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Vida en familia

Brazos vacíos: El espacio del «no nacido», óbito vs. identidad

Sin identidad legal para los bebés fallecidos ni licencias suficientes para sanar, Bolivia obliga a las madres en duelo a volver al trabajo en 72 horas, mientras otros países avanzan en leyes de acompañamiento y protección emocional. Segunda parte del reportaje Brazos Vacíos

Reportajes
  • Selma Danitza Zegarra Méndez
  • 17/05/2026 00:00
Brazos vacíos: El espacio del «no nacido», óbito vs. identidad
La normativa boliviana concede apenas tres días de licencia laboral por la muerte de un hijo, incluso en casos de duelo perinatal o pérdidas traumáticas.

Uno de los puntos más críticos revelados por la asesoría legal del Ministerio de Trabajo es la inexistencia de una identidad jurídica para los bebés fallecidos. Al no nacer con vida, el Estado los despoja de su humanidad ante la ley. Y sin identidad, no hay derecho al duelo.

  • Lee la primera parte aquí: “Brazos Vacíos”: El sistema boliviano que sepulta el duelo materno en 3 días

«Al producirse el fallecimiento dentro del vientre, el menor es considerado con el óbito correspondiente… se trata de un feto, y el documento que se emite es el mismo que se utiliza para registrar fallecimientos», explica Sandra León.

En Bolivia, si un bebé muere antes de nacer, el Estado lo registra como “óbito” y no emite certificado de nacimiento ni de defunción, dejando a la madre en un vacío legal.

Esta terminología —“feto, óbito”— actúa como una barrera legal. Si la madre necesita más tiempo para sanar, el sistema no le otorga un permiso por duelo o la baja médica post parto. En su lugar, la deriva a una baja médica supeditada exclusivamente a su estado físico. Es decir: si su vida no corre peligro, el sistema espera que vuelva a su puesto de trabajo con el corazón hecho pedazos.

Sin embargo, la voz de la propia funcionaria pública se une a la crítica social. Pese a la rigidez de la norma que debe aplicar, la abogada reconoce que el Estado está fallando en la protección de la salud mental de las víctimas —víctimas que nacen, irónicamente, del duelo.

«Como mujeres y como madres, es una situación demasiado delicada. Particularmente, considero que debería extenderse un poco más el tiempo… muchas personas quedan en una situación de vulnerabilidad psicológica porque la pérdida deja secuelas», reconoce León.

Y es clara: tres días no son suficientes para enfrentar la pérdida de un hijo. «Es un impacto muy fuerte —dice—. Una madre no se encuentra en condiciones de retornar a su fuente laboral en tan corto tiempo».

 

El duelo de largo aliento: más allá de lo perinatal

La desatención a la salud mental en Bolivia no se limita al hospital; se extiende por años y alcanza a madres que, tras luchar contra enfermedades catastróficas, son obligadas a volver a sus puestos de trabajo con el alma rota.

En el transcurso de esta investigación, rescatamos dos casos que duelen de distinta manera pero que el sistema sepulta con la misma indiferencia.

El primer caso: una niña de 7 años. Falleció súbitamente por un tumor cerebral. Sus padres, venían de Yacuiba, al igual que las madres de neonatos, fueron expulsados del sistema apenas el corazón de su hija dejó de latir.

El segundo caso: Nohemí Gutiérrez. Perdió a su hijo de 13 años tras una larga batalla contra un tumor cerebral. Su historia es el reflejo de un sistema que carece de empatía y de soporte institucional.

Protocolos internacionales como la “Mariposa Azul”, aplicado en hospitales de Estados Unidos, crean espacios de respeto y memoria para las familias que pierden a un bebé

«Los amigos y los familiares estuvieron —relata Nohemí—, pero el sistema de salud, el hospital y los médicos, no.» Al igual que en los casos de duelo perinatal, Nohemí se enfrentó al muro de las 72 horas. A los tres días de enterrar a su hijo, tuvo que marcar tarjeta y volver a trabajar.

«El mundo no se detiene, todo sigue igual… entonces tenemos que salir», lamenta. Sin embargo, el entorno laboral no siempre es un refugio. Nohemí relata la falta de sensibilidad de algunos compañeros que cuestionaban los permisos que tuvo mientras su hijo agonizaba.

