Rukmini, la tarijeña que transformó su vida sirviendo en ashrams
Paola Cabezas, la Rukmini de Tarija, superó una etapa de excesos personales para servir sin apego en ashrams de la tradición Sivananda y fundar, diez años después, su propio centro Yoga Amor.
Antes de ser Rukmini, Paola Cabezas atravesaba una depresión. “Estaba perdida y sin rumbo, perdida en lo ordinario del mundo”, recuerda, con consumos de baja frecuencia y bastante alcohol de por medio. El yoga llegó como un quiebre inesperado. Desde la primera clase sintió que reconectaba con su esencia. “Salía bailando con las flores”, cuenta sobre aquel primer estado de plenitud que la llevó, poco después, a convertirse en alumna constante y, casi sin buscarlo, en Karma Yogui.
Todo comenzó cuando su profesora tuvo que viajar y le pidió hacerse cargo de las clases y del cuidado de la escuela. A su regreso, ambas partieron rumbo a Intraid para iniciar lo que sería su primer voluntariado formal de servicio desinteresado. Se quedó allí cerca de tres años, y de ahí su camino se ramificó hacia un hogar de ancianos, dos hogares de niñas, el trabajo con damas voluntarias en un hospital y la recolección de verduras para centros comunitarios.

Su nombre espiritual llegó más tarde, en un ritual de tradición hindú guiado por swamis. “Rukmini significa la Radiante”, explica, una princesa, primera consorte de Krishna. El nombre no se elige, se recibe a través de un mantra que “baja la información al Gurú”. Encarnarlo, dice, implica algo más que honrarlo. Significa permitir que ese nombre divino esté también en labios ajenos.
Nueve años atrás vivió su primera inmersión real en un ashram, en Nueva York, sin hablar una palabra de inglés. Allí, de la mano de swamis y de la Escuela Sivananda Vedanta, encontró lo que describe como una gran familia. “Mis creencias eran, ‘voy a ir a ayudar’, pero siempre era yo la ayudada. Así el ego nos engaña constantemente”, reflexiona.
La rutina de un ashram, cuenta, es exigente y minuciosa: campanas a las 5:30, meditación y cantos en el Satsang, clases de yoga (a veces para recibir, a veces para enseñar), un brunch vegano respetuoso de la no violencia, horas de Karma Yoga en la cocina, talleres filosóficos y estudio del Bhagavad Gita antes de dormir, cerca de las diez de la noche. Según explicaba Swami Sivananda, la meditación es el último peldaño de la escalera del yoga. Primero se domina el cuerpo a través de las posturas, para luego poder aquietar la mente.

Para entender el Karma Yoga, Rukmini recurre a la metáfora de un jardín abandonado. Hay que arrancar la maleza de raíz, no solo cortarla, para poder sembrar algo nuevo. Cada tarea —cocinar, limpiar, atender a otro como si fuera Dios— se convierte así en una ofrenda, no en una obligación. “Hacer feliz al otro es la verdadera felicidad”, resume.
Vivir sin apego al resultado no siempre es sencillo. “Los tiempos de Dios son Divinos”, dice, y entiende el karma no como positivo o negativo, sino simplemente como reacción a la acción. Ese desapego también le costó comodidades muy concretas: una casa, su cama, sus mascotas, su madre, su propia cocina, dos años viajando con una sola maleta. “Dejaste toda tu fama”, le decía una amiga. A cambio, ganó una comunidad internacional que le enseñó, dice, valores, órdenes, religiones y formas de pensar que antes solo conocía en teoría.
El aprendizaje acumulado en esos años terminó floreciendo en Yoga Amor, el centro que fundó en Tarija a sus 28 años y que sostuvo durante una década de “amor, servicio y entrega”, con la visita de maestros y swamis de distintas tradiciones.
El camino no estuvo libre de fricciones familiares. Una madre católica, un padre más cercano al budismo, y el veganismo como otro punto de tensión. Con el tiempo, dice, ambos terminaron aceptando el cambio al ver actos de coherencia y no solo discursos. “Tuve la gracia divina de entender que no debo esperar nada de nadie, ni siquiera la aceptación”, concluye. “Al final es una cosa mental que nosotros mismos manejamos”.









