“La Batalla por la Última Gota”: El Agua que guarda la memoria de un Pueblo
Néstor Miranda, agricultor de San Lorenzo, relata cómo el agua que regó su infancia desaparece ante el avance urbano, llevándose consigo siglos de tradición agrícola tarijeña.
El agricultor que vio secarse su infancia
Cuando Néstor Miranda era niño, el agua no era una preocupación. Corría libre por las acequias de San Lorenzo, llenaba las ciénagas y acompañaba los juegos de quienes crecían entre cultivos.
Néstor Miranda ha dedicado más de seis décadas a cultivar la misma tierra que heredó de sus padres. Hoy observa cómo el agua y los cultivos que marcaron su infancia comienzan a desaparecer.
—»Nunca se secaba» —recuerda con una sonrisa nostálgica el agricultor, mientras observa la misma tierra donde nació hace más de sesenta y cinco años.
Nunca dejó el campo. Como sus padres y sus abuelos, aprendió desde niño a sembrar, regar y leer la tierra. La agricultura no fue una elección: fue la herencia de una familia que hizo del trabajo agrícola una forma de vida. Entre surcos, acequias y temporadas de siembra transcurrió toda su infancia, una memoria que hoy contrasta con un paisaje cada vez más seco.
—»Antes jugábamos donde había agua. Íbamos a La Tejería, que era un ciénago hermoso. Nunca se secaba. Había agua por todas partes y no sufríamos por ella».
Hoy ese paisaje solo existe en sus recuerdos. Las vertientes que alimentaban los cultivos desaparecieron o se secan cada invierno. Los agricultores esperan hasta quince días por un turno de riego y sobreviven viendo cómo cultivos tradicionales como el trigo, la papa, el garbanzo y la arveja dejan de sembrarse.
Al mismo tiempo, las urbanizaciones avanzan sobre terrenos que durante generaciones alimentaron a Tarija.
—»Si no hay agua, no hay vida» —dice sin dramatizar. Lo afirma con la serenidad de quien ha pasado toda una vida mirando el cielo antes de sembrar—. «Ya no vamos a tener producción para sobrevivir. Vamos a tener que traer alimentos de otros lugares».
Para Miranda, el problema no comenzó con la sequía. Comenzó cuando las vertientes empezaron a desaparecer. —»Los pozos que han perforado secaron muchas vertientes».
«Antes el agua corría por todas las acequias. Hoy ya no. Tenemos que luchar para regar».
Pero el agua no es la única pérdida. También desaparecen los cultivos. —Antes sembrábamos trigo, papa, garbanzo, arveja. Ahora casi todo eso ha desaparecido. La mayoría sembramos alfa – alfa o maíz para alimentar el ganado.
Mientras habla, mira hacia las construcciones que avanzan donde antes había parcelas agrícolas. —Cada día ocupan más terrenos de cultivo.
Hace una pausa. Y entonces deja escapar una frase que resume la historia de toda una generación campesina: «Lo más triste es que se están perdiendo nuestras costumbres. Antes nosotros preferíamos ir al río. Esa era nuestra naturaleza» menciona con nostalgia.
Sama y los Ocho Guardianes de Fuego
Mientras Néstor Miranda espera cada quince días un turno de riego para salvar sus cultivos, la respuesta a esa escasez comienza mucho más arriba, en la Reserva Biológica de la Cordillera de Sama, ubicada al oeste del departamento de Tarija.
Con sus 108.500 hectáreas, esta área protegida funciona como una inmensa fábrica natural de agua. Allí nacen las vertientes que abastecen a cerca de 300.000 habitantes de Cercado, San Lorenzo, Uriondo y Padcaya.
Cada bosque conservado y cada humedal intacto permiten que la lluvia se infiltre en la tierra y vuelva a aparecer kilómetros más abajo convertida en ríos, acequias y agua potable.
Pero ese ciclo natural se está rompiendo. Rodrigo Ayala, director de PROMETA e impulsor clave del diseño institucional del Fondo de Agua del Valle Central de Tarija, explica que el problema no responde únicamente a la disminución de las lluvias.
—»Las zonas de recarga hídrica se están destruyendo. Los loteamientos, las construcciones clandestinas y el cambio de uso de suelo están eliminando los cursos de agua. Cada año el caudal disminuye y eso está científicamente medido».
Para Ayala, proteger Sama ya no es únicamente una decisión ambiental; es una necesidad para la supervivencia del valle central de Tarija.
—»De esa agua vivimos. Es la que bebemos y la que alimenta nuestros viñedos».
Sin embargo, la primera línea de defensa de toda esa reserva depende de apenas ocho guardaparques. Florentino Colque conoce esa realidad mejor que nadie.
Lleva más de quince años recorriendo Sama y actualmente dirige de manera interina el área protegida (SERNAP). Cuando habla de incendios no menciona estadísticas. Habla de pérdidas:
—»Duele ver cómo se quema el bosque y mueren los animales».
