“Elogio de la ociosidad”
El derecho a la pereza, que reivindicamos con buen humor los chapacos, fue motivo de reflexión permanente en círculos de intelectuales de la izquierda histórica, como contrapeso al “derecho al trabajo” impuesto como reclamo de los obreros a la sociedad burguesa y que tenía como telón de...
El derecho a la pereza, que reivindicamos con buen humor los chapacos, fue motivo de reflexión permanente en círculos de intelectuales de la izquierda histórica, como contrapeso al “derecho al trabajo” impuesto como reclamo de los obreros a la sociedad burguesa y que tenía como telón de fondo el “ejército de reserva” de fuerza de trabajo humano desempleado que hizo posible ese sangriento y doloroso proceso de acumulación originaria del capital.Paul Lafargue, por ejemplo, cubano y yerno de Karl Marx, publicó en 1883 su famoso texto “El derecho a la Pereza”, como refutación del “Derecho al Trabajo de 1848”. Su principal argumento da vueltas en torno a la naturaleza embrutecedora del trabajo manual en las fábricas del capitalismo emergente, al daño enorme causado a hombres, mujeres y niños que eran atrapados en esa maquinaria espantosa que nos relatan escritores de la talla de Charles Dickens o Upton Sinclair.¿Por qué reclamamos el derecho a ser torturados y esclavizados de manera tan inmisericorde, solo para enriquecer a los titulares del poder económico? se pregunta, a lo largo de su reflexión, el cubano.¿Qué queda para los obreros luego de la extenuante jornada?Ni tiempo ni ganas siquiera de pensar creativamente en otras cosas y menos cuestionar los nuevos dogmas que se imponen desde la pseudo virtud religiosa: “La moral capitalista, lastimosa parodia de la moral cristiana, harta de bienes y de goces, predica la abstinencia a los asalariados, anatemiza la carne del trabajador; toma por ideal reducir al productor al más pequeño mínimo de sus necesidades, suprime sus alegrías y sus pasiones y lo condena al papel de máquina de trabajo, sin tregua ni merced.”.Lafargue llama con pasión a los pensadores del campo popular a cuestionar la moral y las teorías sociales del capitalismo y a “proclamar a la faz de los hipócritas de todas las morales, que la tierra dejará de ser el valle de lágrimas del trabajador.”Este valiente escrito se daba en un contexto en el que el Zeitgeist o “espiritu de los tiempos” era alimentado por concepciones tomadas como verdades universales, como aquellas del famoso “Essay on Trade” (Ensayo sobre el Comercio), que proponía encarcelar a los pobres en las famosas “casas ideales del trabajo” (ideal work houses) donde, con el supremo fin de “extirpar la pereza”, se les haría trabajar sin parar 14 horas diarias!Cincuenta años después, en 1932, el filósofo Bertrand Russell, educado en el espíritu del refrán “La ociosidad es la madre de todos los vicios” y que, por lo tanto, había trabajado intensamente hasta ese día todos los días de su vida, retomando a Paul Lafargue, escribió: “Creo que se ha trabajado demasiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo es una virtud ha causado enormes daños y que lo que hay que predicar en los países industriales modernos es algo completamente distinto de lo que siempre se ha predicado. Todo el mundo conoce la historia del viajero que vio en Nápoles 12 mendigos tumbados al sol (era antes de la época de Mussolini) y ofreció una lira al más perezoso de todos. Once de ellos se levantaron de un salto para reclamarla, así que se la dio al duodécimo. Aquel viajero hacía lo correcto. Pero en los países que no disfrutan del sol mediterráneo, la ociosidad es más difícil y para promoverla se requeriría una gran propaganda. Espero que, después de leer las páginas que siguen, los dirigentes de la Asociación Cristiana de jóvenes emprendan una campaña para inducir a los jóvenes a no hacer nada. Si es así, no habré vivido en vano”.Imagino la misma anécdota del campesino chapaco al que el industrioso capitalista gringo le pregunta cómo cosecha sus duraznos. Ante la respuesta inesperada de que “esperaba que sople el viento para tumbarlos a sus pies”, vuelve a preguntar: “¿Y que pasa cuando no hace viento?”. Para quedar nuevamente estupefacto ante la respuesta del chapaco: “… mal año mister, mal año!”.El problema de nuestra época es que este espíritu rebelde y respondón de la Tarija pre capitalista está siendo transformado rápidamente, en particular desde la escuela. Parece no haber un solo colegio en Tarija que no atosigue hoy a los niños con tareas inmisericordes todos los días, inluyendo los sábados y domingos. No hay padre que pueda disfrutar con sus hijos o hijas un fin de semana de ocio productivo si antes no se somete a las tareas escolares, largas, repetitivas y memorísticas. Los ejemplos exitosos de países como Islandia, que suprimieron estas cargas escolares a favor del incentivo al aprendizaje como un juego, parece no importarle a nuestro sistema educativo. ¿Hasta cuándo? ¿Cuáles son los resultados de este método de enseñanza-aprendizaje tan rudimentario? ¿Qué tipos de logros científico-técnicos o artísticos podemos exhibir a su favor?Parece necesario, entonces, desempolvar y reescribir con humor nuestro Decálogo, ese mismo que nos hizo reír tanto tiempo y que fue tema de la identidad, en el buen sentido, de esta nuestra comunidad de carácter que busca convertirse en comunidad de destino, alegre y optimista!


