hermano se dio la vuelta a mirarla, “como si le hubieran punzado de atrás”. La miraba incrédulo.
Entre esos dos momentos hay una vida entera de cantar a solas, “ni siquiera delante de mi hermano”. Aprendió las tonadas escuchando, desde los 14 años, el programa de radio de Don Policarpio Sánchez, que recorría las ferias del departamento grabando a los copleros viejos: “Todas las mañanitas bien tempranito, a las 5 de la mañana ya estaba el programa, y ahí yo fui aprendiendo todas las tonadas. No tenía muy claro el concepto de copla, eso no tenía claro yo. Cómo era, de cuánto consta la copla, cuántos versos, dónde tiene que ir las rimas. Y bueno, ya la tonada yo eso sí la dominaba. Soy de escucho y canto”. Ese es también su principio teórico: “Primero es la tonada, después es la copla”.

El vocabulario técnico le llegó tarde, en pandemia, en un grupo de WhatsApp llamado Coplas y Tonadas Tarijeñas, fundado por dos paicheños. Ahí aprendió a nombrar lo que ya sabía hacer de oído: la copla octosílaba, la octopenta de Pascua, el remate grande de las fiestas patronales, el remate cortito de Todos Santos. Antes decía “verso largo” y “verso corto”, a su manera, “con sus palabras criollas”. Con esa base y treinta años de escuchar a viejos como Don Lorenzo Mendoza, de Pampa Redonda, terminó sabiendo distinguir errores que a otros se les pasan. La tonada que muchos cantan para San Roque —“San Roqueña, San Roqueña, vamos al monte por leña”— no es de San Roque, sino un remate de Todos Santos mal ubicado. “Hay una desinformación total del coplero”, sentencia, sin acritud, con la autoridad de quien lleva media vida corrigiendo al oído, aunque sabe que decirlo “levanta roncha” y “la gente se incomoda”.
Su técnica vocal, dice, no salió de ninguna escuela. Salió del campo. Los ejercicios de vocalización que ve enseñar a los profesores —el manejo del aire, el trino de labios— ella los hizo toda la vida sin saber que servían para cantar: “Lo hacía llamando los animales, para dar de comer al chancho, gallinas, los burros, las vacas, arriando la yunta, todo eso... por eso el campesino es capo para cantar coplas”.
Cantar en público le costó. Su primera vez fue en el Yambuy Coplero, hacia 2021 o 2022: “Canté mis coplas, pero no pues no pasé. Me han quitado la caja de la mano, mejor. Y bueno, los nervios eran horribles también, ¿no?”. Vino después el concurso Óscar Alfaro, y un grupo de copleras que se junta cada mes. De ahí en más coordinó la Casa de la Copla, cantó en ferias, donde “a veces, comida y pasaje nos pagan”, y empezó a transmitir en vivo por TikTok casi todas las noches a las ocho, cuatro horas seguidas si la plataforma lo exige, aunque “cantar coplas no es como cantar folclore, que te acompañas con instrumentos. Cantar coplas es a pura voz”.
Ese reconocimiento tiene, para ella, un nombre propio. Una noche en San Lorenzo, cantando en la serenata del Moto Méndez junto a sus compañeras, alguien se acercó a decirles: “Ustedes son copleras de otro planeta. No hay copleras así, como ustedes”. Edith reparte el halago sin quedárselo, pero admite que ese elogio, entre todos los que ha recibido, es el que más le quedó: “Eso te llega al alma, al corazón, alimenta el alma para mucho tiempo”.
Su libro nació de la costumbre solitaria de anotar para no olvidar. “Yo no tenía pensado hacer libros”, dice, hasta que juntó más de cien páginas y decidió que “esto va a servir para algo, porque hasta a mí misma me gustaban mis coplas”. Lo organizó por épocas, con cada copla ya emparejada con su remate, algo que —asegura— no hacen otros cancioneros, que entregan la copla “en bruto” y dejan que el lector se busque el remate, que es “el aderezo final de la copla, es la cereza de la torta”.
