Nuestra propia “batalla cultural”

Es interesante observar como en la versión criolla de la reputada “batalla cultural” que se libra a nivel mundial, se juntan (aunque seguro, sin querer reconocerse), los escasos libertarios que pululan en nuestros círculos intelectuales y políticos, los poderosos mineros cooperativistas (capitalistas salvajes de verdad, como debe haber pocos en el resto del mundo) y los angurrientos magnates de la explotación extractivista e inmisericorde de la tierra.

¿Qué es exactamente la “batalla cultural”? De manera general se la conceptúa como la disputa para imponer determinados valores sobre el conjunto de la sociedad. En los últimos años se ha vuelto una de las banderas centrales de la nueva derecha, que entre otros temas enarbola el retorno a valores morales conservadores (a la vez, que merced al “libre mercado”, permite y propicia una masificación de la pornografía violenta nunca antes vista en la historia), el desprecio y el rechazo a los “extraños” (minorías y migrantes), el culto al libre mercado y el enriquecimiento sin límites, etc.

La primera gran “batalla cultural” ya fue ganada por los sectores neoliberales del mundo en los ochenta – noventa, cuando merced del “fin de la historia”, (la caída de la URSS y sus satélites), impusieron la noción general de que la naturaleza del ser humano estaba centrada en “la codicia” y que valores como la equidad, la solidaridad, etc., le eran extraños.  El fracaso del socialismo burocrático e hiper estatista, practicado por los soviéticos, fue el detonante para que el capitalismo sin límites se impusiera en el mundo. Y cuarenta años después, a pesar de que la humanidad se dirige de manera franca a la barbarie (criminalidad en aumento superlativo, destrucción de Estados nacionales), y en definitiva a la extinción (cambio climático, destrucción de la biodiversidad, posibilidad creciente de la confrontación nuclear), nadie parece cuestionar seriamente dicho camino.

En Bolivia, en el contexto de nuestras condiciones culturales y productiva, vivimos una suerte de versión criolla, primitiva y elemental, de la “batalla cultural”.

Hace unos días, el 31 de julio, la prensa dio cuenta de la llegada de Erai Maggui, el “rey de la soya”, a los festejos del aniversario de San Ignacio de Velasco. Los reportes de prensa dan cuenta que ese día llegaron alrededor de 20 aviones privados al aeropuerto de dicha ciudad y se puede presumir que muchos de ellos transportaron a otros representantes del agronegocio. Se señala que Maggui, habría comprado entre 30.00 y 40.000 hectáreas en la chiquitania.

El problema de la expansión de este tipo de emprendimientos no se encuentra en la “inversión”, sino más bien en la “forma” de encararla. Maggui es el “campeón” del modelo intensivista de cultivo de soya, donde el bosque es arrasado y se impone el monocultivo. Por otra parte, el uso intensivo de agroquímicos contamina el agua y el cambio violento en el uso de la tierra libera enormes cantidades de carbono.

¿Existe una alternativa al modelo extractivista, en la perspectiva del desarrollo agropecuario boliviano?, por supuesto que sí, y en diversos puntos del país, especialmente Santa Cruz, esta encabezada por empresarios bolivianos. Un ejemplo modélico de esta tendencia se expresa en los grupos “CREA – Consorcio Regional de Experimentación Agropecuaria” - en los que destacados emprendedores discuten, experimentan y practican experiencias para conjuncionar la sostenibilidad y la rentabilidad. A esto se suman los aportes de proyectos como PRIAS de la Fundación de Conservación del Bosque Chiquitano – FCBC, en cuanto a agricultura y ganadería regenerativa.  (en el caso de Tarija la relación de los empresarios viticultores con el entorno natural, también, en términos generales, es ampliamente positiva).  Un denominador común de todas estas experiencias es que la sostenibilidad del bosque y las fuentes de agua, no solo son factibles en una agropecuaria en crecimiento, sino que también son más rentables en el corto, mediano y por supuesto, largo plazo.

A unos kilómetros de distancia de los soyeros extractivistas, se encuentran los mineros; especialmente los cooperativistas, que entusiasmados, pugnan por conseguir concesiones sin ningún tipo de restricción. Los cooperativistas bolivianos, son el sueño del capitalista puro; nadie les impone restricciones; envenenan los ríos y la tierra sin ningún control, usan mercurio a su antojo, no cumplen con las normas laborales y pagan impuestos y regalías irrisorias al Estado boliviano.

Ambos sectores extractivistas; agropecuarios y mineros, libran una verdadera “batalla cultural” en Bolivia, en la medida en que quieren imponernos una forma de relacionarnos con la tierra, no solo extraña y ajena a nuestra forma de vida y nuestras tradiciones, sino además malsana y atentatoria a nuestro futuro.

La “batalla cultural” boliviana, pasa por entender que, en la producción, el dólar fácil puede fácilmente equivaler a la miseria del mañana. Y que la “innovación”, solo es valedera cuando toma en cuenta al futuro.

 

 

[1] Rodrigo Ayala es cineasta y gestor ambiental


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