Cartografía Mundialista
El Mundial, la post-verdad y qué hacer ahora con el grupo de WhatsApp
Queridos cartógrafos
Gané.
Esito sería.
Esito y algo del Real Zaragoza.
(Emoticón de risa desencajada)
Conste que no lo tenía todo preparado, je, aunque sí una fuerte corazonada. La última (y primera) vez que empecé un Mundial en un lado del charco y lo acabé en el otro, España se bordó la primera estrella. Fui consciente al momento de comprar los pasajes haciendo cuentas con mis hijos de qué partidos nos podíamos llegar a perder. Ahora ya son dos veces. Para la tercera harán vaquita. Aquella primera vez coincidió con la decisión más trascendental de mi vida y todo cambió. Lo que vaya a pasar ahora ya os lo comentaré en otro Mundial Epistolar si se da el caso.
Cuando empezamos con esto era solo eso, y aunque algunas historias más personales de las escritas sí quería contar desde hacía tiempo, y como decía Erick al momento del arranque, hacía falta una ventana para respirar un poco del periodismo duro de mitad de junio con bloqueos, estados de excepción y crisis desenfrenada con el que llegamos desde Bolivia a esta edición norteamericana, lo que me motivaba era precisamente toda esa dimensión geopolítica de un Mundial con Trump de anfitrión e Infantino de cajero, que ha dejado momentos deplorables – no llegué a escribir sobre lo sucedido con Irán, que fue cualquier cosa menos algo deportivo – y controvertidos, donde se habló mucho más de lo normal sobre el fútbol como manifestación identitaria de una nación y del origen de los jugadores y su relación con el desempeño y la bandera, pero que además ha acabado con, creo, el mejor ejemplo del loco mundo de la postverdad en el que vivimos, donde el relato es mucho más importante que la evidencia.
Dejando de lado los colores y sin siquiera entrar a valorar esos aspectos feos de la final, como lo de acabar el partido dando mamporros y otros berrinches, me ha parecido insuperable la cantidad de teorías de conspiración alimentadas desde múltiples ámbitos para justificar un resultado de un partido que vieron millones y millones de personas en el mundo.
Es el sino de nuestro tiempo: Camina como un pollo, come como un pollo, habla como un pollo, huele a pollo, pero no es un pollo, sino una conspiración judeomasónicareptiliana orquestada para “ya sabes tú qué”. Lo hace a diario Donald Trump, Pedro Sánchez, Javier Milei, Rodrigo Paz, etc., de la forma más sórdida y, aun así, millones de personas lo compran en las redes una, y otra, y otra vez.
En Italia 90, con los campos semi vacíos, el Mundial tocó fondo. Allí apareció Estados Unidos y se hizo cargo del evento en el 94 con el fin de reactivar la competición con la óptica del espectáculo. En esa deriva se han ido cambiando muchas cosas con diferentes objetivos, alimentando rivalidades que daban réditos y cultivando íconos globales. El de 2026, también en Estados Unidos, como cerrando un ciclo, ha sido una especie de cénit. El deporte ha quedado definitivamente subordinado al negocio – te odio cooling break – y ya nadie duda de que la pelota está más que manchada – gracias por todo VAR, sala VOR, chip detector de pelo duro de croata, chismosos de la Ley Vinicius, offside automático y demás -.
Las sorpresas han sido mínimas – muy bien Vozinha pero Hagi, Milla o Suker... -, los goleadores han rendido a niveles estratosféricos y de alguna forma españoles y argentinos han salvado cada uno desde su vertiente – uno más posicional, otro más canchero – la esencia del fútbol que parece avanzar de forma irreversible hacia un deporte de atletas que se juega de forma vertical y al hueco.
Creo que soy el más político del equipo cartográfico y como saben, nunca se trata solo de fútbol.
Lo mejor de estas larguísimas semanas ha sido leerles cada día. Erick, Rafa, la perspicacia y constancia de Alfonso y los tremendos fichajes que nos trajo, verdaderas revelaciones todos, Pablo, Marcelo; lindos reencuentros en el mismo lado de la vereda después de tanto, Karina; y ese placer inconfesable de corregirle dos palabras a mi más indómita correctora, Mariana. Sepan disculpar mis atrasos y espero haberles sacado alguna sonrisa con sus caracterizaciones del post aun cuando mi ojo de editor andaba distraído en conferencias de prensa, turnos interminables y/u olas del mar. No sé si dará para compilar todos estos artículos en un formato coleccionable con alguna pretensión comercial; pero quedo en deuda con todos ustedes. A su servicio.
Queda, eso sí, una última decisión trascendente que debemos tomar en comunidad: ¿Qué hacer con el grupo de WhatsApp? Mi Diógenes cibernético dice que vale la pena conservarlo ahí al fondo del scroll, porque siempre evocará una sonrisa; incluso estoy seguro que aparecerán memes, gif o noticias – como la de Arcadi Espadas – que solo podrán ser compartidos en este grupo y en ninguno más-, y además es probable que surjan otros motivos para epistolar, pero al fin, soy un demócrata.





