Tres mujeres, tres ciudades, un lienzo compartido
Sucre, Tarija y Oruro se encuentran en una exposición que retrata una generación del alma femenina boliviana, pintada desde adentro.
La exposición “Matices de Sentimientos” se inauguró el sábado 2 de mayo en Los Altos del Marqués, aunque fue planeada desde el año pasado. La muestra reúne a tres mujeres que vienen de latitudes distintas —Sucre, Tarija, Oruro— y que sin embargo parecen haber estado hablando el mismo idioma sin saberlo.
Consuelo Sanz lleva más de medio siglo dialogando con el lienzo. Creadora del “Consuelismo”, su obra navega entre la tradición yampara y la figuración alegórica con la soltura de quien ya no necesita demostrar nada. Sus personajes no tienen rostro: la chapaca de Bellas Sorpresas descansa sin identidad fija, como si Sanz dijera que no importa quién es sino qué carga.
Sueños, en cambio, sorprende con un retrato vívido a lápiz sobre papel ocre, con detalles en blanco y sanguina, donde el pelo de una mujer joven se convierte en bandada de pájaros. Es, quizá, el cuadro más íntimo de la sala, el más vulnerable y poderoso.
Lilian Katterin Carvajal, anfitriona y visionaria tarijeña, trabaja con espátula y con amor a su tierra. En Tarija Tierra Dorada, cuadro que tiene algo de fotograma de película, muestra una pareja chapaca a caballo, de espaldas al espectador, mirando hacia un horizonte de rosas pascua amarillas. No sabemos adónde van. Tampoco importa.
Ausencia es su cuadro más perturbador. Una mujer echada, también de espaldas, sobre una cama cubierta con la manta chapaca —negra con flores rojas— mientras uvas y flores rodean su cuerpo inmóvil. ¿Duerme? ¿Llora? ¿Espera? Carvajal no responde. Deja la pregunta suspendida, y eso es exactamente lo que hace el buen arte, aunque nos dé la espalda.
Verónica Laura Vargas, la orureña que firma como “La Niña Golondrina”, trabaja en la frontera entre la pintura y el poema. Sus mujeres están veladas, cortadas, incompletas: en El elixir de la noche, el encuadre elimina el rostro, y la figura sostiene un corazón sobre un nido mientras un pájaro le revolotea la cintura. En El secreto de las golondrinas, una mujer desnuda y con los ojos vendados parece recibir confidencias de seis pájaros que solo ella puede escuchar. Del vientre le brotan flores rojas. Es una imagen como las que se quedan revoloteando en la memoria.
Juntas, las tres artistas componen algo mayor que sus partes: un retrato de la mujer boliviana que lleva espaldas, ausencias y pájaros en el pelo, que pinta su país desde adentro, con los colores, simplezas y complejidades que eso implica.








