Medio Oriente: el retorno de las bombas y sus consecuencias para Bolivia
Por unas semanas pareció que la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán había encontrado un punto de inflexión. El Memorando de Entendimiento de Islamabad ofrecía una salida gradual: alto el fuego, reapertura del Estrecho de Ormuz, alivio parcial de sanciones y el compromiso de negociar un acuerdo definitivo en un plazo de sesenta días.
Los bombardeos estadounidenses de las últimas horas, lanzados tras nuevos incidentes contra la navegación comercial en Ormuz por parte de Irán, han demostrado cuán precaria era aquella tregua. Washington volvió a atacar infraestructura militar iraní y suspendió parte de las concesiones económicas contempladas en el memorando, mientras Teherán sostiene que responderá a cualquier nueva agresión.
El conflicto ha regresado así a una fase de coerción militar combinada con diplomacia, donde ninguna de las partes parece dispuesta a abandonar definitivamente la negociación, pero tampoco a renunciar al uso de la fuerza.
La guerra ha confirmado que su punto decisivo ya no es únicamente el campo de batalla. El verdadero centro de gravedad continúa siendo el Estrecho de Ormuz.
Por ese corredor marítimo circula aproximadamente una quinta parte del petróleo transportado por vía marítima en el mundo. Cada ataque contra un petrolero, cada amenaza de cierre o cada operación militar en la zona repercute inmediatamente sobre el precio de la energía, los seguros marítimos, el transporte internacional y, finalmente, sobre la inflación global.
Mientras esa ruta permanezca insegura, cualquier acuerdo político seguirá siendo extremadamente frágil.
Los grandes perdedores silenciosos, sin ambargo, son los Estados árabes del Golfo.
Los Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Bahréin y Kuwait dependen de la estabilidad marítima para sostener sus exportaciones, sus puertos y sus centros financieros. Al mismo tiempo, necesitan la protección militar estadounidense frente a una posible escalada iraní.
Los Emiratos representan mejor que nadie esa contradicción: son aliados estratégicos de Washington, pero también uno de los países con mayor interés en evitar una guerra prolongada que paralice el comercio regional. Su prioridad hoy no es una victoria militar sobre Irán, sino recuperar cuanto antes la normalidad del tráfico marítimo.
Aunque se encuentre a miles de kilómetros del Golfo Pérsico, Bolivia figura entre los países latinoamericanos más expuestos a esta crisis.
La razón es sencilla: importa una parte importante de los combustibles que consume y mantiene un elevado subsidio estatal al diésel y la gasolina. Si el petróleo permanece caro y el transporte marítimo sigue afectado, aumentará el costo de importar combustibles precisamente cuando el país enfrenta limitaciones de divisas.
La consecuencia puede ser una combinación de mayor presión sobre las reservas internacionales, dificultades de abastecimiento, incremento del costo fiscal del subsidio y nuevas tensiones cambiarias. A ello se suma el encarecimiento del transporte, los fertilizantes y otros insumos importados, que termina trasladándose al precio de los alimentos y a la inflación.
En otras palabras, Bolivia no participa en la guerra, pero paga parte de su factura económica.
La metáfora utilizada en análisis anteriores resulta hoy especialmente pertinente.
El caballo es la economía mundial, que vuelve a moverse con brusquedad cada vez que aumenta la tensión en Ormuz.
La silla es la economía boliviana, que ya presentaba un equilibrio delicado debido a los subsidios, la presión sobre las reservas internacionales, la dependencia de las importaciones energéticas y la alta conflictividad social que, no hace mucho, se tradujo en más de 50 días de bloqueos de rutas y enfrentamientos.
Y el jinete es el gobierno, cuya tarea consiste en mantener el equilibrio mientras el caballo se encabrita. Un gobierno cada vez más destartalado y con menor credibilidad.
El problema es que una silla estructuralmente inestable transmite con mayor intensidad cada movimiento del caballo. Si el precio del petróleo continúa elevado durante varios meses, el margen de maniobra del jinete inexperto se reduce considerablemente.
Con la información disponible, pueden identificarse cuatro escenarios principales.
Conflicto limitado con negociaciones intermitentes (45%). Es hoy el escenario más probable. Continuarán ataques puntuales y contactos diplomáticos sin que ninguna parte busque una guerra regional abierta.
Restablecimiento parcial del Memorando de Islamabad (25%). Requeriría una reducción sostenida de los incidentes en Ormuz y la reactivación de las concesiones económicas suspendidas.
Escalada regional de mayor intensidad (20%). Un ataque contra infraestructura energética o contra bases estadounidenses podría provocar una nueva fase de enfrentamientos y un fuerte aumento del petróleo.
Acuerdo político integral (10%). Sigue siendo posible, aunque hoy aparece como la alternativa menos probable.
Para Bolivia, la conclusión es clara: mientras el caballo de la economía mundial siga sacudiéndose por la crisis del Golfo, la estabilidad interna dependerá cada vez menos de lo que ocurra dentro de sus fronteras y cada vez más de la capacidad del país para resistir un prolongado período de energía cara, mercados volátiles y creciente incertidumbre internacional.