Durante la temporada crítica, él y otros siete guardaparques deben dividirse para proteger un territorio equivalente a más de cien mil hectáreas. No solo combaten incendios. También reportan construcciones ilegales, extracción de madera, apertura de caminos y asentamientos que avanzan sobre zonas sensibles para la recarga hídrica.
—»Somos los ojos del área protegida» —dice. «Pero muchas veces observar no basta. Las denuncias comienzan un proceso administrativo que rara vez concluye».
Los incendios agravan aún más el problema. Colque explica que, cuando el fuego destruye la cobertura vegetal, el suelo pierde su capacidad para retener el agua. Las lluvias ya no se infiltran con la misma facilidad y escurren rápidamente, reduciendo la recarga de vertientes y quebradas.
—»Todavía estamos a tiempo de proteger el bosque. Si perdemos Sama, también ponemos en riesgo el agua».
Cuando La Ley No Basta: Proteger Sama Sigue Siendo Una Tarea Cuesta Arriba.
Bolivia no carece de normas para proteger sus bosques y fuentes de agua. La Ley N.º 1333 de Medio Ambiente, la Ley Forestal N.º 1700 y la Ley N.º 071 de Derechos de la Madre Tierra establecen un amplio marco jurídico para la conservación de los ecosistemas, la protección de las áreas protegidas y el uso sostenible de los recursos naturales.
Sin embargo, el desafío no parece estar en la ausencia de leyes, sino en su aplicación. En la Reserva Biológica de Sama, los guardaparques reportan incendios, construcciones ilegales, cambios de uso de suelo y otras intervenciones que amenazan las zonas de recarga hídrica. Pero el propio Servicio Nacional de Áreas Protegidas (SERNAP) reconoce que muchos de esos procesos administrativos no llegan a concluir.
El SERNAP admite que cuenta con un solo asesor jurídico para atender las cuatro áreas protegidas nacionales del departamento: Sama, Aguaragüe, Tariquía y Serranía del Cardón. Mientras los expedientes esperan y los plazos vencen, las intervenciones ilegales continúan avanzando impunemente.
A esta parálisis del aparato público se suma la contradicción en la administración de las cooperativas locales. Bajo el amparo de la Ley N.º 2066 de Servicios de Agua Potable y Alcantarillado Sanitario, entidades como la cooperativa COSAALT regulan y facturan el servicio de distribución de agua potable en el valle central.
Sin embargo, el espíritu de preservación de la misma norma se desvanece en la práctica: los más de 46.000 usuarios de la cooperativa pagan rigurosamente un boliviano adicional en cada factura de consumo mensual de agua potable, bajo el concepto de «Proteccion de las Fuentes de Agua», mientras la Federación de Empresarios Privados de Tarija (FEPT), PROMETA y diversos colectivos civiles denuncian que estos recursos permanecen inmovilizados sin cumplir su fin.
Mientras la plataforma privada Apoya Sama, impulsada por PROMETA y financiada con aportes voluntarios de las bodegas y empresas privadas, costea insumos de emergencia para los guardaparques, PROMETA y la Federación de Empresarios Privados de Tarija (FEPT) cuestionan que los recursos recaudados mediante el Fondo de Agua de COSAALT aún no se hayan traducido en acciones concretas para fortalecer la protección de la Reserva Biológica de Sama.
El contraste entre un fondo financiado con aportes voluntarios que respalda acciones concretas y otro sostenido con recursos provenientes de la facturación del servicio de agua plantea interrogantes sobre la eficacia de los mecanismos destinados a proteger las fuentes hídricas del departamento.
Este medio solicitó una entrevista con representantes de COSAALT para conocer el destino de los recursos recaudados para la protección de las fuentes de agua, así como las acciones que desarrolla la cooperativa para contribuir a la conservación de las fuentes hídricas de la Reserva de Sama. Sin embargo, hasta el cierre de esta edición no se obtuvo ninguna respuesta.
El Chaco Y El Asedio De La Sed
Lo que ocurre en Sama encuentra otro rostro a más de 250 kilómetros de distancia, en el Chaco tarijeño. Allí el problema ya no consiste únicamente en proteger las fuentes de agua, sino en conseguir agua para sobrevivir.
Cinthia Mamani, directora del Colectivo Angiru, asegura que la organización encontró comunidades donde el acceso al agua continúa siendo una deuda pendiente, pese a que la Constitución Política del Estado reconoce este recurso como un derecho humano.
—»El agua es un derecho constitucional, pero no está democratizada en todos los territorios».
En varias comunidades guaraníes, explica; las familias dependen de cisternas que llegan cada dos meses. El agua transportada desde ríos y cañerías no siempre ofrecen condiciones adecuadas para el consumo. Mientras en la ciudad basta abrir un grifo, en estas comunidades el agua continúa siendo un bien que debe comprarse, almacenarse y administrarse cuidadosamente.
—»La gente tiene que pagar para que una cisterna llegue hasta su comunidad —explica Mamani».