Para esta madre, el problema en Bolivia es la falta de importancia que se le da a la salud mental. Ella es clara en su demanda: mínimamente, la licencia debería ser una semana. Considera que tres días no son suficientes para sobrellevar un dolor emocional tan grande como la pérdida de un hijo.

«Falta empatía. He conocido madres que no pueden superar la pérdida, que caen en depresión profunda e incluso algunas llegan al suicidio», alerta.

 

El doctor Nils Casson admite una verdad incómoda: «Los pacientes se van y no sabemos qué pasa con ellos. Una vez que salen de las puertas del hospital», dice, y la frase se quiebra. El sistema los abandona en el momento más oscuro. Rompe la base de la sociedad: la familia.

El relato de Nohemí cierra con una verdad que la normativa boliviana se niega a reconocer: el dolor de una madre no se supera. Se aprende a vivir con él. Pero para eso se necesita un Estado que, al menos, permita el tiempo necesario para respirar entre el cementerio y la oficina.

El dolor desde la tanatología: 72 horas para volver al trabajo

La tanatóloga Carla Grecia de la Serna es tajante al analizar la realidad laboral boliviana: «Se entiende que en una fuente laboral se requiere que la persona esté con energía y concentrada. Sin embargo, la madre doliente está lejos de cumplir con esto: presenta cansancio, tristeza profunda y estrés.»

Mientras la legislación boliviana otorga apenas tres días de licencia, la ciencia advierte que un duelo de este tipo puede tomar entre 18 y 24 meses.

«Perder a un hijo es el dolor más grande que una persona puede experimentar, ya que va en contra del orden natural», explica la experta.

Exigir que una mujer retome su rutina a los tres días, con el cuerpo aun procesando el parto y la mente en shock, no es solo una falla administrativa. Es una forma de tortura institucional que empuja a las madres a una depresión profunda.

 

Sin embargo, desde la práctica de enfermería surge un punto de debate. Reyna Vargas plantea una visión distinta a la de la psicología clínica. «Considero que en estos casos el trabajo podría aliviar —dice Vargas— porque la madre va a tener contacto, no va a estar aislada sola.

Cuanto más sola se encuentre, se va a sentir peor. Estar ocupada con otras acciones podría favorecer la recuperación del dolor», conjetura.

Pero la propia Vargas reconoce que esta es una visión personal, no psicológica. Y con esa honestidad subraya una carencia cultural profunda en la sociedad. «Necesitamos presencia. Que la pareja, los padres y las amistades apoyen, pero no tenemos esa cultura de acompañamiento», lamenta.

Su testimonio cierra con una defensa del personal de salud. Ellos, a menudo, reciben agresiones de familiares en crisis. Víctimas, también, de un sistema que no ofrece respuestas ni espacios para procesar la tragedia.

La ley que no mira a las madres

La ley, a través del Decreto Supremo Nº 4708, promulgado el 1 de mayo de 2022, otorga apenas tres días de luto por la muerte de un familiar a cualquier persona. Ignora que, en el caso de las madres que experimentan la muerte perinatal, sus senos gotean leche y sus hormonas están en colapso.

Una prueba más para evidenciar la violencia de la productividad: el sistema le exige que se limpie las lágrimas para estar sentada frente a un escritorio en 72 horas. La obliga a olvidar la existencia de su propio hijo, que apenas hace tres días murió.

Mientras Bolivia no reconoce el duelo perinatal, otros países han avanzado

Países como Chile, Argentina y Colombia ya cuentan con leyes específicas que obligan a brindar acompañamiento psicológico y trato digno a madres en duelo

Chile: la vanguardia de la Ley Dominga

• La Ley N° 21.371, promulgada en septiembre de 2021, se ha constituido en el estándar de oro en Latinoamérica. Surgió de la denuncia de Aracelly Brito, quien sufrió tratos deshumanizados durante la pérdida de sus hijos Julián y Dominga. El quiebre con el modelo boliviano es profundo. A diferencia de Tarija, donde el azar dicta el trato, esta ley obliga a todas las instituciones de salud a cumplir protocolos de manejo clínico y acompañamiento psicoemocional.

