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Vida en Familia

Las claves para que tus hijos tengan una relación sana con su cuerpo

En una sociedad obsesionada con la apariencia y los cánones de belleza, aprender a hablar del cuerpo sin juicios puede cambiar la autoestima de tus hijos para siempre. El “body neutrality” es esencialmente una disciplina que se adquiere en el juego. Descubre cómo aplicar la neutralidad corporal en c

Reportajes
  • Milenka Duarte para El Comercio
  • 11/04/2026 00:00
Las claves para que tus hijos tengan una relación sana con su cuerpo
Reemplazar elogios estéticos por mensajes sobre habilidades, sensaciones y salud ayuda a los niños a conectar con su cuerpo sin juicio.

A lo largo de la historia, la apariencia física ha sido un eje central e indiscutible en la sociedad. Los cánones de belleza, siempre cambiantes, pero igualmente exigentes, han marcado la forma en que muchas personas se conciben y se valoran a sí mismas. Y, aunque parezca un fenómeno moderno, lo cierto es que la relación con el cuerpo empieza mucho antes de lo que imaginamos. De hecho, desde los 3 años los niños ya desarrollan una conciencia de la imagen corporal, mirada que nace, sobre todo, de lo que observan y escuchan de su entorno. Comentarios —conscientes o involuntarios —por parte de sus padres sobre “cómo verse bien”, las advertencias sobre el peso o la comida y otros mensajes que, sin intención, van moldeando su percepción del cuerpo.

Evitar etiquetas como “esto engorda” o “esto es malo” rompe el ciclo de culpa y enseña a los niños a escuchar su hambre real.

Además, con el boom actual de las redes sociales y su constante desfile de cuerpos filtrados e idealizados, los niños y adolescentes están expuestos a una presión y escrutinio que termina afectando no solo su autoestima, sino también su salud mental con una ansiedad y vergüenza corporal que los consume y que da paso a una serie de trastornos que se gestan cada vez a edades más tempranas.

Frente a este panorama y, a medida que crece la consciencia sobre el peso de las palabras y el impacto emocional que tienen en los más pequeños, surge la necesidad de cambiar la dirección del mensaje corporal. Es ahí donde aparece el “body neutrality”, como una perspectiva que invita a los niños —y también a los adultos— a habitar su cuerpo con menos juicio y más funcionalidad, menos comparaciones y más conexión.

¿Qué es la neutralidad corporal?

La neutralidad corporal o “body neutrality” es un enfoque que nos invita a relacionarnos con el cuerpo desde la funcionalidad y el respeto, sin exigir una valoración afectiva constante; es decir, sin la presión de amarlo u odiarlo, simplemente centrarnos en la salud y el autocuidado, explicó José Luis Guzmán, nutricionista clínico y docente de la carrera de nutrición y dietética de la Universidad San Ignacio de Loyola a Estilo.

Básicamente, como señaló la psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, esta perspectiva desplaza la atención del “cómo me veo” a “todo lo que mi cuerpo me permite hacer: vivir, sentir y moverme”. A diferencia del body positivity, movimiento social que reivindica la aceptación de todos los cuerpos —sin importar talla, color, forma o capacidad— bajo el mensaje de “tu cuerpo es hermoso”, el body neutrality afirma que “tu valor no depende de si tu cuerpo es hermoso o no”.

“La neutralidad corporal reconoce que no siempre nos sentiremos cómodos o felices con nuestra apariencia, y está bien. Por eso, no se debe generar una autoestima por imagen, sino por vivencia”, destacó Liliana Tuñoque, psicoterapeuta de Clínica Internacional.

En definitiva, este enfoque se vuelve especialmente relevante en la crianza actual, ya que los niños crecen rodeados de pantallas, filtros e imágenes editadas que convierten la apariencia en un marcador de valor: “Yo me veo más bonita, por eso mi valor es más alto”. Según Alexandra Sabal, psicóloga de la Clínica Ricardo Palma, la neutralidad corporal justamente baja el volumen de esa presión y le devuelve al cuerpo su rol natural como un vehículo para vivir, no como una medida de valía.

El cuerpo se aprende en casa

Desde edades tempranas, los niños construyen su conciencia corporal a partir de lo que observan y escuchan en su entorno cercano. Según especialistas en nutrición, entre los 3 y 5 años comienzan a reconocer y comparar características físicas, y hacia los 8 y 10 años esa evaluación se vuelve más crítica, convirtiendo esta etapa en un momento especialmente sensible para la formación de la imagen corporal.

