Cartografía Mundialista
La pelota fue la excusa
Ahora la Copa tiene dueño, las tribunas están vacías y los futbolistas regresarán a sus clubes. Los hinchas, en cambio, volveremos a la cruda realidad de nuestro estadio remendado, con sus malos olores y un fútbol que, por desgracia, suele ser aún peor
Queridos cartógrafos mundialeros:
Hay una especie de síndrome de abstinencia que solo conocen quienes se toman demasiado en serio un Mundial de fútbol.
Hoy uno enciende el teléfono esperando descubrir quién juega a las tres de la tarde. Después, recuerda que ya no juega nadie. Revisa por costumbre el grupo Mundial epistolar 2026. Silencio. Los otros dos grupos de WhatsApp, los de las apuestas, también entraron en hibernación. En mi caso, supongo que es por respeto: después de la campaña que hice, nadie quiere humillar al “descendido”. Estoy pensando en vender mis pronósticos como un sistema inverso. Apostar contra mí podría convertirse en un excelente negocio.
Al menos confirmé una teoría: mi capacidad para adivinar resultados es inversamente proporcional a mi facilidad para encontrar historias alrededor del fútbol.
Es lunes. El primer lunes después del Mundial. Y cuesta aceptar que la vida haya decidido continuar.
Durante más de un mes organizamos los días alrededor de una pelota. Supimos a qué hora jugaba Cabo Verde, discutimos penales ajenos, adoptamos patrias provisionales, nos indignamos con el cooling break, nos reímos de la mufa, protestamos porque quisieron prohibir el castellano, descubrimos islas diminutas, algoritmos entrometidos y hasta comprobamos que algunos dirigentes poseen un talento inexplicable para estropear un deporte casi perfecto.
Al comenzar esta aventura pensé que escribiría sobre fútbol. Me equivoqué.
Terminé escribiendo sobre padres e hijos, suplentes que nunca dejaron de esperar, inmigrantes que aprendieron a querer dos banderas, memorias que se resisten al olvido, pequeñas “pasiones inútiles”, derrotas dignas, héroes improbables y futbolistas que descubrieron que el miedo también sabe pararse frente al punto penal.
La pelota fue, simplemente, la excusa.
Los Mundiales tienen una extraña habilidad para convertirse en calendarios de la memoria. Muchos recordamos dónde vimos la final de Estados Unidos 94, Francia 98, Alemania 2006, Sudáfrica 2010 o Qatar 2022. Yo descubrí que mi propia biografía también podía contarse a través de esas finales. Desde 1994 las vi todas junto a mi hijo, Rodrigo. Dos incluso las vivimos en el estadio. Con los años entendí que la verdadera herencia no fue enseñarle táctica ni reglamentos, sino contagiarle esa hermosa “pasión inútil” que terminó regalándonos algunos de nuestros mejores recuerdos.
Este Mundial también me regaló una alegría inesperada. Del otro lado del Atlántico, mi nieta terminó por sentirse campeona del mundo. Confirmé entonces que el fútbol también viaja por herencia. A veces cruza océanos con más facilidad que sus propios abuelos.
Ahora la Copa tiene dueño, las tribunas están vacías y los futbolistas regresarán a sus clubes. Los hinchas, en cambio, volveremos a la cruda realidad de nuestro estadio remendado, con sus malos olores y un fútbol que, por desgracia, suele ser aún peor.
También regresarán los problemas de siempre: las colas en los surtidores, las cuentas por pagar, el dólar haciendo piruetas y nosotros fingiendo que nuestras conversaciones siempre estuvieron dedicadas a asuntos verdaderamente importantes.
Como buenos futboleros bolivianos, pronto volveremos a hacer lo que mejor sabemos: fabricar razones para creer que clasificaremos al Mundial de 2030. Tres partidos de celebración del centenario se jugarán en Uruguay, Paraguay y Argentina, antes de que el torneo continúe en España, Portugal y Marruecos. No importa. Encontraremos la manera de interpretar ese dato como una señal del destino. Llevamos décadas entrenándonos para eso.
Dentro de cuatro años, cuando vuelva a rodar la primera pelota de otro Mundial, recaeremos con la dignidad de los incurables.
Porque el fútbol tiene esa virtud incomparable: durante un mes consigue convencernos de que un partido entre dos países lejanísimos puede cambiar nuestro estado de ánimo.
Y, pensándolo bien, no conozco muchas locuras tan felices como esa.
En medio de la vorágine noticiosa del país, más crispado que de costumbre, tres de las mejores plumas del país se unen para ofrecer una crónica mundialista distinta. Desde este martes y hasta la final del 19 de julio, Erik Ortega, Alfonso Cortez y Rafael Sagárnaga, coordinados por el director de El País Jesús Cantín, compartirán reflexiones, emociones y expresiones del “evento futbolístico más grande del planeta” y todo lo que mueve a su alrededor, porque “el fútbol nunca fue solo fútbol”, sino una excelente metáfora a través de la que se explica la vida, el mundo y sí, también el propio fútbol.
De momento se han sumado Karina Vargas, Mariana Ruíz, Marcelo Suárez y Pablo Carbone ¿Quieres sumarte? Escríbenos a [email protected]





