La semilla del amor: Martina Noriega y su territorio íntimo
La artista boliviana acaba de presentar en La Paz una obra que interpela los vínculos, la herencia cultural y la potencia del huayruro, una de las semillas que une América Latina.
El huayruro, esa semilla de rojo profundo manchada de negro que crece desde la Amazonía hasta los Andes, viaja de Bolivia a Perú, Brasil, Colombia y Venezuela sin que nadie le exija papeles. Se llama sirari en el oriente boliviano, peonía en otros territorios, tento, chocho. En cada nombre, lleva el mismo misterio de ser algo pequeño que carga el peso de lo eterno.
Fue esa semilla la que Martina Noriega eligió como eje de Mi territorio, su más reciente exposición individual presentada en la Daniela Mérida Gallery de La Paz durante los meses de abril y mayo. Para esta artista paceña nacida en 1977, con casi tres décadas de práctica sostenida en el arte contemporáneo, el huayruro es más que folclore o decoración. Es filosofía hecha carne.
“La semilla contiene en sí misma la potencia de lo que vendrá, pero también la memoria de lo que la precede”, escribe la curadora Daniela Mérida en el texto que acompañó la muestra. Esa doble temporalidad, el futuro y el pasado conviviendo en una sola forma, atraviesa cada pieza de la exposición. A través de pintura, cerámica, escultura e instalación, Noriega construye un lenguaje donde el cuerpo, la familia y la dimensión espiritual se vuelven materia viva.
Noriega llega a esta exposición tras un recorrido que la ha llevado desde la Academia Nacional de Bellas Artes “Hernando Siles”, donde enseña desde 2012, hasta bienales en Colombia, Argentina, Perú, Estados Unidos, Rusia y Japón. Obtuvo el primer lugar en la Bienal de Cundinamarca y ha participado en plataformas internacionales como Latinos in New York. Su práctica se extiende también a la gestión cultural, impulsando espacios para visibilizar a mujeres artistas bolivianas, como el Encuentro Nacional Warmi Nayra y el Colectivo Jawira Larama. No es una figura cómoda en el circuito del reconocimiento. Es alguien que construye comunidad desde su propio trabajo.

En Mi territorio, esa construcción, como señaló Mérida en la curaduría, “se configura a partir de relaciones: lo heredado, lo aprendido, lo transmitido, lo que permanece y lo que se transforma”. Un territorio que existe en la memoria y en el cuerpo, en los gestos que una mujer le enseña a otra, en los saberes que circulan de generación en generación sin necesitar ser escritos.
El rojo y negro, dualidad cromática del huayruro, condensan la tensión que Noriega explora: vida y muerte, protección y abundancia, lo femenino y lo masculino, lo individual y lo colectivo. La propia artista lo plantea con claridad en su investigación al decir que “la transmisión cultural se plantea como expansión: la semilla representa el ciclo de la vida en círculos que se abren y se multiplican entre generaciones”.
Para quienes seguimos el arte desde Tarija, Mi territorio interpela más allá de la distancia. La semilla también crece aquí, comparte con el chaco y la selva, y las preguntas que Noriega hace (¿qué heredamos?, ¿qué transmitimos?, ¿dónde empieza lo nuestro?) también buscan respuestas en esta frontera.
Aquí dejamos constancia de algunas obras de Martina Noriega. La exposición ya cerró sus puertas. Pero sus semillas, inevitablemente, siguen germinando.








