Sama no ardió solamente por una chispa

Cada invierno, cuando la Cordillera de Sama vuelve a arder, Tarija repite un libreto conocido. Se habla de pirómanos, de comunarios que chaquean sin control y de instituciones que llegan tarde. Esta vez se ha insinuado incluso que algunos fuegos responderían a militantes radicales de organizaciones políticas. Todo delito debe investigarse y sancionarse, pero hasta ahora no se han presentado pruebas públicas que permitan convertir esa sospecha en un hecho. La indignación paranoica no puede sustituir a la investigación.

La intervención humana, intencional o negligente, es casi siempre la chispa. Sin embargo, una chispa no explica por sí sola un incendio de esta escala. El análisis satelital de PROMETA estimó que, entre el 16 y el 22 de julio, el fuego recorrió 9.949 hectáreas del Valle Central y Sama; 5.279 quedaron dentro de la Reserva Biológica. Más de la mitad del daño alcanzó, por tanto, un área que regula las cuencas que abastecen de agua a Tarija y sostienen su economía agrícola y vitivinícola. No fue únicamente un problema de pastizales quemados: fue una agresión a nuestra seguridad hídrica.

Durante los días más críticos seguí en Zoom Earth el patrón del viento sobre Tarija. Desde la mañana, las corrientes del norte y noroeste crecían hasta registrar al mediodía velocidades medias del orden de 25 kilómetros por hora y ráfagas superiores a 60. SENAMHI, por su parte, había emitido alerta naranja: pronosticó vientos del oeste-noroeste de 40 a 70 kilómetros por hora, temperaturas máximas de 33 a 35 grados y humedad relativa de apenas 26 a 33 por ciento. Era la combinación perfecta: vegetación seca, calor, aire sin humedad y viento capaz de transportar brasas, cambiar de dirección y reactivar frentes que parecían dominados.

La evolución posterior resulta reveladora. Las aplicaciones meteorológicas anticipaban el debilitamiento de ese patrón hacia el 23 de julio. Cuando los vientos cedieron, el incendio perdió fuerza: el día siguiente se informó el control de los focos principales y continuaron las tareas de enfriamiento. Esto no significa que el clima haya encendido el fuego ni resta responsabilidad a quien lo inició. Significa algo más importante: la ignición y el comportamiento del incendio son problemas distintos. Podemos detener a un incendiario después del daño; pero sólo el conocimiento del combustible, la topografía y el tiempo permite anticipar cuándo una quema pequeña puede transformarse en catástrofe.Lo ocurrido tampoco es una rareza tarijeña. En esos mismos días, Salta enfrentó incendios de pastizales bajo viento Zonda, baja humedad y vegetación reseca. Lo mismo en Sucre y Potosi. Brasil registró 1.233 focos de calor satelitales entre el 12 y el 18 de julio —no todos equivalen a incendios forestales— y estimó que 31 millones de personas estuvieron potencialmente expuestas a contaminación por partículas finas. España y Francia sufrieron grandes incendios que obligaron a desplazar a más de 300.000 personas y activaron aviones, helicópteros y brigadas de varios países europeos. Canadá mantenía cerca de 850 incendios activos a mediados de julio, cuyo humo cruzó hacia Estados Unidos; California acumulaba miles de incidentes y casi 80.000 hectáreas quemadas en el año. Cambian los paisajes, las estaciones y las causas inmediatas, pero se repite la ecuación: combustible disponible, sequedad, calor, viento e ignición.

El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente advierte que los incendios extremos podrían aumentar hasta 14 por ciento en 2030, 30 por ciento en 2050 y 50 por ciento hacia fines de siglo. También denuncia una inversión pública invertida: se gasta demasiado en reaccionar y casi nada en planificar. Su propuesta es destinar dos tercios de los recursos a prevención, preparación y recuperación, y un tercio a la respuesta.

Para Tarija, eso exige pasar del heroísmo estacional a una política permanente. Necesitamos una red de estaciones meteorológicas en Sama y el Valle Central; un índice diario de peligro de incendio, basado, entre otros, en el monitoreo de los vientos meteorológico y de la humedad relativa del ambiente; prohibiciones automáticas de quema cuando viento, humedad y temperatura superen umbrales críticos; vigilancia satelital y detección temprana; manejo técnico de pastizales y franjas de protección; alternativas al chaqueo; reservorios, accesos y equipos previamente posicionados; brigadas comunales entrenadas y acuerdos operativos con Salta y otras regiones vecinas. Después del fuego, deben monitorearse erosión, calidad del agua y recuperación de la vegetación durante meses, no durante el breve ciclo de las noticias.

Bomberos, voluntarios, militares y comunarios merecen gratitud. Pero la solidaridad no puede seguir funcionando como sustituto de la organización pública. Tampoco basta buscar culpables cuando la montaña ya arde. El fuego puede comenzar con una mano irresponsable; el desastre se construye antes, cuando ignoramos el clima, degradamos el territorio y llegamos sin información ni recursos. Sama nos está diciendo que la prevención ya no puede ser municipal, ocasional ni partidaria. Es científica, comunitaria, continental y, frente a un clima cambiante, inevitablemente internacional.

 


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