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Vida en familia

Cómo ayudar a un niño a detectar una crisis de ansiedad

Es esencial que el menor reconozca qué síntomas sufre su cuerpo y que aprenda a diferenciar la ansiedad del miedo. Los padres, por su parte, no deben minimizar la situación ni sobreproteger a su hijo

Reportajes
  • Irene Álvarez para Mamás y Papás
  • 04/07/2026 00:00
Cómo ayudar a un niño a detectar una crisis de ansiedad
“La mitad de los problemas de salud mental en adultos comienza a desarrollarse durante la infancia y la adolescencia, advierten los especialistas.”

La mayoría de los adultos puede reconocer con cierta rapidez cuáles son los síntomas de la ansiedad: presión en el pecho, respiración agitada, músculos tensos, sudoración en las manos o esa sensación incómoda de que “algo malo va a pasar”. Sin embargo, a un niño le resulta mucho más difícil identificar lo que le ocurre cuando experimenta esas mismas sensaciones. Esa diferencia es clave a la hora de detectar a tiempo y poner freno a una crisis de ansiedad.

“Los menores no tienen tantas herramientas para explicar lo que sienten. Lo más común es que lo resuman con un simple ‘estoy muy nervioso’ o incluso que ni siquiera puedan ponerlo en palabras”, explica Aroa Borrás Barrachina, psicóloga infantil y coautora del libro ¡Pánico! Psicoeducación para el trastorno de ansiedad infantil, publicado en 2024 junto al también psicólogo Francisco Conesa Beltrán.

En muchos casos, la ansiedad infantil no se manifiesta con palabras, sino con conductas que los padres pueden interpretar erróneamente. Un niño que antes disfrutaba ir al colegio puede empezar a quejarse repetidamente de dolor de barriga justo antes de salir de casa. Otro puede negarse a participar en actividades escolares, esconderse detrás de sus padres cuando tiene que hablar con desconocidos o mostrarse irritable sin razón aparente. Detrás de esos comportamientos puede estar ocurriendo algo más complejo que una simple “rabieta”.

El miedo, recuerdan los especialistas, es una emoción natural cuya función es protegernos del peligro. Existen miedos propios de la infancia que forman parte del desarrollo normal: miedo a la oscuridad, temor a quedarse solos, a separarse de sus padres o a determinados animales. Un niño pequeño puede llorar porque no quiere dormir con la luz apagada y eso entra dentro de lo esperable.

La ansiedad aparece cuando esa sensación de alerta deja de responder a un peligro real y empieza a mantenerse en el tiempo. La preocupación se vuelve constante y suele venir acompañada de pensamientos catastróficos. Por ejemplo, un menor puede empezar a convencerse de que si suspende un examen “todo va a salir mal”, que sus amigos dejarán de quererlo si comete un error o que algo terrible puede pasarle a sus padres mientras no está en casa.

“Cuando sucede, el sistema límbico empieza a funcionar, pero no por un riesgo real, sino por imaginar situaciones donde no salimos muy bien parados”, explica Borrás. Diferenciar entre miedo puntual y ansiedad sostenida resulta fundamental para que tanto familias como menores entiendan qué está ocurriendo en su cuerpo.

En su libro, la especialista describe cómo responde el organismo cuando un menor experimenta ansiedad, por ejemplo, antes de un examen importante o una exposición oral en clase.

La primera respuesta es cognitiva, es decir, afecta directamente al pensamiento. Aparecen preocupaciones intensas y dificultades para tomar decisiones. Un adolescente puede quedarse bloqueado pensando: “Voy a hacerlo mal”, “todos se van a reír de mí” o “seguro me olvido de todo”.

Después llega la respuesta física. El corazón late más rápido, la respiración se acelera, aparece sudoración, temblores o molestias digestivas. Muchos niños describen esta sensación diciendo simplemente que “les duele la panza”, algo especialmente frecuente antes de situaciones que les generan estrés.

La tercera fase es la respuesta conductual: evitar aquello que produce ansiedad. Un niño puede pedir no asistir al colegio el día de una presentación, fingir estar enfermo para no participar en una actividad o incluso abandonar una cancha de fútbol antes de competir porque siente que no podrá hacerlo bien.

