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Vida en Familia

“Brazos Vacíos”: El sistema boliviano que sepulta el duelo materno en 3 días

Entre hospitales saturados, protocolos inexistentes y salas compartidas con recién nacidos, madres bolivianas que pierden a sus hijos enfrentan un sistema que no sabe acompañar el duelo y que convierte el dolor en un trámite médico y administrativo

Reportajes
  • Selma Danitza Zegarra Méndez
  • 16/05/2026 00:00
“Brazos Vacíos”: El sistema boliviano que sepulta el duelo materno en 3 días
El duelo debe ser para sanar

En Bolivia, la maternidad es un derecho protegido solo si termina en vida. Cuando el latido se apaga en el vientre, la mujer deja de ser madre para el Estado y se convierte en un engranaje que debe volver a producir.

  • Lee el reportaje completo original aquí: “Brazos Vacíos”: El sistema boliviano que sepulta el duelo materno en tres días

Entre certificados que sustituyen nombres de bebés por la palabra óbito y hospitales donde el llanto se mezcla con el silencio, se esconde una violencia institucional invisible. Esta investigación revela cómo el sistema de salud y el régimen laboral en Bolivia anulan el duelo materno.

Hacinamiento emocional: la tortura de las paredes delgadas

Un hospital en Bolivia tiene paredes que no guardan secretos y protocolos que no miran. Para una madre que acaba de perder a su hijo, este recinto se convierte en la caja de resonancia del vacío que ha parido. El caso de Rosa Mendoza: el retrato de una tragedia evitable.

Rosa Mendoza tiene 44 años. Un viernes llegó al Hospital Obrero de la Caja Nacional de Salud de Tarija pidiendo un lugar donde dar a luz. Tenía nueve meses de embarazo y dolores en el vientre. Le dijeron que no había camas.

Programaron su cesárea para el lunes. Esa misma tarde, al volver a casa, su hija murió dentro de ella. Pero el infierno no terminó ahí. Cuando Rosa regresó al hospital —ya con su hija muerta dentro de ella—, el sistema de salud le mostró una ausencia total de tacto profesional.

«Ni siquiera nos hicieron salir de la habitación —recuerda Rosa, la voz rota—. El doctor y la ecografista, delante de mí dijeron: ‘El latido del bebé está muerto’. Así me lo dijeron. En seco. Yo grité en ese momento». Rosa lamenta la falta de humanidad con la que recibió la amarga noticia.

Para Rosa, el sistema de salud de Bolivia ha normalizado tanto la muerte que ha olvidado que trata con personas, con seres humanos llenos de emociones. “No sé si es que ven fallecer a tanta gente —sentencia—, pero estamos hablando de una madre perdiendo a su hijo.»

Después de la muerte, vino la cirugía. Rosa tuvo que luchar para que no la ligaran. Se aferraba a la esperanza de un futuro hijo… Lo logró. Pero entonces la tortura en la sala de recuperación se reinició. La trasladaron a una sala que se convirtió en una cámara de resonancia de su propio dolor.

«Me dejaron sola en un cuarto, pero toda la noche escuchaba cómo lloraban los bebés, cómo otras mamás pasaban con sus regalos y sus familiares contentos. ¿Por qué te ponen donde tienes que ver y escuchar eso? Falta empatía, falta solidaridad», reflexiona esta madre.

Pese a sufrir complicaciones físicas graves tras el parto —hemorragias que obligaron a transfusiones de sangre, repetidamente—, el soporte emocional fue nulo. Indignada, relata que la quebró saber que en el nosocomio no existe terapia psicológica ni ningún apoyo emocional para sobrellevar ese dolor.

Encontró consuelo, pero no en el sistema. Lo encontró en algo que ella llama su “hija arcoíris”: su pequeña que nació un año después de la muerte de su bebé y que, según su relato, tiene el mismo rostro de aquel ángel que solo pudo ver una vez, sin vida, en una fría sala de hospital.

 

Rosa confía en que fue Dios quien le dio consuelo, porque el sistema, inhumano, no supo salvarla.

 

Este «hacinamiento emocional» es un golpe directo al corazón: es obligar a una mujer a presenciar el milagro ajeno mientras el suyo se convierte en cenizas. No hay biombos para el alma, ni salas de despedida. Solo un número de cama que el sistema urge vaciar.

La experiencia no es aislada ni exclusiva de un solo centro hospitalario. En el Hospital Obrero, dependiente de la Caja Nacional de Salud, Roberto Farfán, administrador de la Caja Nacional de Salud Regional Tarija, reconoce que no existen condiciones estructurales específicas para estos casos.

“Los ambientes se adecuan por necesidad y ante diferentes situaciones que se presenten; un ambiente propio para casos especiales no disponemos”.

La falta de espacios diferenciados no es un detalle menor. Para las madres en duelo, compartir o estar próximas a áreas donde otras mujeres celebran el nacimiento de sus hijos puede profundizar el impacto emocional. Lo que Rosa Mendoza vivió no es una excepción. Es parte de un sistema que aún no ha sido diseñado para contener el duelo.

La noticia como sentencia: el vacío del protocolo

¿Cómo se le dice a una mujer que el hijo que pateaba su vientre hace una hora ya no tiene pulso? En Tarija, la respuesta no está en un manual, sino en la sensibilidad aventurada del personal médico.

La investigación revela una carencia crítica: no existe un protocolo de atención y comunicación de malas noticias en los hospitales públicos ni en los seguros de corto plazo. El personal de salud, desbordado, suele recurrir a tecnicismos fríos o a frases que minimizan el dolor: «No hay latido… Usted es joven, tendrá otros hijos».

