Vida en familia
Adolescencia: Cómo ayudar a confrontar una crisis nerviosa
Colabora con tu hijo o hija para que pueda superar los sentimientos complejos o abrumadores. Lo principal es siempre escuchar y validar los sentimientos y emociones sin minimizar lo que sucede. Posteriormente es clave recuperar la calma y no pretender resolver de inmediato el problema
Ser adolescente conlleva muchas emociones intensas que a veces pueden resultar difíciles de controlar. Hemos hablado con la Dra. Lisa Damour, psicóloga experta en adolescentes, autora de libros de éxito, colaboradora habitual de The New York Times y madre de dos hijos, sobre cómo pueden los progenitores apoyar a sus hijos a afrontar sentimientos difíciles o intensos.
¿Qué es una crisis nerviosa?
Las crisis pueden darse tanto entre los niños más pequeños como entre los mayores. Ocurren cuando un niño o niña se ve completamente superado por las emociones y se siente abrumado. Estas emociones pueden ser miedo, ira, frustración o cualquier otro factor.
¿Qué características presenta una crisis entre los niños mayores?
Cuando los niños o niñas que tienen la capacidad de describir lo que sienten se ven abrumados pueden empezar a sollozar, hiperventilar o ponerse nerviosos. Al contrario de lo que ocurre con las niñas o niños pequeños, es menos probable que los niños o niñas mayores tengan crisis en lugares públicos, porque en esas situaciones se suelen sentir avergonzados. Es mucho más probable que las crisis se produzcan en casa. Por ejemplo, un adolescente puede aguantarse todo el día en la escuela y luego llegar a casa y tener una crisis emocional.
¿Qué debo hacer si mi hijo o hija adolescente tiene una crisis emocional?
La Dra. Damour recomienda que los progenitores sigan nueve pasos prácticos para ayudar a sus hijos o hijas adolescentes a controlar una crisis emocional. Lo mejor es que hagas una pausa entre cada paso para ver si ha funcionado. Si no es así, pon en práctica el siguiente paso.
1. Escuchar sin interrumpir
Los niños y niñas mayores pueden tener una crisis emocional que les lleve a hablar con angustia sobre lo que les está ocurriendo. En esos momentos, la clave es dejar que lo cuenten todo. A menudo, los adultos bienintencionados intervienen o hacen sugerencias, olvidando que una de las mejores fuentes de alivio es expresar las emociones.
2. Ofrecer una empatía sincera
La mayoría de las veces, el hecho de expresar las emociones con palabras ofrece al joven el alivio que necesita. Después de escucharlos atentamente, otro tipo de apoyo que podemos dar a nuestros adolescentes es manifestarles empatía. Los adultos pueden ensayar frases como “eso es terrible” o “siento mucho que te haya pasado esto”.
3. Reconocer el valor de la angustia
El reconocimiento es muy eficaz, especialmente para los adolescentes. A los adolescentes a veces les preocupa que sus sentimientos tengan algo de malo porque sus emociones pueden ser muy fuertes. Aunque por una parte el adolescente se siente muy afectado, también puede estar un poco asustado debido a la intensidad de sus emociones.
Es un gran consuelo para los adolescentes cuando los adultos dicen: “Tus sentimientos son lógicos y puedo entender por qué tienes esa reacción”. Si, en cambio, los adultos les dicen: “¿Por qué estás tan molesto por eso? Hay gente que sufre mucho más que tú, ¿no es cierto?”, el efecto que se produce en los adolescentes es que siguen sintiéndose mal, pero ahora también se sienten culpables. En otras palabras, intentar cambiar la perspectiva de un adolescente no siempre les sirve de ayuda, por mucho que sus progenitores crean que es así.
4. Ayudarlos a calmarse
La mayoría de las veces, estos tres primeros pasos deberían ser suficientes. Pero si no sirven aún de alivio, podemos pasar de ayudar a los adolescentes a expresar sus sentimientos a ayudarles a controlar sus emociones. Una forma de hacerlo es ayudar a los adolescentes a tranquilizarse por su cuenta. Habla con tu hijo o hija sobre todo lo que puede hacer para sentirse mejor, como por ejemplo respirar profunda y lentamente.
La respiración abdominal es muy relajante y nos ayuda a llevar el oxígeno a lo más profundo de nuestros pulmones. He aquí un sencillo proceso en tres etapas:
Poner la mano en el estómago.
Respirar profundamente cinco veces, inhalar 5 segundos y exhalar 5 segundos, inspirando por la nariz y exhalando por la boca.
Explica a tu hijo o hija que cuando inhala, está inflando su abdomen suavemente como un globo, y que cuando exhala el aire vuelve a salir lentamente del globo.
5. Expresar confianza sin ser displicente
Intenta mostrar tu apoyo diciendo cosas como “esto es duro, pero esta sensación tan fuerte no durará mucho” o “por muy duro que parezca esto ahora mismo, estoy muy impresionado por lo que eres capaz de controlar, y saber que podemos hablar juntos de todo esto”.
6. Ofrecer ayudar para resolver el problema
Si has escuchado, reconocido y ofrecido consuelo y tu adolescente sigue molesto, el siguiente paso puede consistir en preguntarle: “¿Necesitas que te ayude a intentar resolver este problema?”. Pedir permiso para ofrecer apoyo, en lugar de limitarse a ofrecer consejos, puede contribuir a mantener la conversación con el adolescente. A veces los adolescentes te dirán: “No, solo quiero desahogarme”, y entonces lo más seguro es que todo el apoyo que necesitan es que les escuches. Y si te dicen que sí necesitan tu ayuda, eso significa que van a hacer mucho más caso a los consejos que les demos.