La crisis climática ha profundizado esta situación. A ello se suman las preocupaciones expresadas por las comunidades respecto a la presión sobre las fuentes naturales de agua en territorios donde también existen actividades extractivas y proyectos de infraestructura.
Por esa razón, organizaciones indígenas mantienen una defensa permanente del Parque Nacional Aguaragüe, considerado una de las principales reservas hídricas del Chaco tarijeño. Para Mamani, proteger el agua no significa únicamente garantizar el consumo humano. —» Las políticas de gestión integral del agua también deben pensar en los animales, en el saneamiento y en todos los sistemas de vida».
Las soluciones nacen de las comunidades
Frente a la ausencia de respuestas suficientes desde el Estado, algunas comunidades comenzaron a construir sus propias alternativas. Con el acompañamiento del Colectivo ANGYRU, familias guaraníes desarrollaron sistemas de cosecha de agua de lluvia mediante ferrocemento, una técnica que permite almacenar el agua en mejores condiciones que las geomembranas o los tanques plásticos expuestos a temperaturas superiores a los 45 grados.
La organización también impulsó, junto a estudiantes de la Universidad Privada Domingo Savio, la elaboración de filtros cerámicos purificadores de agua. Fabricados a partir de conocimientos comunitarios y validados técnicamente por la universidad, estos filtros fueron entregados a familias de comunidades de la APG Yaku Igua como una alternativa para mejorar el acceso a agua más segura.
Para quienes participaron en esa experiencia, la entrega de los filtros fue mucho más que un proyecto universitario. Alejandra Llanos, estudiante de Ingeniería Industrial de la Universidad Privada Domingo Savio e integrante del proyecto «Territorios de Intercambio», recuerda que en varias comunidades guaraníes encontraron familias que debían ahorrar durante meses para contratar una cisterna o caminar hasta el río para recoger agua que no siempre era apta para el consumo.
—»Mientras en la ciudad basta abrir una llave para tener agua, ellos tenían que vender sus pocas cosas o reunir entre todos unas monedas para pagar una cisterna. Cuando recibieron los filtros cerámicos, muchas familias lloraron. No porque resolvieran toda la crisis del agua, sino porque sentían que, por primera vez, alguien construía una solución junto a ellos».
Más que un filtro de cerámica, el proyecto dejó una enseñanza: las respuestas a la crisis hídrica también pueden nacer del diálogo entre el conocimiento científico y los saberes de las comunidades.
—»No solucionan toda la crisis hídrica» —reconoce Mamani—. «Pero demuestran que también existen respuestas que nacen desde las propias comunidades».
La memoria que aún resiste
Mientras en Sama ocho guardaparques intentan proteger la principal fábrica de agua del valle central, en el Chaco comunidades indígenas construyen filtros cerámicos y cosechas de lluvia para garantizar un derecho tan básico como beber agua segura. Son dos realidades distintas. Pero ambas nacen de la misma ausencia: la incapacidad del Estado para proteger, gestionar y garantizar uno de los recursos más importantes para la vida.
En Tarija, el agua ya no depende únicamente de la lluvia. Depende también de decisiones humanas. De autoridades que controlen los loteamientos sobre zonas de recarga hídrica. De instituciones capaces de proteger las áreas naturales. De políticas públicas que entiendan que el agua no solo abastece ciudades, sino también sostiene ecosistemas, agricultura y comunidades.
Rodrigo Ayala resume esa preocupación con una frase sencilla:
—»Las autoridades tienen que hacer su trabajo».
No se trata únicamente de preservar un paisaje. Se trata de proteger la base sobre la que descansa el futuro productivo y ambiental del departamento. Porque mientras las fuentes desaparecen, también desaparecen formas de vida construidas durante generaciones.
Néstor Miranda lo sabe mejor que nadie. Durante más de sesenta años sembró la misma tierra que heredó de sus padres. Vio correr el agua por acequias que hoy permanecen secas. Vio desaparecer cultivos que durante décadas alimentaron a las familias del valle. Y ahora observa cómo las urbanizaciones avanzan sobre parcelas donde antes crecían trigo, papa, garbanzo y arveja.
Para él, la pérdida del agua no es únicamente un problema ambiental. Es también la pérdida de una cultura.
Mientras termina de dar agua a sus animales, Néstor Miranda mira en silencio los cultivos. Sabe que la vida del campo siempre ha sido dura: madrugar, sembrar, regar, cuidar el ganado y aceptar que una helada o una granizada pueden llevarse el esfuerzo de todo un año.
Pero nunca imaginó que un día tendría que sumar otra incertidumbre. La de no saber si el agua alcanzará para la próxima temporada. En Tarija, esa ya no es solo la preocupación de un agricultor. Es el futuro de un pueblo que aprendió a crecer alrededor del agua.
EL AGUA TIENE MEMORIA
Las vertientes alimentan las acequias. Las acequias sostienen los cultivos. Los cultivos sostienen a las familias. Cuando una fuente de agua desaparece, no solo se pierde un recurso natural: también comienza a borrarse la memoria de quienes aprendieron a vivir gracias a ella.





