Gabriela Fernández pinta a Ella: el universo interior como territorio
La exposición inaugurada el 6 de marzo en los Altos del Marqués propone un viaje hacia la experiencia femenina desde la abstracción y el gesto pictórico.
El mismo fin de semana en que las calles de Tarija se llenaron de carteles y consignas, en el segundo piso del restaurante El Marqués —los Altos del Marqués— se inauguró una exposición que habla de las mujeres desde otro registro. No desde la denuncia ni el pronunciamiento, sino desde la pintura y el silencio interior. La muestra se llama Ella, y es obra de Gabriela Fernández.
No es casual la coincidencia de fechas. Que una exposición centrada en la experiencia femenina abra sus puertas el viernes 6 de marzo, víspera de la marcha del 8M en Tarija, coloca la obra en un contexto que la interpela, aunque la artista no lo haya buscado. Arte y política no siempre conversan, pero comparten el mismo aire. Y en ese aire, Ella tiene algo que decir.
El gesto y la mancha
El primer dato que registra el ojo es la paleta. Fernández trabaja con tonos dorados y plateados, contrapuntos rojos, línea y mancha negra. Es una combinación que evoca lo litúrgico sin serlo, lo ceremonial sin caer en el artificio. El oro no es decoración, es temperatura emocional. El negro no es sombra, es límite, contorno. El rojo irrumpe como lo hace siempre, como urgencia, como herida, como vida.
La muestra oscila entre dos polos del lenguaje pictórico. Por un lado, obras como Ella Infinita y Ella Sueña presentan abstracciones de gran formato donde la pintura parece regada, conducida sin criterio rígido, con movimiento estudiado. El resultado evoca algo entre la nube y el agua: materia en suspensión, forma que no termina de cuajar, como un estado emocional que no quiere alcanzar definición.
En el otro polo están las obras donde el gesto toma protagonismo. En La Mirada de Ella y Ella Resiste, el pincel y la brocha trazan líneas grandes, repetitivas, a veces superpuestas sobre rostros. El gesto cubre, tapa, señala. Hay algo que recuerda a la escritura compulsiva, al intento de borrar y la imposibilidad de hacerlo del todo. Aquí las figuras no desaparecen; resisten.
Fuego Interior y el retrato que emerge
Hay un grupo de obras en la muestra donde emergen rostros desde el éter. El más elocuente de estos trabajos es Fuego Interior. La figura aparece como si estuviera saliendo de la niebla o de la propia materia de la tela, convocada desde adentro. Una imagen que coincide con el texto curatorial de la artista cuando dice que “las emociones emanan de cada pincelada”.
Ella y el abismo
La obra más enigmática de la serie es Ella y el abismo. Sobre un fondo blanco, un brochazo circular obsesivo organiza la composición. Algunas salpicaduras interrumpen la circularidad, como accidentes bienvenidos. El gesto remite inevitablemente a la práctica del enso en la caligrafía zen: ese trazo único, en un solo movimiento, que en la tradición budista representa el vacío, el momento de la mente libre. Pero Fernández hace otra cosa, convive con el caos en un abismo que no devora, y presenta un borde desde el que se mira.
El texto curatorial como obra
“El gran viaje de ser mujer, los miedos, la belleza, la soledad, el ruido y los muchos silencios”, escribe Fernández en el texto breve que presenta su exposición. La lista enumera estados, no acciones, tal como propone la muestra, no un relato de lo que le pasa a Ella, sino una cartografía de cómo se siente desde adentro.
“Esta experiencia se vive desde la propia óptica y la interpretación personal”, añade la artista. Es una invitación explícita a la proyección. Ella no es una mujer concreta, es un pronombre habitable, lo que amplía la muestra, pero protege de la literalidad.
En una semana en que el debate sobre las mujeres en Tarija estuvo cargado de urgencia y concreción —feminicidios, Tariquía, la Ley 348, la silueta de cartón en el Patio del Cabildo— esta exposición propone el espacio interior como territorio igualmente válido, igualmente político, aunque su política opere en otro registro y desde una posición de relativa comodidad.
Por supuesto, el espacio de exposición, donde las obras se cotizan en miles de bolivianos, no es el mismo donde marchan las mujeres ni las comerciantes que no llegan a fin de mes. Resistir en la tela tiene reglas distintas a las de la resistencia de la reserva natural cuando se criminaliza la protesta. Es algo que no se puede omitir.
Como sea, la marcha y la pintura se hablan sin anularse. Las mujeres marcharon con carteles y colgaron cuadros en las galerías. Todo esto importa y tiene sitio sobre este papel.
P.D. Artistas y curadores, por favor no peguen la información de las obras encima de las mismas obras. Lo arruinan todo.





