Veinte niños y cuarenta años: la Adoración de los Gutiérrez
En el Barrio El Molino, una familia sostiene la fe al Niño Jesús con un altar que crece con cada generación y vecinos que ya esperan la fiesta.
Luisa Gutiérrez Martínez de Catoira tuvo una intuición hace casi cuarenta años: la fe se transmite bailando. No con sermones ni catequesis, sino con mistelas, masitas y cintas de colores arremolinándose bajo el cielo de enero. Así comenzó la adoración al Niño Jesús de la familia Gutiérrez Martínez en el Barrio El Molino, una tradición que nació con siete imágenes y hoy reúne veinte, un altar que crece como crece una familia, con primos y sobrinos que van añadiéndose al linaje de la devoción.

La historia de esta adoración es discontinua, como la vida misma. Hubo años de silencio, años en que las imágenes permanecieron guardadas, esperando. Pero en los últimos tiempos la familia decidió retomar el compromiso con la esperanza de que cada enero, sin falta, el Niño vuelva a ser festejado. Este 2026 la responsabilidad recayó en la familia Gutiérrez Ortega, con el respaldo de los Catoira Gutiérrez, los Molina Gutiérrez y los Rivera Gutiérrez. Un apellido que se ramifica en cuatro direcciones, pero que en el fondo sigue siendo uno solo.
Veinte niños Jesús es una cifra notable. Pocas adoraciones reúnen tantos en un mismo altar, y eso que faltaron dos. Cada uno pertenece a un miembro distinto de la familia: los hermanos originales, los primos que fueron llegando, los sobrinos que se van sumando. Algunos son antiguos, de abuelos que ya no están; otros son recientes, regalados por padres que inician a los hijos en la tradición. Algunos tienen apodos, como “el ojotudo”, o “el cusqueño”, que vino del Perú a Sucre, y lleva 35 años en la familia.
Todos estrenan ropa nueva cada enero. Este año le tocó a la tía, que se lució con el celeste que resplandece en el altar colectivo que funciona como un árbol genealógico en miniatura.

Los vecinos saben que la cuadra se transforma, que habrá banda, música de quenillas y tambores, que las calles olerán a infancia y mistela. La adoración de los Gutiérrez es un evento del barrio que convoca a quienes viven cerca y a quienes vuelven para seguir siendo parte de la red de afectos.
La preparación comienza semanas antes. La ropa de los veinte niños debe estar lista, cada prenda cosida o tejida con cuidado. El altar debe armarse, tarea que también recae en la familia, que diseña la disposición de las imágenes, las flores, las velas. Luego vienen las masitas, el pan dulce y los rollos de queso. Los refrescos para los más chicos. Las bolsitas que se entregarán a los niños que trencen. Y, por supuesto, las mistelas de colores, rojo, amarillo, verde, a cuál más pícara.
Todo hecho en casa, todo pasa por las manos de la familia Gutiérrez Ortega y sus colaboradores. Es un acto de generosidad radical: nadie es invitado formalmente, pero todos son bienvenidos. Como en tantas otras adoraciones de Tarija, aquí rige la lógica de la abundancia compartida. Se cocina para cincuenta, pero se espera a cien. Y si llegan ciento cincuenta, se las arregla.

La procesión hacia la iglesia es parte esencial del ritual. Puede ser la Catedral de San Bernardo o la iglesia de San Juan de la Loma, dependiendo de las circunstancias del año. La familia suele trenzar un sábado, y salir el domingo con sus ahora veinte niños. La banda los acompaña, y vecinos y amistades se suman al recorrido. Van por las calles del Molino, cantando villancicos, deteniendo el tráfico, llenando de color y sonido la ciudad para celebrar al Niño con la intensidad que merece.
Al regreso, los palos de la trenzada están listos, las cintas cuelgan esperando las figuras de la canastilla, la estrella, las vueltas simples y complejas. Los niños van primero, guiados por los mayores que organizan las parejas y explican los pasos. Luego les toca a los grandes que gracias a las mistelas se permite recuperar la infancia y la alegría de bailar al ritmo de instrumentos de antaño.

“La fe inquebrantable al Niño Jesús es el motor”, dicen en la familia. A esto se suma el deseo de estar juntos, de encontrarse entre generaciones y mantener viva la tradición. La adoración es un imán que atrae a la familia y la vecindad, y les recuerda que hay un lugar en el Molino donde siempre serán esperados.
Para 2027, la responsabilidad pasará a la familia Catoira Gutiérrez, con el apoyo de las demás ramas. Así funciona. Cada año, una familia toma la batuta y asume el peso logístico y emocional de mantener viva la tradición. Se reparte la carga, pero también el privilegio de ser anfitriones de lo sagrado.

Y está la esperanza, explícita y consciente, de que la siguiente generación continúe. Que los niños que hoy trenzan sean mañana los organizadores, que las imágenes sigan multiplicándose y el altar se expanda.
Como bien intuyó Luisa Gutiérrez Martínez hace cuarenta años, la fe se transmite bailando. Con mistela en la mano, con masitas en la boca, con los pies siguiendo el ritmo de la quenilla, con veinte niños Jesús mirando desde su altar cómo una familia entera se mueve en círculos, tejiendo con cintas de colores el futuro de una tradición que se niega a morir.