Este proceso, sin embargo, puede acelerarse por factores externos: la exposición precoz a redes sociales y pantallas, la publicidad con estándares irreales, el lenguaje centrado en dietas dentro del hogar y la creciente presión entre pares. En este contexto, la relación que los padres mantienen con su propio cuerpo actúa como un modelo directo. La psicóloga Susan Albers advierte que los niños aprenden por observación: si ven a los adultos criticarse, evitar fotos o condicionar su valor a la apariencia, asumen que esa es la forma “correcta” de relacionarse con el cuerpo.

Existen, además, conductas sutiles que refuerzan esta lógica. Comentarios sobre dietas, peso, filtros o cuerpos ajenos, e incluso elogios aparentemente positivos centrados en la apariencia —como destacar delgadez o ciertos rasgos físicos— consolidan la idea de que el valor personal depende de cómo se luce.

Otro factor frecuente es vincular la comida y el ejercicio exclusivamente con el peso. Frases cotidianas sobre “engordar”, “compensar” o “quemar calorías” transmiten que el cuerpo es un proyecto permanente de corrección. Este tipo de discurso, conocido como “diet talk” o “fat talk”, no solo influye en cómo los niños perciben su propio cuerpo, sino también en su relación con la alimentación. Estudios citados por especialistas indican que estas conversaciones se asocian con menor alimentación consciente y menor aprecio corporal, incluso cuando no están dirigidas directamente a los hijos.

A ello se suma el uso de la comida como premio o castigo, lo que distorsiona las señales naturales de hambre y saciedad, y la clasificación de alimentos como “buenos” o “malos”, que puede generar culpa y ansiedad.

Frente a esto, promover un lenguaje neutro y respetuoso —que entienda el cuerpo como algo que se cuida y no que se castiga— resulta fundamental. Porque, en definitiva, los niños no solo escuchan: aprenden y replican cada mensaje.

El poder de hablar del cuerpo sin hablar de apariencia

Fomentar el “body neutrality” —o neutralidad corporal— se presenta como una herramienta eficaz para liberar a niños y adolescentes de la presión de “verse bien” para sentirse valiosos. En ese proceso, el rol de los padres es clave, especialmente en la forma en que transmiten estos mensajes en la vida cotidiana.

Con los más pequeños, el enfoque debe ser simple y centrado en la funcionalidad del cuerpo. La psicóloga Susan Albers lo resume con claridad: el cuerpo no es un objeto para evaluar, sino una herramienta que permite correr, jugar, pensar o abrazar. La idea es desplazar la atención de la apariencia hacia el cuidado y la escucha de necesidades básicas como el descanso, el hambre o el cansancio.

En la adolescencia, el abordaje puede ser más profundo, incorporando el análisis del impacto de las redes sociales, los filtros y la comparación constante en la autoimagen. Cuando la consigna de “amar el cuerpo” resulta lejana o poco creíble, la neutralidad aparece como una alternativa intermedia: no es necesario admirar cada parte del cuerpo para tratarlo con respeto, sostener hábitos saludables y entender que el valor personal trasciende lo físico.

Un elemento central es el lenguaje. Cambiar el foco del “cómo se ve” al “qué puede hacer” permite reforzar habilidades y capacidades por encima de estándares estéticos. Así, expresiones como “qué bonitas tus piernas” pueden sustituirse por “tus piernas te ayudan a correr muy rápido”. Del mismo modo, es importante incorporar elogios vinculados a cualidades no físicas —como la creatividad o la generosidad— y promover la conciencia sobre sensaciones corporales asociadas al bienestar.

El desafío se intensifica cuando niños o adolescentes expresan malestar con su cuerpo. En esos casos, especialistas como Liliana Tuñoque recomiendan evitar la corrección inmediata y priorizar la escucha y validación emocional. A partir de ahí, es posible indagar el origen de esas percepciones y generar un diálogo que ayude a diferenciar entre ideales irreales y cuerpos reales.

Finalmente, es fundamental estar atentos a señales de alerta, como cambios en la conducta, el ánimo o los hábitos. Si la preocupación por el cuerpo interfiere en la vida cotidiana, buscar apoyo profesional a tiempo resulta indispensable.

Cultivar una relación corporal saludable

Para cultivar una relación saludable con el cuerpo en la infancia, especialistas coinciden en que es clave generar experiencias donde este no sea evaluado, sino explorado. La psicoterapeuta de Clínica Internacional señala que actividades como estiramientos suaves, respiración consciente o mindfulness corporal, junto con deportes, danza o artes marciales, favorecen una conexión basada en la curiosidad. Incluso ejercicios como dibujar el propio cuerpo desde su funcionalidad —qué partes permiten correr, saltar o abrazar— ayudan a percibirlo como un aliado y no como un objeto de juicio estético.

