Pura Cepa | La Contra
Cuarenta y dos años de resistencia: el grito del Festival de Verano
Desde 1984, el Festival de Verano en Villazón convierte la frontera boliviano-argentina en epicentro del rock contestatario, rebelde e independiente.
El 27 de diciembre de 1984, en el Colegio “9 de abril” de Villazón, un grupo de jóvenes encabezados por Eduardo “Lalo” Kilibarda encendió una chispa que aún arde. Bolivia acababa de salir de 18 años de dictadura militar y las heridas estaban frescas. Esos muchachos —Jaime Sosa, Eiber Bustamante, Ceferino Vergara y otros— necesitaban gritar, y lo hicieron a través de amplificadores y canciones de protesta. Así nació el Festival Verano en Villazón, el más antiguo del país.
En aquellos primeros años, los murales que hacían de escenografía se armaban con bolsas recicladas de harina y azúcar, engrudo y marcos de madera. En uno de ellos, fotografiado en 1986, se leía: “Cantamos porque los sobrevivientes y nuestros muertos quieren que cantemos”. Esa frase resume cuatro décadas de historia de un festival que, además de entretenimiento, es resistencia cultural.
El festival ha mutado de sede constantemente. Pasó por la Cancha Ferroviaria, la Terminal de Buses, el Ex Cine Rex, el Palace Hotel, Krakatoa, Gran Diamante, el Teatro Libertador Bolívar y Pueblos Originarios, hasta establecerse en el Centro Deportivo “Mi Casa” para su edición 2025. Pero más allá de los espacios físicos, el Festival de Verano siempre fue territorio rebelde.
Por su escenario han pasado leyendas: Vox Dei, Javier Malosetti, Luis Robinson, La Mississippi Blues, y ahora Boom Boom Kid. Bandas como Cuero Pesado, Abeydon, Insurrección, Disidentes y Gauchos de Acero encontraron en Villazón un público fervoroso. Del lado boliviano, proyectos como Octavia, Bajo Tierra, Azotador, Atajo, Lengua Negra, Kaliz, Dosis Básica, Melena Acústica y Armadura consolidaron sus carreras en este festival fronterizo.
Pero el Festival de Verano también es semillero. Bandas locales como La Estibadora Blues —que canta a los trabajadores del puente internacional—, Kokena y Llokalla Feo de La Quiaca, o las recientes Star Hot y Órgano Vital de Villazón, encontraron aquí su primer escenario. Para muchos jóvenes de la frontera, tocar en aquí es un rito de iniciación.
La organización Alma & Vida, conformada por tres generaciones, mantiene vivo el espíritu original: entradas accesibles (Bs 35-45), producción independiente, murales pintados a mano, y una línea editorial clara: el Verano no se vende, se sostiene con trabajo colectivo.
La edición 2023, que celebró 40 años, reunió a más de 25 bandas y se registró en audio y video para un documental aún en producción. Hoy, el Verano 2025 prepara su edición 42 para el próximo 27 de diciembre, con más de 20 bandas confirmadas, ratificando que mientras exista una guitarra enchufada y un micrófono abierto en la frontera, la resistencia seguirá.








