Cultura, política y autoestima
¿Con los países ocurre lo mismo que con las personas que tienen baja autoestima?, es decir ¿los países que no son valorados adecuadamente por su propio conjunto social, también tienen problemas para desenvolverse, inseguridad frente a sus pares, dificultad para encontrar una vocación que guie su existencia, etc.?
La respuesta corta es si, aunque evidentemente en niveles mucho más complejos. Las sociedades estructuran mediante diversos mecanismos (educación, arte, producción intelectual, “construcción” histórica”, etc.) una visión de si mismas, sustentada en la (s) formaciones culturales existentes. Y esa visión, convertida en el eje central del imaginario colectivo contribuye decisivamente a afianzar sus potenciales productivos, a desarrollar su manera de insertarse “en el mundo” (concepto que ahora esta en boga), y en ultima instancia a potenciar la capacidad grupal o individual de sus propios ciudadanos, a la hora de enfrentar los desafíos que les presenta la realidad.
Atrás quedaron los conceptos renacentistas que implicaban que el fomento al arte y las expresiones culturales, eran un fin en sí mismo, parte de nuestra realización como seres humanos. En estas épocas de auge de la globalización capitalista, en general se trata de asociar la cultura con otras actividades sociales que generen ganancia; básicamente en nuestro caso, las industrias culturales y el turismo. Y evidentemente se trata de una conexión real; es imposible pensar en un turismo exitoso y en industrias culturales que funcionen, si no están asentadas en una base cultural sólida.
Sin embargo, hay otro factor que implícita o explícitamente también pesa en las sociedades constituidas adecuadamente: la necesidad de “preservar” los elementos centrales de nuestras culturas, para que no “desaparezcan”. Cada formación cultural constituye una manera distinta de entender la realidad y en los países institucionalmente débiles como el nuestro, frente a la urbanización y la globalización, diversas formaciones culturales (la mayor parte, o quizás todas las enumeradas en nuestra Constitución Política, y otras “criollas”, como por ejemplo la chapaca o la chaqueña) están, simple y llanamente, a punto de desaparecer. Por ello es que los repositorios, museos, centros de sistematización, carreras humanísticas (historia, literatura, etc), no son gastos insulsos, sino más bien herramientas para que lo que somos – fuimos, no se borre del conocimiento registrado por la humanidad.
Este tema, el de la preservación, fomento y universalización de las culturas, fue precisamente el que reveló una de las mayores inconsistencias del MAS en función de gobierno. Cambió la constitución con la bandera de la plurinacionalidad, le dio puso el rotulo de “revolución democrática y cultural” al proceso que encabezó (probablemente para contraponerlo a la “revolución nacional” del 52), pero en la práctica no hizo nada por fomentar o universalizar las culturas originarias. Y en general, con solo una u otra excepción, su política cultural fue precaria. Lo mismo ocurre lamentablemente, con las élites locales en las distintas regiones, del país: hay un discurso instrumental en que se utiliza la cultura (lo “chapaco” en los discursos reivindicativos, o la “chapaquita” poniendo guirnaldas a las delegaciones oficiales en el aeropuerto), pero prácticamente ningún esfuerzo que implique una acción cultural seria.
A lo largo de su evolución histórica, Bolivia ha tenido serios problemas respecto a su propia imagen, es decir problemas de autoestima. Ha pesado demasiado la contradicción entre la imagen que la élite tenía de sí misma y la realidad del país, expresada intelectualmente en corrientes centrales de nuestro pensamiento como el “arguedismo” (país enfermo de tanta sangre india) y sus derivaciones. De ahí que hayamos desarrollado un culto a la derrota y el victimismo; que tengamos una élite que extrañamente rinde culto a la derrota.
En estos últimos días la polémica respecto al tema de la cultura ha vuelto a saltar, debido a la decisión del gobierno de eliminar el ministerio de Turismo y Cultura, junto al de Planificación (justo las dos entidades ministeriales que de alguna manera están relacionadas con la visión “a largo plazo”, por parte del Estado).
Un argumento a favor de la decisión, podría señalar, que, en otras gestiones, anteriores, de gobierno, la existencia de un ministerio no ha garantizado que haya políticas culturales serias en el país. Es verdad, aunque evidentemente, el que una determinada cabeza de sector, sea relegada debajo de otra, que tiene objetivos programáticos diferentes, no parece una buena señal en referencia a su importancia futura.
Pero el problema de fondo, sigue siendo el del carácter inmediatista que los sectores dirigenciales bolivianos (de uno y otro signo), imprimen a las gestiones de gobierno (nacionales, departamentales y municipales prácticamente sin excepción). Y lamentablemente, con esa lógica reduccionista, atentan no solo contra nuestras posibilidades de generar nuevos ingresos (turismo), sino que además parecen querer condenarnos a vivir en un mundo globalizado, con una autoestima lastimada y una identidad precaria.
[1] Rodrigo Ayala es antropólogo y gestor ambiental