Cuando la ansiedad comienza a interferir en la vida cotidiana conviene acudir a un especialista, pero antes existen herramientas que pueden ponerse en práctica en casa.

Lourdes Espinosa Fernández, doctora en Psicología e investigadora de la Red PROEM, explica que lo primero es comprender qué está ocurriendo.

“Tenemos que entender qué le está pasando a nuestro hijo, ponerle nombre y no forzarlo”, señala.

Eso implica evitar frases que, aunque frecuentes, pueden empeorar el problema. Comentarios como “eso es una tontería”, “no pasa nada”, “deja de exagerar” o “cómo vas a tener miedo de eso” invalidan lo que el menor siente y pueden hacer que deje de expresar sus emociones.

Evidencia La ansiedad infantil no siempre se manifiesta con miedo evidente: puede aparecer como dolor de estómago, irritabilidad, bloqueo o rechazo a situaciones cotidianas

Tampoco conviene caer en la sobreprotección absoluta. Si un niño siente ansiedad al hablar en público, por ejemplo, la solución no es impedirle siempre exponerse a esa situación. El objetivo debe ser acompañarlo gradualmente: comenzar leyendo un pequeño texto en casa, luego frente a familiares, después en grupos pequeños, hasta que compruebe poco a poco que el escenario que imaginaba no era tan amenazante.

Borrás insiste además en la importancia del lenguaje compasivo y de crear espacios seguros dentro del hogar.

“Tenemos que entender que atravesar un periodo de ansiedad, si para un adulto es difícil, para un pequeño más, porque carece de una capacidad de regulación emocional y depende de otros para gestionarse”.

La forma en que un adulto responde en esos momentos puede marcar profundamente el desarrollo emocional futuro del niño. Un padre que escucha, valida lo que ocurre y acompaña transmite seguridad. Uno que ridiculiza o minimiza puede reforzar sentimientos de inseguridad que acompañen durante años.

“Un niño con miedo es vulnerabilidad en estado puro y tus palabras y apoyo en ese momento van a marcar cómo se almacenará ese recuerdo en su memoria a largo plazo”, resume la psicóloga.

Ansiedad en la adolescencia

Muchos miedos infantiles desaparecen con el tiempo, pero cuando no se abordan adecuadamente pueden prolongarse y transformarse en trastornos de ansiedad durante la adolescencia.

Nuria Núñez, psiquiatra infantojuvenil en Zaragoza y autora de Los niños también se deprimen, ha observado un incremento notable de casos, especialmente después de la pandemia de COVID-19.

En la práctica clínica aparecen adolescentes que sufren ataques de pánico antes de exámenes, jóvenes incapaces de socializar sin experimentar un miedo intenso o chicos que desarrollan ansiedad constante asociada al uso de redes sociales, comparándose permanentemente con otros.

La especialista observa además diferencias entre géneros. “Los varones tienden a interiorizar más. Las mujeres, por temas hormonales y mayor conciencia emocional a esa edad, suelen expresar más lo que sienten”.

Antes de acudir a urgencias o buscar tratamiento especializado, la detección temprana en casa sigue siendo fundamental. Hablar abiertamente, generar confianza y enseñar técnicas básicas de regulación emocional puede marcar una diferencia enorme.

Entre las herramientas recomendadas figuran ejercicios de respiración profunda, meditación guiada o aplicaciones como Headspace, que ofrece sesiones breves enfocadas en reducir estrés, ansiedad o gestionar emociones intensas.

Finalmente, Borrás propone algunas pautas simples para acompañar a un menor que atraviesa un episodio de ansiedad: transmitir calma, apartarlo temporalmente del estímulo que genera estrés, hablar con un tono amable y esperar a que, una vez regulado, pueda expresar lo que sintió.

Ese proceso le permite reconocer señales tempranas y desarrollar recursos emocionales propios.

No se trata únicamente de resolver un problema momentáneo. Según explica Espinosa, alrededor del 50% de los problemas de salud mental en adultos comienzan a desarrollarse durante la adolescencia.

Por eso, enseñar a niños y adolescentes a comprender lo que sienten, nombrar sus emociones y desarrollar estrategias para gestionarlas no es solo una herramienta de bienestar inmediato: es una inversión en la salud mental con la que enfrentarán las dificultades de toda su vida adulta.

