El teatro en Tarija: 27 años peleando la misma batalla
Documentos de 1999 retratan un movimiento teatral que ya entonces rogaba a las autoridades lo que hoy, en 2026, sigue reclamando: que la escena también es cultura.
Quien guarda los papeles, guarda la memoria. Juan Alberto Villa Ontiveros, director del Conjunto Teatral Oráculo, conservó durante años varias publicaciones de 1999, por ejemplo, un artículo del suplemento Cántaro firmado por César Siles Torrez, y el boletín El Duolitario de FundArte. Son documentos modestos, impresos en otro siglo, que hoy resultan perturbadores de leer: no como historia, sino como espejo.
En enero de 1999, el boletín Teatralizando —coordinado por Mildred Velásquez y Rian Van Pelt— documentaba las reuniones mensuales de la C.T.T.U., la Coordinadora Tarijeña de Teatristas Unidos, que agrupaba al Grupo Teatral Pueblo, al Conjunto Teatral Oráculo, a Vida Taller de Teatro, Telón Abierto, Carromato, Arlequín y otros. El orden del día era siempre el mismo: difundir y desarrollar el teatro tarijeño, y “reclamar a las autoridades que la cultura no solo es música y danza, sino que hay otras expresiones culturales”. La frase está escrita en 1999. Podría escribirse hoy, palabra por palabra.
Ese mismo año se realizaba el Primer Festival Local de Diálogos y Monólogos en el Centro Cultural La Vinchuca, espacio autogestionado que funcionaba con cuota de socios y un café cultural, porque el Estado no financiaba. En 2026, la situación no es sustancialmente distinta: las compañías se presentan en espacios como La Casilda o el Centro Cultural Artescenic —también autogestionados— porque usar el Teatro de la Cultura les cuesta 865 bolivianos por función, según el reglamento de precios públicos vigente de la Gobernación. La misma Gobernación y la Universidad, en cambio, están exentas de ese pago. El teatro público no es, en los hechos, para todos.
En 1999, Julián Cartagena —“Chiquis”— había fundado Caretas, el primer café-teatro de Tarija, que murió por falta de apoyo institucional. En 1999 también tuvo su apogeo el Teatro Universitario de la Universidad Autónoma Juan Misael Saracho, y la compañía de teatro El Gesto, a cargo de Alfredo Rivera, que tuvo una racha imparable dentro y fuera de Tarija, llenando teatros, al menos hasta 2004. Desde 1999, los grupos pedían participar en festivales nacionales como el FITAZ o el ALALAO y no tenían financiamiento para salir. El presupuesto cultural del municipio seguía inclinado hacia la música folklórica y la danza, artes que el localismo convirtió en bandera política y el teatro en ornamento prescindible. Nada de esto ha cambiado de forma estructural.
Lo que sí cambió es que algunos de los fundadores de aquella escena ya no están: Julián Cartagena, “Chiquis”, actor y gestor, murió en 2024; César Siles Torrez, dramaturgo e historiador del teatro tarijeño, en 2025. Pero el Conjunto Teatral Oráculo —presente en los documentos de 1999, presente en la cartelera de esta semana con El Reverso de los Días— sigue en pie. Y Juan Alberto Villa, que guarda los papeles, sigue dirigiendo.
Hay algo a la vez heroico y agotador en esa continuidad. Sin embargo, no todos los que vivieron esa época guardan los mismos papeles ni la misma versión. Ronald Millares, uno de los nombres que hoy definen el teatro tarijeño activo —fundador de Itaú Teatro, formado con Alfredo Rivera en el Teatro Universitario, con trayectoria en festivales nacionales e internacionales—, ofrece una lectura que matiza el relato de la continuidad heroica.
“Yo no cuestiono el amor al teatro que han tenido, de eso siempre voy a estar de acuerdo”, dice Millares sobre los fundadores de aquella generación. “Lo otro hay que decirlo nomás”. Lo que señala no es una cuestión de afectos, sino de política cultural y de consecuencias concretas: para Millares, parte del estancamiento actual del teatro tarijeño tiene raíces en las decisiones que tomó esa misma generación cuando tuvo acceso a recursos e influencia.
El señalamiento más directo apunta al auge gasífero de los años 2012 a 2017, cuando Tarija tuvo fondos culturales como nunca antes ni después. En ese período, Millares y otros —entre ellos Ana Rosario Choque y Sadid Arancibia— pelearon por diversificar la inversión: traer grupos de otros departamentos y países, construir un festival nacional de envergadura, generar intercambio. “Nosotros hemos peleado tanto para que venga Freddy Chipana, Tabla Roja, que venga gente que sabe y que de alguna manera te alimenta”, recuerda. La resistencia, según él, vino desde adentro del gremio mismo, desde quienes ya ocupaban los espacios: “Siempre ha sido su discurso: la plata tiene que ser para los tarijeños, que otros no se lleven nada”.
El resultado, en su lectura, fue que los fondos se dispersaron sin dejar una estructura sólida, y que la llegada de la pandemia sepultó lo poco que quedaba. “Con la pandemia se ha sepultado todo. Y ahora estamos resurgiendo”.
El otro nombre que Millares rescata del período, y que las notas sobre el teatro tarijeño no suelen mencionar, es el de Nelson Ugarte, gestor que impulsó la idea de trabajar en cooperativa, trajo maestros del interior del país y fue, según Millares, “el precursor que trajo la Escuela Nacional de Teatro a Tarija”. “Yo conocí la Escuela Nacional de Teatro ahí, y así me fui a Santa Cruz”, dice. Ugarte terminó en el exilio voluntario en Pando, luego de que un grupo de teatristas —entre ellos, según Millares, algunos de los mismos que hoy son recordados como fundadores— firmaran una carta para que no pudiera contratar con ninguna institución pública ni privada. “Más allá de sus mañas que haya tenido ese hombre, creo que no les competía tomar esa decisión”.
La continuidad del teatro tarijeño desde 1999, entonces, no es solo resistencia. Es también una historia de disputas internas, de acceso desigual a los espacios y los fondos, y de figuras que no aparecen en los boletines guardados porque alguien decidió que no debían aparecer.





