La Mano del Moto
Los amigos de Mirko Sokol
Sokol fue elegido comandante casi por descarte, pero desde su posición se ha convertido en una ficha incómoda para muchos
El comandante de la Policía Nacional fue nombrado el 28 de noviembre. Era de los últimos cargos de relevancia que quedaban vacantes. Antes, el vicepresidente Edmand Lara, expolicía como todo el mundo sabe, había presionado para sacar “de una vez” al comandante Juan Russo Sandoval, con el que al parecer ni Rodrigo Paz Pereira ni el ministro de Gobierno Marco Antonio Oviedo se sentían incómodos.
A Lara ya le habían birlado el ministerio de Justicia apenas una semana después de entregárselo a su ayudante, Freddy Vidovic, y luego de que denunciara públicamente movimientos de fondo para quitárselo.
Reemplazar a Russo no era sencillo por varios motivos. Entre otros, que la lucha contra la corrupción había sido uno de los compromisos de campaña y mover ficha implicaba desprenderse de la excusa de la “herencia recibida”. También porque Oviedo estaba más oxidado de lo previsto y casi todas las generaciones aspirantes se le escapaban.
Cuentan que en algún momento se sentaron Paz, Oviedo y seguramente algún asesor principal a repasar listas. Allí apareció Mirko Sokol, nombre exótico, trayectoria gris: vicerrector de la Universidad Policial “Mariscal Antonio José de Sucre”; director nacional de Servicios Técnicos Auxiliares y jefe del departamento nacional de Control y Seguimiento de Casos Disciplinarios, Penales y Legales. Su último destino fue como comandante departamental en el departamento menos “enredado”: Chuquisaca.
Conocer conocía. Saber pecados, seguro sabía, como todos, pero su gesto hierático transmitía convicción en eso de que jamás había tocado un peso ajeno y que no lo permitiría. En una estructura de poder tan compartimentada, Sokol no tenía enemigos. Adentro. Lara seguro tenía su favorito, pero no pudo alegar nada. Ya no contaba.
Al principio no hubo reticencias. Era un nuevo gobierno y la institución policial sabía de su propio deterioro. Tocaba hacer buena letra y asumir. Pasó el fin de año, se movieron los comandantes departamentales y todo se fue relajando. De nuevo.
La participación de la Policía en los grandes escándalos ha sido residual. También en las grandes operaciones. Sokol detuvo a Sebastián Marset sin que hubiera filtraciones, tampoco de la Fiscalía. Se alimentó el fantasma del negociado, pero eso subía a otro nivel.
Sokol tuvo un desliz: le dijo a Pomacusi que aprehender a Evo Morales no era una prioridad, porque había muchos casos, y el de Evo era poco más que flojito. ¿Quiso decir que era armado? Parece que sí.
Aquello causó el ruido necesario en el ejecutivo abriendo una puerta a su defenestración: su apego al reglamento para desesperación de fiscales y ejecutivos no había tenido observación hasta entonces. De hecho, eso era.
Que Oviedo no lo fulminara al instante dio cuenta de que se había constituido en poder, al menos de equilibrio, dentro de un mundo siempre dispuesto a las cuchilladas.
Hoy no se sabe el rol que juega ni quién ha pedido su cabeza. Si se sabe que se ha reunido con la secretaría de Estado de Estados Unidos y su encargado de negocios en La Paz dos veces en diez días. La primera justo después de los disparos sobre Nadia Beller. La segunda justo después del discurso del presidente desconociendo a Fernando Cerimedo. Un Cerimedo que, por cierto, también hablaba con Policías. Y muchos.








