La Mano del Moto
Las tres alternativas de Edmand Lara
El vicepresidente busca su rehabilitación política y es clave dentro del escándalo Cerimedo
Cuando el capitán Edmand Lara fue expulsado de la Policía y se refugió en TikTok para iniciar su pequeña cruzada prometió convertirse en Presidente. No en Vicepresidente. En Presidente.
Con ese objetivo claro empezó a jugar con los medios a su alcance, es decir, las redes sociales. Por lo que fuera llamó la atención. Hablaba el lenguaje del pueblo. Citaba a Bukele. Cuestionaba la corrupción.
Las cosas no se dieron y un día apareció Rodrigo Paz. Lo hizo aliado, pero no compañero de fórmula, porque ahí estaba Sebastián Careaga, minero potosino con posibles, que al final decidió apuntarse al barco de Doria Medina. Entonces Lara fue segundo plato, pero lo aceptó. Su objetivo no era ser vicepresidente, pero lo aceptó.
Ganaron porque así es Bolivia. Los grandes analistas han sacado algunas conclusiones. Otros quieren atribuirle a Fernando Cerimedo y su granja de bots la victoria. Lo más probable es que estaba ganado desde el momento en el que el MAS se hizo añicos, y más cuando los “sensatos” de la oposición – Tuto y Samuel – abrieron una batalla tan cruenta como infantil.
Los mapas de resultados son bastante evidentes. Alguien se los arrimó al vicepresidente electo y, como todos, concluyó que su rol había sido clave en la victoria. “No podrían haberlo hecho sin mí”.
A aquella revelación le siguió un subidón de ego casi psicopático, muy habitual en estos casos. Y como tal, pronto se vio fuera del juego. Le “patearon el trasero” con el Ministerio de Justicia y después le limpiaron la vicepresidencia de toda atribución y competencia. Una humillación en fondo y forma que el capi Lara supo lidiar. “Me quedo”, dijo. Su objetivo siempre ha sido ser presidente.
La euforia inicial y la confirmación del nado entre tiburones tuvo una consecuencia: las redes le hicieron papilla. Su imagen de tipo accesible y llano se transformó en una suerte de perfil demencial no tanto por la ambición sino por lo impulsivo.
Le costó aterrizar, pero de nuevo eligió jugar el juego. Apagó las redes. Se vistió de forma adecuada. Asumió con humildad su marginación y se constituyó en lo que siempre quiso ser: el gran fiscalizador. La Vicepresidencia no tiene plata, pero sí palestra. El pueblo pide interpelaciones e interpelaciones les dio.
El escándalo “Cerimedo” estalló en medio de otro: el audi de Gabriel Espinoza. El gobierno se desmoronaba mientras él, a un costado, se convertía en el “ya os lo dije”.
Como la cabra tira al monte, en cuanto tuvo oportunidad pidió su cuota de protagonismo en este lío, pero alguien le puso un poco de freno estratégico. Es el tiempo del paso atrás, pero también de la iniciativa.
Lara – que ya tiene equipo trabajando en su partido y algún que otro poderoso acercándose - cuenta al menos con tres caminos por los que continuar su proceso:
El primero es el de resistir y aferrarse al cargo mientras el gobierno de Paz Pereira se tambalea. Bien desde un segundo plano, bien como percutor – de audios u otras infidencias -, Lara puede calcular una caída del número 1 que le deje la banda de forma inevitable.
El segundo es el del martirio: Convertirse en el disparador del plebiscito “constitucional” planteando la renuncia del que pierda en la consulta: si gana el sí se va, si gana el no, se va el otro. Esto admite variedades, como que Lara plantee su propia reforma constitucional – o pregunta específica - y se someta también a referéndum.
El tercero es el del demócrata neto: plantear la caída conjunta, ligando su suerte a la de Rodrigo aun sin tener responsabilidad, para tratar de volver desde fuera, es decir, en la siguiente convocatoria a las ánforas, pero ya en solitario.
Hay un cuarto. El de la reconciliación, pero ese parece netamente destruido hace tiempo.








