La Contra | Pura Cepa
Seis horas, una matriz: Tarija graba la memoria del agua
Ocho talleres de Bolivia, una misma consigna revelada a la hora de empezar y una sola estampa por sede. Así fue el primer Xilomaratón, jornada nacional de creación xilográfica, que convirtió el sábado en una carrera de gubia y tinta.
A las diez de la mañana del sábado 17 de octubre, mientras en otros siete puntos del país ocurría lo mismo, en el Taller Estampa de Tarija se abrió un sobre que cambió el ritmo de la jornada. Adentro había una consigna: Memoria del Agua. Quedaban seis horas, una sola plancha de madera y una única estampa por participante.
Así fue el primer Xilomaratón, convocado por Ágora Taller Cultural, de La Paz, con siete espacios hermanos: Sarawasti, en Sucre; El Curichi Gráfico, en Santa Cruz; M & G Art, en Guayaramerín; el Centro Cultural 3700 de Oruro; Away, en Cochabamba; y SaYho Graphein, en Potosí. Ocho sedes, un solo día. La palabra “maratón” no es un adorno, y la xilografía, el grabado en madera de fibra, no admite el arrepentimiento. Cada corte de gubia es definitivo, y trabajar con reloj lo vuelve más decisivo aún.
En Tarija, el Taller Estampa, del profesor Paulo Paricagua Titichoca, hizo de anfitrión. Se imprimieron once obras, una cifra pequeña, pero aquí importó más la intensidad de la jornada que el volumen de la producción.
La consigna de Ágora no pedía dibujar ríos, lluvias ni vertientes. Proponía preguntarse qué recuerda el agua, qué historias lleva y qué huellas dejó en el territorio. Una invitación a pensar el agua como archivo, no como paisaje. Para un grabador esto supone traducir una memoria, una observación o una duda en una imagen hecha de blancos y negros, de vaciados y de tinta.
El jurado distinguió tres obras. El primer lugar fue para “El agua es vida”, de Erick Icler Torrez. El segundo para “Presencia”, de Sadid Arancibia. La Mención Especial recayó en “Fuente de inspiración”, de Exaltación Velásquez. Hubo premios económicos, y la artista y gestora Lilian Carvajal, del Taller Atenea, apoyó con premios en material artístico. Es un gesto que dice mucho sobre cómo funciona el grabado y el arte en Bolivia: no hay grandes instituciones detrás, sino una red de talleres que se sostienen entre sí.
Más allá de las obras, que serán reunidas en una exposición nacional en 2027, el evento hizo visible una geografía. Desde La Paz hasta Guayaramerín, de Potosí a Santa Cruz, hay personas que tallan madera, entintan planchas y buscan el punto exacto en el tórculo, para que el papel y la tinta se encuentren para siempre. Durante seis horas, espacios que rara vez ocupan titulares se conectaron bajo una misma pregunta, para que cada artista respondiera desde su propia orilla.
El grabado, además, tiene virtud democrática, pues una matriz puede dar muchas copias. Una imagen nacida en Tarija puede viajar, multiplicarse y encontrarse con otra hecha en Oruro o en Sucre. Esa lógica de la reproducción, de la huella que se repite y circula, dialoga bien con el tema elegido, porque el agua también es memoria que pasa de mano en mano.
Si es verdad que el agua recuerda, Tarija también le prestó la madera para que pudiera contarlo.