Sacarlo le costó más de lo que esperaba. Un impresor le prometió mil ejemplares en un mes y se tardó más de un año, entregando apenas cuatrocientos, con páginas manchadas y letras corridas que tuvo que reimprimir y pegar a mano encima. “Eso me duele, pero qué vamos a hacer, hay gente que estafa”, dice, sin querer nombrarlo del todo —“ahí está su estudio, tiene un foquito ahí en su persiana de vidrio, detracito de San Roque”—, y describe con dolor físico el resultado: “Yo quiero llorar de solo ver los libros cómo están”. Aun así, rechazó una oferta de imprimirlo en La Paz, con mejor calidad, por miedo a que le tocaran el lenguaje: “Yo tengo mucho modismo en mi verso, y yo decía, ‘¿qué tal que me lo tocan?’, y ahí va a salir mal mi libro”.
Sobre ser mujer en este oficio, Edith no cuenta una historia de rechazo sino de resguardo propio. Nunca fue a las fiestas de su comunidad, ni Carnaval, ni Pascua, ni las cruces, solo a mirar la fiesta patronal de San Francisco, porque, dice, “tengo ese concepto de que los hombres son abusivos, faltan el respeto, y para estar sana tu mente mejor no te expongas... uno puede verse en espejo ajeno, ves cómo le ha ido a otras mujeres”. Por eso no canta contrapunto, no quiere exponerse a que le respondan “cosas que te van a hacer sentir mal”. Cuidó sola a las chivas de su madre desde adolescente, “con algo de defensa en la bolsa, unos tres o cuatro pesos”, y se define sin vueltas: “Espero yo, pararme fuerte, siendo mujer de carácter”.
Sus coplas cuentan historias con nombre disimulado, nacidas de lo que vio de cerca. Hay coplas que le nacen de una palabra suelta y se arman solas, como la que empieza pidiéndole a Santa Rosita de Lima, “Un favor te voy a pedir, llévame hasta el Porvenir”, pensando en alguien cuya pareja se había ido de viaje y no volvía, para rematar en otra cosa, “su gallo le vo’a t’ullkir, llévame hasta el Porvenir”. Ella dice, “no quiero ser explícita, ¿qué gallo una va a t’ullkir? Pues yo digo que es mi gallero, se ha ido a hacer pelear su gallo allá y no vuelve”.
“El Frunciu” retrata a un chango que maltrataba de palabra a la mujer mayor con la que se casó: “Yo te he hecho valer a vos, vieja”. Otra sigue a una mujer que crio sola a sus hijos pircando paredes de ladrillo, con el bebé sentado en una bañera mientras trabajaba, hasta que el marido volvió años después, “viejo, acabado, triste, y, quién sabe, con el palo quebrado”. Una tercera castiga al marido flojo que dejaba a sus gemelos sin comer. “Relatan vidas”, dice ella. “Hay historias contadas en mis coplas”.
Fuera de la copla, Edith teje. Aprendió de su abuela materna, Aurora Bravo, que bordaba a mano y después compró una máquina a pedal; el oficio pasó a la madre, Gregoria Bravo, y de ella a Edith, que hoy hace chuspas, mantas, fajas y polleras enteras, “solo el bordado hago hacer, después la confección lo hago yo”. Con eso, con los talleres de copla para las mocitas de carnaval y con lo poco que deja TikTok, se sostiene: “No es que uno gane millones, de las cantadas tampoco uno gana. Se hace lo que se puede para sobrevivir”. Sostiene también, a su costo, a los perros callejeros del barrio y a los que rescató en el campo: “No puedo permitir yo el sufrimiento de los animalitos, eso no pasa por mi mente”.
Del libro dice, sin vueltas: “Uno se siente realizado en la vida al poder hacer un libro... me siento contenta, contentísima, totalmente”. Y a las mujeres del campo les deja esto: “Que no se desanimen cuando tengan sueños, que sigan porfiando a concretar sus sueños... cantemos, porque cantar coplas es terapia, uno se alivia del estrés, se libera de eso”.
Entre risas, Edith resume su oficio: “El que con las coplas tiene el poder de hacer reír a la gente es un poderoso”. Reírse de sus versos, insiste, nunca es burla, es reconocer el talento. El humor que inventa gallos con doble sentido y maridos flojos pa’ alimentar a los hijos está guardado entero en su libro, Calendario Coplero Chapaco, cien páginas hechas a pulmón, corregidas a mano copla por copla.
Comprar este cancionero es sostener y honrar a una coplera de otro planeta. Hay coplas guardadas para un segundo libro. Antes, dice, necesita recuperar la plata que perdió en el primero. Pedidos y más información al 67394962.








