Entre la estrategia y la sombra

En medio de las múltiples crisis que atraviesa el país, el caso Cerimedo abre una discusión que, a mi juicio quedó relegada: el rol profesional de un estratega comunicacional y los límites étcos de su actuación.

En medio de la trama desarrollada, que por cierto tiene un millón de especulaciones e historias conspirativas de este escándalo y donde se ciernen dudas en el trabajo policial, judicial y de Estado, se describió a Fernando Cerimedo como asesor político, estratega comunicacional y asesor personal del presidente de Bolivia.

Me causó ruido que se asuma, de manera superficial y casi de pasada, el rol de un estratega y asesor comunicacional en la figura de Cerimedo -como lo presentan entre otros presentan [Noticias Fides]en Policía aprehende al asesor presidencial Fernando Cerimedo tras ataque a Nadia Beller o El País en Fernando Cerimedo, el hombre de MAGA que asesora a Paz. Y me preocupa aún más que una función que constituye parte sustantiva del perfil profesional de los comunicadores sociales pueda terminar desprestigiada por prácticas que parecen desconocer los principios éticos que deberían de estar en la base de toda estrategia de comunicación.

Los y las comunicadores, como nos denominan generalmente, tenemos un gran beneficio en el perfil profesional amplio: trabajamos en y con los procesos de comunicacionales desde diferentes aristas, que de hecho se complementan e integran las estrategias de comunicación en el campo periodístico, corporativo, del desarrollo social, del desarrollo tecnológico y de los procesos culturales que nos rodean. El estratega comunicacional, en cambio, desde un perfil profesional especializado o específico, no solo debe saber comunicar, sino debe pensar estratégicamente para comprender problemas complejos, investigar para tomar decisiones estratégicas, diseñar y ejecutar procesos comunicacionales, en fin, formula estrategias de comunicación basadas en evidencias, articulación de actores y efectivización de recursos para generar transformaciones comunicacionales ética y políticamente responsables.

Y es que la Comunicación es un recurso planificable y no es un “apaga incendios” o “manipulación de conciencias”. Por ello es necesario puntualizar que no toda comunicación política informal es propaganda negra; pero cuando la estrategia se sostiene en el ocultamiento o en las sombras, la manipulación o la desinformación, la frontera ética comienza a romperse. Por ello, vale la pena preguntarse ¿En qué momento el estratega deja de ser un profesional de la comunicación para convertirse en un operador político?

En medio de la incertidumbre, urgencia y concentración de poder, se generan imprecisiones y la frontera entre el estrategia o asesor de comunicación y el operador político se diluye, e invita a prácticas informales de comunicación que pueden distorsionar el rol ético y profesional mientras se diluye la verdadera función de las personas profesionales en el campo de la Comunicación estratégica.

Ante ello insistimos que la ética debe estar en el núcleo mismo de la competencia estratégica siempre, ya que un/a estratega de comunicación no debería medirse solamente por lo que consigue, sino también por la manera en que decide conseguirlo.


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