A menudo, la noticia se da en pasillos o salas comunes, sin privacidad ni acompañamiento psicológico inmediato. Esta falta de formación —o de sensibilidad— para comunicar convierte al médico en un verdugo involuntario que, al no saber manejar el dolor, opta por la distancia mecánica. Y deja a la madre en un shock profundo que nadie monitorea.

La deshumanización se sella con tinta. Cuando un bebé muere en el vientre, el sistema boliviano le arrebata su identidad. Deja de ser el hijo esperado de alguien para convertirse en un producto médicamente denominado “óbito” (feto).

Al no nacer con vida, no existe un acta de nacimiento. Por tanto, no hay certificado de defunción. Y eso genera un vacío legal perverso: para el Estado, ese ser nunca existió y, por lo tanto, esa mujer no es madre.

Este tecnicismo legal y despiadado es la excusa para el abandono laboral. El Ministerio de Trabajo no reconoce el posparto de una madre en duelo. Si el bebé muere, la licencia de maternidad se esfuma.

La honestidad del sistema: «Estamos fallando»

El pediatra Nils Casson, exdirector del Servicio Departamental de Salud de Tarija, confirma que la valoración para la baja médica es puramente física: «Se habla de tres a cinco días porque nos enfocamos en que la herida cicatrizó, pero desde la parte emocional esa mujer puede no estar preparada para afrontar la rutina diaria», revela.

Casson es contundente y admite con crudeza que el sistema actual es incapaz de ofrecer dignidad en el dolor. «No existe esta segmentación entre las mujeres que están con producto viable y las mujeres que han tenido esta pérdida. El hospital San Juan de Dios está en colapso y no permite la segregación de pacientes», confiesa.

Su testimonio eleva la crítica a un nivel político: es más que una vulneración, es una desatención a los derechos humanos. El sistema se ha vuelto asistencialista: enfocado en vaciar camas y no en sanar personas.

 

Por otro lado, el médico Dulfredo Ozuna, director del Hospital San Juan de Dios, confirma que la internación de una madre es de apenas 24 a 48 horas. Posterior a ello, ella está obligada a abandonar la cama y la sala de maternidad.

 

«Nosotros, después del parto o de producida la muerte, lo que hacemos es otorgar el alta médica, independientemente de la situación laboral de la paciente», declara. Lanzamos la pregunta inmediata: ¿Está la persona en condiciones de volver al trabajo? «Seguramente no», confiesa Ozuna.

 

Es un despacho exprés: se libera la cama y se envía a una mujer destrozada a una casa con una cuna vacía.

 

El pediatra Nils Casson añade: «Una mujer necesita un tiempo de recuperación físico, pero además también necesita un tiempo de recuperación mental», y reconoce que no existe un protocolo: la comunicación depende del criterio individual de cada médico.

Yamil Patiño, jefe de Ginecología del Hospital General, es claro al separar lo biológico de lo psicológico: «La parte médica se da porque las condiciones físicas lo permiten, pero nunca se toma en cuenta la parte psicológica. Médicamente, a la semana la mujer ya podría retornar, pero tiene heridas psicológicas que aún debe sanar», afirma.

Sin embargo, esa necesidad de sanar choca con un muro administrativo. Mientras el galeno habla de una semana, la abogada Sandra León, asesora legal del Ministerio de Trabajo en Tarija, confirma que la ley boliviana solo otorga tres días.

Patiño admite además que la protección de la madre frente al entorno hospitalario —evitar que vea y escuche otros bebés— es hoy una cuestión de voluntad y no de derecho.

«No existe una norma que nos diga que esa paciente tenga que ser llevada a otra sala. Lo hacemos por empatía, pero sería bueno que se escriba un protocolo de manejo psicológico», señala.

Esta ausencia de norma escrita explica por qué, a pesar de las buenas intenciones, madres como Rosa Mendoza terminan internadas en salas donde el llanto ajeno se convierte en su mayor tortura.

La primera línea: entre la impotencia y el shock

Desde la trinchera de la atención en el Hospital San Juan de Dios, la enfermera Reyna Vargas, con décadas de experiencia en ginecología y obstetricia, describe una realidad de contrastes. El personal de salud, dice, a menudo se siente atado de manos.

«Para nosotros es complicado dirigirnos a la gente en ese momento. Como personal de salud, no somos indiferentes; sentimos ese dolor, aunque con mucha impotencia», relata Vargas.

Según su testimonio, el hospital se convierte en un escenario de shock donde el tiempo de asimilación es inexistente. Las madres permanecen apenas 24 horas si el parto fue natural, o 48 horas si fue cesárea.

«Ese tiempo no alcanza para asimilar lo que ha sucedido», aclara. «No todas las madres tienen la misma percepción. Hay bebés que son muy esperados y el dolor es mucho mayor. También hay bebés que no son deseados; en esos casos la familia puede sentirse aliviada o no manifestar el dolor, aunque probablemente en el fondo exista», subraya.

Vargas resalta que la tragedia suele golpear más a las mujeres del área rural. Ellas llegan al nosocomio de tercer nivel tras sortear la falta de transporte y la distancia, a menudo cuando las complicaciones ya son irreversibles.

Este escenario evidencia la ausencia de una perspectiva de género en salud, que castiga doblemente a la mujer campesina: no es solo un ‘vínculo roto’, es una barrera geográfica y de clase que el sistema no compensa y que, con frecuencia, termina en muerte”.

 

 

 

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