 

Guía para padres: cómo ayudar

Detectar que un hijo atraviesa episodios de ansiedad puede generar preocupación e incluso sensación de impotencia en muchas familias. Sin embargo, la primera ayuda no comienza en la consulta de un especialista, sino en casa, a través de pequeñas acciones cotidianas que transmitan seguridad y comprensión.

El primer paso es escuchar sin minimizar lo que siente. Frases como “no es para tanto” o “eso se te va a pasar” pueden hacer que el niño sienta que sus emociones no son válidas. En cambio, conviene reconocer su malestar: “Entiendo que esto te está preocupando y estoy aquí contigo”.

También es importante ayudarle a poner nombre a lo que siente. Muchos niños no entienden que ese dolor de estómago, el llanto repentino o la dificultad para dormir pueden estar relacionados con ansiedad.

Los especialistas recomiendan además mantener rutinas estables, especialmente en horarios de sueño, alimentación y actividades escolares, ya que la previsibilidad reduce la sensación de inseguridad.

Otro punto clave es no sobreproteger. Evitar permanentemente aquello que genera miedo puede reforzar el problema. Lo más útil es acompañar al menor para que enfrente poco a poco esas situaciones.

Finalmente, conviene enseñar herramientas sencillas de regulación emocional: respiraciones profundas, pausas, ejercicio físico o espacios de conversación diaria. Y si la ansiedad comienza a afectar el colegio, el sueño o sus relaciones, es momento de buscar ayuda profesional.

 

Los diagnósticos de salud mental más comunes en niños, niñas y adolescentes

La salud mental es un componente esencial del desarrollo integral de la niñez y la adolescencia. Durante estas etapas de la vida se construyen las habilidades emocionales, sociales y cognitivas que permiten afrontar los desafíos cotidianos, establecer relaciones saludables y desarrollar el máximo potencial. Sin embargo, la ansiedad, la depresión y otros trastornos de salud mental se han convertido en una preocupación creciente en Bolivia y en el mundo.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años vive con un trastorno mental, lo que representa alrededor del 14% de esta población. La ansiedad y la depresión se encuentran entre las principales causas de enfermedad, discapacidad y pérdida de bienestar en la adolescencia, afectando el rendimiento escolar, las relaciones familiares y la participación social.

En Bolivia, diferentes estudios y reportes muestran una situación preocupante. Un sondeo realizado por U-Report de UNICEF Bolivia en 2022 encontró que ocho de cada diez adolescentes y jóvenes manifestaron haber experimentado angustia, depresión o ansiedad. Sin embargo, el 75% indicó que no buscó apoyo psicológico y el 61% señaló que no sabía dónde acudir para recibir ayuda.

Los factores que contribuyen al deterioro de la salud mental son múltiples y suelen interactuar entre sí. La violencia intrafamiliar, el acoso escolar, la pobreza, la discriminación, las pérdidas familiares, la presión académica, el uso problemático de redes sociales y las consecuencias de la pandemia de COVID-19 incrementaron los niveles de estrés y vulnerabilidad emocional entre niños y adolescentes; aumentando significativamente el riesgo de desarrollar ansiedad, depresión y otras dificultades emocionales.

Frente a este panorama, la respuesta debe centrarse en la prevención y la atención temprana. Las familias, las escuelas y los servicios de salud desempeñan un papel clave para identificar señales de alerta como cambios persistentes de ánimo, aislamiento, irritabilidad, alteraciones del sueño o del apetito, disminución del rendimiento escolar y expresiones de desesperanza. La detección oportuna y el acceso a apoyo psicológico pueden evitar que estos problemas evolucionen hacia situaciones de mayor gravedad.

Asimismo, resulta fundamental fortalecer los servicios comunitarios de salud mental, ampliar la disponibilidad de profesionales especializados, incorporar programas de promoción del bienestar emocional en las escuelas y desarrollar campañas que reduzcan el estigma asociado a la búsqueda de ayuda. Invertir en la salud mental de la niñez y la adolescencia no solo mejora la calidad de vida de las personas, sino que también contribuye al desarrollo social y económico del país. Garantizar que cada niño, niña y adolescente cuente con entornos seguros, afectivos y con acceso oportuno a servicios de salud mental constituye una inversión esencial para el presente y el futuro de Bolivia.

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