Cartografía Mundialista
Lunes de resaca en el corazón de Massachusetts
"Hay un vacío difícil de explicar que nos une a todos cuando el calendario devuelve su rutina. A veces, la memoria del fútbol no se mide en copas, sino en las conversaciones compartidas".
Lunes 20 de julio. Mañana de nubes, sol y brisa veraniega en Worcester. Son las ocho y media y camino hacia la parada del autobús que me llevará al trabajo. Atravieso las calles del centro, envueltas en una tranquilidad que confirma el regreso inflexible de la rutina laboral. Todo luce apacible, especialmente alrededor del City Hall, el ayuntamiento donde tan solo un día antes se agolparon cientos de fanáticos al frente de una gran pantalla a presenciar la final de la Copa del Mundo Norteamérica 2026.
Este silencio matutino contrasta casi con violencia contra el estruendo y la euforia del domingo, cuando el aire se volvió denso entre el aliento desbordado de españoles, argentinos y gente de diversas nacionalidades que apoyaba a ambos bandos.
Con sus más de 200.000 habitantes, Worcester se erige como la segunda ciudad más poblada de Massachusetts, a la sombra de Boston pero incrustada en el centro geográfico del estado; de ahí su viejo apodo: The Heart of the Commonwealth (El corazón de la Comunidad). Es una tierra esculpida por olas migratorias, desde los primeros peregrinos ingleses y las profundas raíces irlandesas que moldean Nueva Inglaterra, hasta el crisol actual donde conviven brasileños, indios, bengalíes, haitianos e italianos. En medio de ellos, una vibrante comunidad hispanoamericana (caribeños, colombianos, ecuatorianos) le devuelve color al paisaje.
No es tan común tropezarse con un boliviano por estas latitudes. De hecho, cada vez que uno revela su origen, la mayoría devuelve una mirada desconcertada antes de confesar, con cierta pena, que no tiene la menor idea de dónde queda esa patria entre los Andes y la Amazonía.
Mucho más difícil es lograr que alguien descubra que uno viene de la llanura tropical y rebelde ubicada al este del país, donde Ñuflo de Chaves plantó el signo de la redención un 26 de febrero de 1561.
Así me ocurrió cuando conocí a Joyce Danvers.
Joyce es una simpática señora y clienta habitual de mi trabajo; ronda los 60 años y con el tiempo hemos entrelazado una amistad entrañable. Entre las diversas charlas que cruzamos, apareció el fútbol. Era un territorio ignoto para ella, un idioma extranjero que me encargué de irle traduciendo a medida que el Mundial se aproximaba.
Cuando el torneo inició, cada encuentro era un pretexto para intercambiar criterios sobre los partidos, arriesgar vaticinios al aire y ponernos al día sobre los giros dramáticos del campeonato.
Joyce terminó convirtiéndose en el reflejo fiel de la fascinación que despertó la cita mundialista en la sociedad estadounidense. Una fiebre que no solo desbordó los fan fest habilitados en la ciudad, sino que se filtró en la intimidad de los hogares, donde las familias y los amigos se congregaron frente a la pantalla entre el humo de las barbacoas y la invitación a brindar con latas heladas de Budweiser, Bud Light o Corona.
La respuesta del público estadounidense fue un estallido masivo de récords de audiencia que marcó un hito definitivo en su historia deportiva con estadios colmados hasta el último rincón y los índices de medición televisiva más altos jamás registrados para este deporte en el país.
Un éxito indiscutible
El Mundial 2026 llegó a su fin consagrando a España en lo más alto y dejando a Argentina otra vez en el umbral de los finalistas. Sin embargo, la coronación deportiva fue apenas una fracción de la huella imborrable que dejó la primera Copa del Mundo con 48 selecciones.
Durante 39 días intensos, el torneo albergó 104 partidos disputados a lo largo de Estados Unidos, México y Canadá. La expansión, que tantas dudas y críticas desató en la previa, se despidió respaldada por cifras abrumadoras: 318 goles, un promedio de 3,06 tantos por encuentro, una ocupación de estadios del 99,7% y más de 6,6 millones de espectadores en las tribunas, destrozando el récord histórico que ostentaba la mítica edición de 1994, a la que Bolivia clasificó por primera vez.
El de 2026, se convirtió en el Mundial con mayor producción ofensiva de la historia. La FIFA encontró la respuesta a sus desvelos, las gradas jamás lucieron vacías, los cruces inéditos y las ganancias permitieron a Gianni Infantino blindar su apuesta. Un negocio redondo por donde se lo mire. El torneo fue, sin discusión, el más titánico en dimensión, geografía y multitudes.
El silencio después del gol
Pero cuando la pelota se detiene, el fútbol revela su verdadera naturaleza. Es una fuerza que habita mucho más allá de los 90 minutos reglamentarios, una marea que altera las rutinas, orquesta los ritos familiares y sociales, atraviesa la conversación de cada esquina y sostiene una ilusión colectiva durante semanas.
Para quienes lo sentimos en la piel, la competencia se vive en un péndulo salvaje de fe, angustia, júbilo y sentido de pertenencia. Y cuando el telón cae, sobreviene un vacío helado y difícil de nombrar. Los días, que antes tenían su norte fijado por horarios, análisis previos, cábalas, festejos y abrazos improvisados, quedan repentinamente despojados de su centro de gravedad. De golpe nos ataca una melancolía serena, un descenso brusco de la adrenalina que nos deja extrañamente desarmados.
"Me siento un poco rara", me confesó Joyce al reencontrarnos el día posterior a la final.
Algo de ese eclipse nos atravesaba a todos. Me contó que su esposo, fiel devoto de los Patriots y los Red Sox, como todo buen bostoniano, se había acostumbrado a la nueva rutina del deporte rey, que aquí es cada vez más fútbol y menos soccer.
Mi hija se había levantado con esa misma zozobra en el pecho. Juntos habíamos construido una pequeña liturgia alrededor de los partidos: pegar las figuritas del álbum Panini, desafiar mi memoria sobre la historia de los mundiales, comparar los himnos musicales de cada torneo y rememorar todo lo que se pudiera de Qatar 2022, el primer Mundial que ella disfrutó con todas las letras, a sus cortos ocho años.
En esta ocasión, la resaca post Mundial me golpeó con una fuerza distinta, acaso porque viví la competencia entregado a un frenesí constante de horarios, noticias, redes sociales y conversaciones encendidas. Acaso porque mi fanatismo por Argentina se vio afectado de tal manera por todos los hechos que giraron en torno a la selección de Scaloni, que recordé por qué se me habían quitado las ganas de escribir más crónicas mundialistas.
Al apagarse las luces, sentí la urgencia de que el cuerpo y la mente volvieran al ritmo pausado de antes, a la marea baja, lejos de los picos de emoción constante. Fue muy difícil, lo confieso. Lo sigue siendo.
Sin duda, el juego transformó nuestras rutinas, sacudió nuestras emociones y tejió alianzas humanas durante un mes largo. Solo que esta vez me tocó experimentarlo lejos de la tierra donde nací, distante de las calles enlosetadas, donde aprendí a vibrar con las primeras copas de mi vida en tiempos de surazos.
El destino quiso que este capítulo me encontrara vibrando con mi familia en pleno verano Boreal, en uno de los países anfitriones, donde pude atestiguar que, incluso para los habitantes de esta geografía en apariencia lejana al fervor futbolero, la vida también puede ser un breve y luminoso intervalo que transcurre entre un Mundial y el siguiente.