• El impacto laboral fue inmediato: el permiso por luto se elevó a 7 y 10 días corridos, reconociendo que el dolor no se resuelve en las 72 horas que estipula la normativa boliviana. Fuente: Biblioteca del Congreso Nacional de Chile – Ley 21.371.

Argentina: nace la Ley Johanna

• La Ley Nacional Nº 27.733, denominada Ley Johanna, fue sancionada en 2023. Establece procedimientos obligatorios para la atención ante la muerte perinatal. El modelo argentino ataca directamente la invisibilidad. Garantiza el contacto con el bebé fallecido y asegura la intimidad del proceso. Su mayor logro es que el duelo no se tramita como una enfermedad común, sino como un evento de salud mental específico. Y protege la estabilidad laboral de la mujer mientras sana. Fuente: Boletín Oficial de la República Argentina – Ley 27.733.

Colombia: la «Ley de Brazos Vacíos»

• La Ley 2310 fue sancionada en agosto de 2023. Colombia se sumó así a la tendencia regional de reconocer el duelo respetado. La norma obliga a capacitar al personal médico en psicología del duelo. Prohíbe que el diagnóstico de muerte fetal sea comunicado en pasillos o zonas comunes —una práctica habitual en los centros saturados de Bolivia— y exige espacios privados y empáticos. Fuente: Congreso de la República de Colombia – Ley 2310.

Estados Unidos: El Protocolo de la “Mariposa Azul”

• Allí se aplica el estándar conocido como Blue Butterfly (Mariposa Azul). No se trata de una fría imposición legal, sino de un protocolo de cuidado humano que en muchos hospitales ha logrado que el duelo por la pérdida de un bebé ya no se viva en silencio ni desde la indiferencia administrativa. Se ha construido, paso a paso, una forma distinta de acompañar a las familias: más consciente del dolor.

• En centros de referencia como el Cedars-Sinai Medical Center de Los Ángeles, una pequeña mariposa —azul o púrpura— colocada en la puerta de una habitación lo dice todo sin pronunciar una sola palabra.

• Es una señal discreta, pero poderosa: dentro hay una pérdida y merece respeto. Este distintivo alerta a todo el personal, desde médicos hasta servicios de limpieza, para que el trato sea de absoluta solemnidad.

• Al recibir el alta, las madres no se van con las manos vacías. Reciben cajas de memoria con huellas, fotografías o mantas; reconocimientos mínimos, pero esenciales, de que esa vida existió.

• Esta práctica está respaldada por la Asociación de Enfermeras de Salud de la Mujer, Obstetricia y Neonatología (AWHONN), cuya directriz es clara: la atención al duelo debe ser, por estándar profesional, «compasiva y respetuosa».

Realidad boliviana: el país que mira hacia otro lado

Al comparar estas legislaciones con la realidad de Bolivia, se evidencia una violencia institucional por omisión. Mientras otros países han abierto los ojos —para separar físicamente el luto del nacimiento y extender las licencias laborales—, Bolivia mantiene un régimen que ignora la biología del postparto, la psicología del trauma y la humanidad del duelo.

El aislamiento no es solo geográfico. Es un aislamiento de los derechos humanos más fundamentales de la mujer doliente.

Frente a la legislación comparada y a los procedimientos establecidos en países vecinos de Sudamérica y en Estados Unidos, queda en evidencia que es posible —y necesario— contar con normativas que garanticen un trato digno.

Estos modelos internacionales no solo son leyes: son escudos. Escudos que impiden la invisibilización del dolor y frenan la revictimización de una herida que ya es profunda.

En nuestro país, la muerte gestacional y perinatal —y la muerte misma de un hijo a cualquier edad— enfrenta un vacío legal enorme. Un vacío que golpea la sensibilidad de las madres en su momento de mayor vulnerabilidad.

La dignidad no es un trámite

La maternidad interrumpida no puede seguir siendo un trámite de oficina.

Debe ser, por derecho, un proceso de sanación respetado y acompañado por el Estado y por la sociedad. Por algo que todo ser humano protege por sobre todas las cosas: su dignidad.

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