Cartografía Mundialista
Cuando el balón deja de rodar
Al final, España levantó la copa y el fútbol siguió su curso. Pero los campeones no fueron los únicos que dejaron huella. También quedaron los derrotados que terminaron siendo vencedores, las selecciones pequeñas que nos hicieron creer, los jugadores desconocidos que se ganaron el corazón
Hoy desperté con esa extraña sensación que solo deja una Copa del Mundo cuando baja el telón, cuando los gritos en las tribunas cesan, cuando mirás el televisor y no encontrás como llenar tus horas, cuando el silencio se vuelve abrumador. Ya no hay partidos para madrugar, pronósticos por revisar, apuestas con los amigos, grupos de WhatsApp en donde compartir miradas, tristezas, furias, emociones, fanaticada o mirar un segundo tiempo desde el celular de un desconocido en un micro o desde el supermercado del barrio.
Durante un mes el mundo pareció detenerse ante la magia y la terquedad de una pelota. Hubo días en que las preocupaciones quedaron suspendidas durante noventa minutos. Otros, el fútbol sirvió de refugio frente al cansancio, la incertidumbre o las malas noticias. Descubrí, una vez más, que un Mundial puede convertirse en un pequeño bálsamo para la vida cotidiana.
También volví a viajar sin salir de casa. Como cuando era aquel niño que, después de Italia 90, recorría las páginas del viejo Almanaque Mundial heredado de mi abuela buscando banderas, capitales y países imposibles. Esta vez fue Cabo Verde, con un entrenador que armó buena parte de su selección por LinkedIn, un arquero llamado Vozinha y un pueblo que terminó conquistando al planeta sin necesidad de levantar la copa. Fue Haití, obligado a jugar lejos de su gente antes de regresar a un Mundial cincuenta y dos años después. Fue Japón, recordándome que el talento sin disciplina rara vez alcanza la excelencia. Fue Marruecos demostrando que la alegría ya no es exclusivamente brasilera. Fueron Congo y Senegal, perdiendo con una dignidad que muchas veces vale más que una clasificación.
Hubo historias que valieron tanto como los goles. La de Luis Díaz, aquel muchacho de La Guajira al que alguna vez le dijeron que no tenía físico para triunfar y que terminó debutando en un Mundial como solo debutan los elegidos. La de Eloy Room, que pasó de recibir siete goles a convertirse en el héroe de una noche inolvidable, recordándome por qué alguna vez quise ser arquero y parecerme a René Higuita.
También fue el Mundial de las despedidas. Vi bajar el telón a Modrić, Neymar, Cristiano Ronaldo y el Rey del fútbol, Messi. Comprendí que el tiempo también juega y que una generación que parecía eterna comenzaba a despedirse. Y entonces volvió a aparecer Inglaterra. Volvieron Maradona, el '86, las Malvinas, los recuerdos de mi infancia y esa certeza de que hay partidos que nunca son simplemente un partido. Otra vez la Argentina sobrevivió cuando parecía condenada. Otra vez Messi encontró una manera distinta de seguir escribiendo su propia leyenda.
Al final, España levantó la copa y el fútbol siguió su curso. Pero los campeones no fueron los únicos que dejaron huella. También quedaron los derrotados que terminaron siendo vencedores, las selecciones pequeñas que nos hicieron creer, los jugadores desconocidos que se ganaron un lugar en la memoria y esas historias que explican por qué seguimos enamorándonos de este deporte.
Hoy volvemos a hablar de política, de trabajo, de las dificultades cotidianas y de esa realidad que nunca se toma vacaciones. El balón dejará de rodar durante un tiempo y el mundo recuperará su ritmo habitual.
Pero dentro de cuatro años, cuando vuelva a sonar el himno de la próxima Copa del Mundo, estoy seguro de que regresaré al mismo lugar de siempre: al niño que soñaba con ser Maradona, al arquero que quería parecerse a Higuita, al lector que abría un viejo Almanaque Mundial para descubrir países desconocidos y al adulto que sigue creyendo, con la misma ingenuidad de entonces, que durante un mes el fútbol puede hacernos un poco más felices.
Porque eso, al final, es un Mundial. Un paréntesis en la vida. Y qué difícil se hace volver a escribir cuando el paréntesis se cierra.





