Vida en familia
Cómo evitar que el talento deportivo se convierta en carga mental
La implicación de los padres en el desarrollo deportivo puede ser un arma de doble filo: por un lado, el apoyo protege el bienestar y la adherencia; por otro, la presión afecta al disfrute y la motivación. Ni exigir demasiado, ni crear falsas expectativas, ni minimizar los malos resultados son estra
¿Qué significa destacar en un deporte? En edades infantiles y preadolescentes esto puede reflejar muchas cosas, además de un talento innato. Por ejemplo, una maduración biológica temprana, la calidad y cantidad del entrenamiento e incluso el rol dentro del equipo. Para los padres y profesores puede ser difícil detectar y gestionar las altas capacidades deportivas de los más jóvenes. Para esto último, el entorno del menor es un factor clave.
Para empezar, en vez de fijarse en quien gana, conviene fijarse en indicadores menos visibles. Por ejemplo, poniendo el foco en el desarrollo de las habilidades motrices, la comprensión de diferentes situaciones motrices, la autorregulación del error, la transferencia entre deportes y la sensibilidad al feedback.
Cuidado con las expectativas familiares
La implicación parental puede ser un arma de doble filo. Por un lado, el apoyo protege el bienestar y la adherencia. Por otro, la presión afecta al disfrute y la motivación. Si esta última se impone, el deporte puede pasar de ser un espacio de exploración y disfrute a convertirse en una obligación que hay que repetir cada fin de semana.
El entorno familiar debe entender algo muy importante: evitar la imposición de expectativas no significa desentenderse, sino acompañar de otra manera.
El primer cambio pasa por transformar el lenguaje verbal y aumentar las experiencias de lenguaje motriz. Si la conversación gira exclusivamente en torno a resultados (cuántos goles, quién ha marcado, si ha ganado), el mensaje es que el valor depende del marcador. Es mejor preguntar si ha aprendido o cómo resolvió un error, porque así se desplaza el foco hacia el proceso.
Acompañar no es decidir por el menor, sino permitirle participar en elecciones razonables. Por ejemplo, qué frecuencia de entrenamientos asumir, qué metas plantearse de cara a la temporada o cómo afrontar las posibles renuncias. El razonamiento hipotético-deductivo no se alcanza hasta alrededor de los 12 años. Hasta ese momento, no hay un estado madurativo de elección propia.
Menos etiquetas y más variedad
También conviene vigilar las etiquetas, que parecen positivas pero pueden volverse pesadas. Convertir el talento en identidad (“eres un crack”, “así vas llegar lejos”) puede estrechar el margen de error y aumentar el miedo a fallar.
En la variedad está el gusto. Si siempre se practica el mismo deporte y no prueba otras actividades, su desarrollo motor se vuelve más limitado. Cuando la experiencia se reduce a una sola modalidad también se reducen las oportunidades de moverse y de resolver situaciones variadas.
La variedad no es una distracción del talento. Al contrario, es lo que permite desarrollarlo con una visión más rica, flexible y preparada para el futuro.
La especialización favorece el burnout
En este contexto se corre un riesgo. Muchas familias no dicen explícitamente “especialízate”, pero las expectativas se traducen en una presión de lógica externa que afecta a las situaciones y sus conductas. Más entrenamientos, más inversión en entrenadores privados, más torneos y menos espacios para la diversificación y libertad de elección y toma de decisiones.
Una vez la familia entra en la lógica de “hay que aprovecharlo ya”, el joven deportista puede percibir más conductas directivas y de presión que coartan su libertad de elección y decisión. Hay datos claros de que esas conductas se relacionan con más burnout y menos motivación autónoma.
Este burnout es un predictor en la devaluación del deporte y el riesgo de abandono. Si no hay decisiones propias, ni un entorno saludable, convertimos el clima en el idóneo para que se erosionen el disfrute y la continuidad en el deporte.
El peligro de las lesiones
En paralelo, y a veces de forma acumulativa con lo psicológico, la especialización y el volumen de entrenamientos elevan el riesgo de lesiones. Desde organismos y entidades se está denunciado dicha sobrecarga, que se traduce tanto en lesiones agudas como en patologías que derivan de un exceso de repetición a edades tempranas, y que conllevan incluso enfermedades.
Entre las lesiones identificadas se incluyen cuadros frecuentes como distensiones musculares, la llamada “rodilla de corredor” y lesiones de rótula. También otras más graves como fracturas de vértebra, la osteocondritis disecante, las lesiones ligamentarias del codo y las fracturas por estrés.
Por el contrario, realizar menos de dos horas por semana de entrenamiento reduce el riesgo de lesiones deportivas agudas. También hay que tener presente que aquellos deportistas especializados en deportes individuales tienen un mayor riesgo de sobrecarga, mientras que los atletas de deportes de equipo pueden ser más propensos a sufrir lesiones traumáticas agudas.
El papel de los profesionales del deporte
Organizaciones como la estadounidense NATA (Asociación Nacional de Entrenadores Atléticos) plantean una serie de recomendaciones que ayuden a generar entornos seguros para los menores deportistas con talento.
Estas recomendaciones dejan claro que los profesionales no son espectadores pasivos. Educadores físico deportivos, entrenadores y clubes tienen una capacidad real para modular el entorno en el que se desarrollan estas personas con talento.
