Pura Cepa | La Contra
Medio Ambiente y cuentas pendientes
Tarija se prepara para la temporada seca, sabiendo que en 2024 Bolivia alcanzó 12,6 millones de hectáreas quemadas, y el segundo lugar mundial en pérdida de bosque primario. En esta gestión, el país que prometió defender a la Madre Tierra, eliminó el ministerio encargado de cuidarla.
Cada 5 de junio el mundo vuelve los ojos sobre el estado del planeta. Este año, la ONU llama a restaurar los ecosistemas. En Bolivia, desde su riquísima y golpeada geografía, las autoridades quisieran quedarse calladas, pero tienen mucho por decir.
En 2024, Bolivia quemó entre 10 y 12,6 millones de hectáreas de bosque, alzándose al segundo lugar mundial en destrucción de bosque primario. El único beneficiario de la situación parece ser el agronegocio a través de la expansión de la frontera agrícola asociada a cultivos transgénicos.
A la vez, el lago Poopó, humedal internacional RAMSAR, “desapareció” en 2015 y enfrenta riesgo de desecación total. Los glaciares andinos han perdido entre el 30 y el 50 por ciento de su masa en tres décadas. El 85% del agua de La Paz depende de ellos.
En 2026, la deuda pública total roza el 90% del PIB. El modelo que financió los bonos sociales con renta gasífera va en declive. Y el litio, una promesa enterrada en el salar de Uyuni, sigue sin reportar reservas certificadas ante el organismo geológico de Estados Unidos, mientras Chile y Argentina producen y exportan.
Tarija no es ajena a este momento. El departamento cuyas vides producen el mejor vino del país, cuyas serranías alimentan ríos que descienden hasta el Chaco caliente, cuya identidad chapaca se tejió siempre con el agua y la tierra fértil, también es el departamento que bebe aguas heridas, como las del río Pilcomayo, que nace en las entrañas de Potosí y llega hasta nosotros, arrastrando décadas de zinc, plomo y arsénico arrojados por mineras del altiplano sin que ningún gobierno haya aplicado justicia real. Los peces se enferman, desaparecen, dejando a los Weenhayek sin fuente de sustento y de cultura.
Cuando fue alcalde, Rodrigo Paz inició la construcción del puente 4 de Julio sobre el Guadalquivir: una obra grande, visible, fotogénica. Es el tipo de infraestructura que se corta con tijeras de colores y que los ciudadanos usamos con cierta satisfacción. Pero, ¿cuántas hectáreas de bosque podrían haberse custodiado con esos recursos? ¿Cuántos kilómetros del Pilcomayo habrían comenzado a descontaminarse?
Hoy, Rodrigo Paz conduce el destino de un país entero, y una de sus primeras decisiones fue disolver el Ministerio de Medio Ambiente y Agua para fusionarlo con Planificación del Desarrollo y Desarrollo Productivo, dejando las tareas bajo tutela de Fernando Romero y Óscar Justiniano, figuras abiertamente vinculadas al empresariado agroindustrial, la soya, y la deforestación. ¿Enmendarán entuertos, o al menos terminarán de una vez la derogación/abrogación de las “leyes incendiarias”?
Además de plantar un árbol y tomarse una foto, este Día Mundial del Medio Ambiente es otro buen momento para preguntarse si las decisiones de quienes manejan las instituciones del Estado están a la altura del planeta que heredamos, en el que vivimos, y que será la herencia principal a las generaciones que vendrán. Sin ese puente, no llegamos.








