Pura Cepa | La Contra
Tarija produce millones de litros de vino mientras pierde su suelo
El departamento genera 16 millones de litros de vino anuales mientras la ciudad se expandió 900% en 30 años, consumiendo 872 hectáreas agrícolas bajo el asfalto.
Este 5 de diciembre, mientras el mundo conmemora el Día Mundial del Suelo, Tarija enfrenta una doble crisis que el lema global describe con precisión: “Suelos sanos para ciudades saludables”. En los últimos 30 años, la ciudad de Tarija se expandió 900%, consumiendo 872 hectáreas destinadas a agricultura, mientras el crecimiento poblacional se estancó e incluso redujo, según el Censo 2024.
Bajo el asfalto, los edificios y las calles, existe un suelo que ayuda a absorber el agua de lluvia, regular la temperatura, almacenar carbono y mejorar la calidad del aire, y está siendo sellado con cemento, perdiendo, además, 600 hectáreas anuales de frontera agrícola por erosión en áreas rurales.
La expansión urbana descontrolada ha transformado el valle más productivo de Bolivia en un laboratorio de especulación inmobiliaria. Mientras la baja densidad del municipio de Cercado devora tierras agrícolas valiosas, el departamento produce, según la Asociación Nacional de Productores Vitivinícolas, el 85% de la uva nacional, 16 millones de litros de vino, 5 millones de litros de singani y más de 30 mil toneladas de papa anuales. Pero el 70% del valle central está erosionado, y más de 17 mil toneladas de agroquímicos importados entre 2020 y 2025 están matando la microbiología que sostiene esa productividad, según datos del Instituto Boliviano de Comercio Exterior recopilados por Acceso Investigativo.
El contraste entre ciudad y campo revela una crisis sistémica. Un censo de arbolado urbano realizado con financiamiento extranjero por la agrupación Conciencia Ecológica en 2024 registró apenas 15 mil árboles en seis distritos y barrios de la ciudad, evidenciando un estado preocupante de cobertura vegetal urbana tras décadas de urbanización descontrolada, si se toma en cuenta que la Organización Mundial de la Salud recomienda la presencia de un árbol por cada tres personas. Mientras tanto, entre 2004 y 2024, Tarija perdió 225 mil hectáreas de bosque nativo, ubicándose en tercer lugar nacional de deforestación, según la Fundación Amigos de la Naturaleza.
El cambio climático profundiza ambas crisis: entre 1968 y 2016, el departamento experimentó un aumento de temperatura de 1,02 grados y una reducción de lluvias de 101 milímetros anuales, según el Instituto LIBRE. En 2024, la sequía fue devastadora; en marzo de 2025, crecidas históricas de los ríos Pilcomayo, Guadalquivir y Bermejo obligaron evacuaciones masivas, demostrando cómo el sellado del suelo urbano y la deforestación rural aumentan la vulnerabilidad a inundaciones y eventos extremos.
Las soluciones existen y requieren voluntad política. La implementación de redes de huertos urbanos en 10 barrios de la ciudad ha demostrado que la producción orgánica reduce la dependencia del mercado formal y mejora la seguridad alimentaria urbana. En el campo, la tecnificación de riego implementada en 8 subcentrales permite que el agua que regaba una hectárea ahora riegue cuatro. Proyectos de seguridad alimentaria sostenible entre 2014 y 2016 documentaron incrementos de ingresos familiares del 80% mediante prácticas agroecológicas, mientras que la producción orgánica genera precios 20-40% superiores a productos convencionales.
Una nueva ley departamental promueve agroecología, y organizaciones como la Plataforma Nacional de Suelos trabajan en institucionalizar estas prácticas. Sin embargo, sin intervención sostenida, las proyecciones son alarmantes: para 2045 se espera reducción de caudales base en ríos principales de 15-25% y caída del 20-30% en rendimientos de cultivos tradicionales.
La cuenca del Guadalquivir, de la cual dependen aproximadamente 300 mil personas y más de 15 mil hectáreas de cultivos, merece mejor gestión urbana y agrícola. Tarija no puede darse el lujo de celebrar la producción vitivinícola mientras ignora que el suelo que la sostiene está desapareciendo. Sin suelo sano, urbano o rural, no hay seguridad alimentaria, no hay agua limpia, no hay resiliencia climática, no hay futuro.