El objetivo debe ser tratar de generar situaciones donde prime el placer de compartir. Mientras, se desarrollan las habilidades motrices básicas y las capacidades técnicas, perceptivas, físicas y psicológicas a largo plazo. Evaluar el progreso implica mirar cómo aprende el menor.
En este sentido, la clave es que el profesional sea un puente con la familia y el club, pero, sobre todo, un guía del maravilloso mundo del deporte en edad escolar. Reducir tensiones invisibles es una responsabilidad compartida. Cuando se acuerdan expectativas realistas sobre carga, descanso y estudios, el menor deja de sentir que debe acelerar para no quedarse atrás. La formación y los protocolos ayudan, pero los mensajes coherentes en casa son igual de decisivos.
No todos serán Lamine Yamal: el impacta en la salud mental
Insultos desde la grada, órdenes a gritos y exigencia constante de resultados: escenas habituales en el deporte profesional que se replican también en el ámbito infantil. El apoyo de las familias es clave, pero cuando se transforma en presión por ganar o en la aspiración de tener un nuevo Messi o Lamine Yamal en casa, puede volverse contraproducente.
Diversos estudios alertan de las consecuencias. Investigaciones de universidades españolas señalan que muchos menores abandonan el deporte por “quemarse” ante la presión familiar; en España, el 48% de las niñas deja la práctica en la adolescencia frente al 33% de los niños. A nivel internacional, la Academia Estadounidense de Pediatría estima que el 70% lo abandona a los 13 años, en gran parte porque deja de ser divertido.
Especialistas coinciden en que el deporte es un espacio fundamental para el desarrollo físico, emocional y social, siempre que exista una orientación adecuada. El problema surge cuando los padres asumen roles que no les corresponden y convierten la actividad en una fuente de exigencia. La presión excesiva puede derivar en ansiedad, estrés, desmotivación e incluso abandono, además de afectar la autoestima y generar sentimientos de culpa en los menores.
Las señales de alerta son claras: excusas para no asistir a entrenamientos, cambios de humor, bajo rendimiento escolar o síntomas físicos como insomnio o dolores frecuentes. Cuando el niño deja de disfrutar y solo busca no defraudar, el deporte pierde su valor formativo.
Los expertos recomiendan reorientar el enfoque: priorizar el disfrute, el aprendizaje y el trabajo en equipo por encima del resultado. Tener referentes es positivo, pero cada proceso es distinto. El deporte infantil no es una versión reducida del profesional, sino un espacio para crecer. Permitir que los niños lo vivan sin presión es, en última instancia, la mejor inversión en su bienestar.
Cómo ayudar sin presionar
1 Autorreflexión y expectativas.
Expertos sugieren a los padres hacer un ejercicio de autorreflexión y trabajar sus propias expectativas: “a nuestros hijos les podemos animar, apoyar, orientar o sugerir, pero si queremos que sean como nosotros tenemos en mente y eso no pasa, vamos a tener problemas”, dice la psicóloga. “Debemos darnos cuenta como adultos que a lo mejor nuestro hijo no es Lamine Yamal o no va ser un honoris causa, ¡y no pasa nada!”
2 La frustración tras una derrota.
“Lo primero que debemos hacer es darles ejemplo”, sugiere el experto. Porque poco ayuda convertirse en ese padre que cada vez que va a los partidos de fútbol termina gritándole al árbitro, increpando a los niños del otro equipo u opinando sobre el cuerpo físico de los otros niños… “Eso es un mal paso porque el ejemplo que se le está dando al niño es de gestionar con una rabia y agresividad el partido”, sostiene
3 Actitud neutral.
Tras una derrota es recomendable que los padres mantengan una actitud neutral, demostrando a sus hijos que están allí para lo que necesiten, apunta Iglesias. “Es esencial escuchar sus necesidades, pueden requerir un tiempo a solas, desahogarse o buscar consejos cuando lo consideren oportuno. Y nunca hay que minimizar la situación con frases como ‘no pasa nada’, ya que es necesario procesar la experiencia sin dramatizar”.
4 No ser padres “entrenadores”.
Es primordial comprender el deporte desde la perspectiva de los niños y colaborar con entrenadores y otros profesionales para crear un entorno saludable, sugiere Iglesias. “Los padres deben ser conscientes de no proyectar sus propias aspiraciones deportivas y confiar en el entrenador”, insiste la experta del COPC. En la misma línea, Ventura aconseja “evitar convertirse en padres o madres “entrenadores” durante las competiciones deportivas como también en casa.
5 Elegir el deporte que les gusta.
Apuntar al niño a judo, baile, tenis… o cualquier actividad deportiva porque uno lo hacía de pequeño, tampoco ayuda, enfatiza Cerdán. De ahí la importancia de buscar una actividad deportiva que les guste a ellos y no a los padres.
6 Fomentar un clima positivo.
“Cuando van a ver jugar a sus hijos e hijas, las familias deberían fomentar un clima positivo; en lugar de chillar, insultar, criticar o dar instrucciones desde la grada, deberían animar y reforzar el trabajo realizado”, dice Ventura. “En definitiva, la práctica deportiva debería ser un espacio educativo y formativo, más que un escenario de presión, exigencia y expectativas demasiado elevada”, remata Ventura.