7. Dividir el problema en dos partes
Si tu hijo o hija acepta tu ayuda en la resolución de un problema, puede ser útil dividir los retos a los que se enfrenta en dos categorías: cosas que pueden cambiar y cosas que no pueden cambiar.
8. Para las cosas que pueden cambiar, piensen juntos en las posibles soluciones
Ayúdale a centrar su atención en la búsqueda de soluciones para los problemas que puede cambiar.
9. Para lo que no pueden cambiar, hay que apoyar la aceptación
Apoya a tu hijo o hija adolescente para que haga todo lo posible por aceptar los problemas que no tienen fácil solución. Una forma de ayudar a los jóvenes a aceptar un problema es hablar en términos de la energía. Puedes decirles: “Solo tienes una cierta cantidad de energía, así que guárdala para los problemas sobre los que realmente podemos hacer algo. No la desperdicies en los retos que no puedes controlar ahora mismo”.
NOTA AL PIE: Esta orientación general puede servir de ayuda a la mayoría de los progenitores en estas situaciones difíciles, pero algunas rabietas o arrebatos emocionales se deben a trastornos del desarrollo, como retraso en las habilidades lingüísticas, dificultades auditivas o visuales o problemas de comportamiento, que pueden requerir la ayuda de un profesional especializado en la infancia o la adolescencia. Consulta a un especialista si te preocupa que las emociones intensas de tu hijo puedan ser el síntoma de un problema más profundo.
Guía básica de apoyo
Escuchar es clave: Las crisis emocionales en la adolescencia no son señales de debilidad ni de inmadurez. Suelen aparecer cuando las emociones superan la capacidad del joven para gestionarlas. Escuchar sin interrumpir, validar lo que siente y mostrar empatía sincera son las primeras herramientas para ayudarle a recuperar el equilibrio sin aumentar su angustia.
No minimizar: Uno de los errores más comunes de los adultos es minimizar el problema del adolescente. Frases como “hay gente que está peor” pueden generar culpa además del malestar inicial. Reconocer que sus emociones tienen sentido y que su reacción es comprensible suele ser mucho más eficaz para reducir la intensidad de la crisis.
Primero, calmar: Cuando la emoción desborda, el objetivo no es resolver de inmediato el problema, sino recuperar la calma. Técnicas simples como la respiración profunda pueden ayudar. Después, padres e hijos pueden distinguir entre aquello que sí pueden cambiar y aquello que deben aceptar, concentrando su energía en las soluciones posibles.
Adolescencia, más allá de la rebeldía
Por Anael Torres Gorena/Psicóloga
Durante décadas se ha caracterizado a la adolescencia como una etapa de cambios, de rebeldía y de autoafirmaciones. Una antesala hacia la juventud que puede crear más de un dolor de cabeza, a los padres especialmente. Si bien esto es cierto, hoy las neurociencias y la evidencia científica nos muestran una realidad amplificada y compleja para entender de una manera más extensa las necesidades y respuestas de esta edad.
Una de ellas es que el cerebro adolescente seguiría madurando hasta después de los 20 años. Este desarrollo no se realiza de forma simétrica, sino que algunas áreas maduran antes que otras. Por ejemplo la corteza prefrontal es una de las últimas partes en desarrollarse por completo; esta área es vital para habilidades superiores como planificar, establecer prioridades y tomar buenas decisiones.
Otro elemento distintivo tiene que ver con el aumento de neurotransmisores en esta etapa, relacionados con la gratificación y la atracción de los adolescentes hacia experiencias estimulantes, impulsivas y novedosas o también con las reacciones intensas que tienen frente al éxito y el fracaso.
A pesar de la contradicción esto también favorecería un pensamiento más creativo e imaginativo, como una oportunidad para la innovación y el aprendizaje en esta etapa de la vida.
Las investigaciones indican también que la adolescencia es una etapa clave también para el desarrollo de enfermedades mentales, por su especial disposición al estrés; junto con los cambios físicos, emocionales y sociales propios, es una edad donde muchas enfermedades mentales pueden surgir, como la esquizofrenia, ansiedad, depresión, trastorno bipolar y alimentario. Sin embargo las investigaciones también sugieren que el cerebro adolescente es resistente y también puede crear factores de protección frente a estas dolencias a largo plazo.
Solo al finalizar la adolescencia e incluso en los primeros años de juventud el cerebro ha logrado la suficiente madurez para tomar decisiones juiciosas, planificadas y con sentido crítico, inhibir conductas de riesgo e impulsividad y mejorar en la interacción social. Esta evidencia aporta luces para la comprensión del fenómeno de la delincuencia en la adolescencia, un mejor diseño de la justicia penal juvenil y el entendimiento de otras problemáticas adolescentes.
Comprender hoy la adolescencia de una manera más amplia y liberada de tópicos o prejuicios quizás nos pueda ayudar a abordar esta especial etapa de la vida y verla más allá de sus rebeldías; y que pueda ser concebida sobre todo un comienzo de nuevos y prometedores horizontes hacia la completud del ser.