En esa línea, la psicóloga Susan Albers recomienda prácticas sencillas de atención plena centradas en las sensaciones físicas. Un breve “escaneo corporal” al despertar o antes de dormir, o pausas durante el día para identificar si hay tensión, energía o cansancio, entrenan la mirada hacia el interior y no hacia el espejo.

El entorno familiar también resulta determinante. Compartir comidas donde se valore el sabor, la compañía y la energía —y no las calorías—, así como realizar actividad física por placer, sin asociarla a la “quema” de peso, contribuye a construir una cultura de respeto corporal. Del mismo modo, priorizar comentarios sobre cualidades personales por encima de la apariencia refuerza este enfoque.

Convertir el hogar en un espacio libre de críticas hacia los cuerpos —propios o ajenos— y donde se puedan analizar de forma crítica los contenidos de redes sociales reduce el impacto de mensajes dañinos. Explicar qué imágenes están retocadas y enfatizar que lo importante es crecer sanos y fuertes, más que ajustarse a una talla, ayuda a consolidar una mirada más equilibrada.

Annabell Padilla, psicóloga clínico-educativa, subraya que este proceso exige coherencia por parte de los adultos. Revisar el propio lenguaje, la relación con la comida o el ejercicio y reconocer dificultades personales es fundamental: los hijos no necesitan padres perfectos, sino conscientes.

En ese marco, conviene evitar prácticas que refuercen la idea de que el cuerpo define el valor personal, como las conversaciones obsesivas sobre dietas, las comparaciones físicas o la autocrítica constante. Sustituirlas por hábitos de cuidado y un lenguaje neutral permite que niños y adolescentes desarrollen una relación con su cuerpo basada en el respeto, la funcionalidad y el bienestar.

 

 

Niñez, el futuro que se protege hoy

Por Anael Torres/Psicóloga

Llega el Dia del Niño boliviano. Un día de parques, golosinas, juegos y fiestas infantiles; una jornada en la que los agasajados son los más pequeños, recordándonos la importancia de esta etapa de la vida y su valor en la sociedad. Esta algarabía, sin embargo, no llega para todos.

Nuestra población, aun joven, se compone casi en un 30 % de niños y adolescentes hasta los 14 años. Las desigualdades en este grupo son enormes.

El trabajo infantil en Bolivia sigue siendo de los más altos de Latinoamérica, casi el 10 % de nuestros niños deben trabajar para ayudar a sostener a la familia. La mayoría de ellos está en áreas rurales donde no se logran identificar plenamente las condiciones en las que trabajan.

La pérdida del cuidado parental es un gran riesgo para ellos también. Golpeados por la crisis económica y familiar de los últimos años, un enorme porcentaje de niños en Bolivia se encuentran en condiciones bajas de protección, expuestos a la desintegración familiar y con desarrollo integral en riesgo. La pobreza extrema afecta a más del 15 % de nuestros niños; con privación severa, alta vulnerabilidad y riesgo de exclusión social, comprometiendo de manera crítica su bienestar físico-mental presente y futuro.

Las cifras de abusos y violencias en contra de la niñez también siguen siendo desgarradoras. En 2025 existieron 22 infanticidios y se denunciaron más de 6000 delitos en contra de niños y niñas en el país, siendo estas últimas las más afectadas. Los delitos más denunciados fueron violencia de parte de familiares, así como delitos sexuales, perpetrados en la mayoría de los casos por gente también cercana. Es decir que la violencia contra la niñez la perpetramos, sobre todo, los llamados a cuidarles.

Las leyes de protección a la infancia, amplias, no alcanzan para resguardar todos sus derechos; pues adolecen de sistemas, redes, coordinación interinstitucional y especialmente recursos materiales y humanos que garanticen su cumplimiento. Los sistemas de crianza tampoco se han adaptado plenamente a los tiempos actuales ni a la perspectiva de derechos de la que deberían gozar; siendo los hogares uno de los principales espacios donde sufren vulneraciones. La prevención de violencias hacia nuestros niños, así como la garantía de acceso a justicia, siguen siendo tareas pendientes en nuestro país.

La concepción tutelar que aún tenemos de la infancia, con muy bajos porcentajes de participación infantil en la toma de decisiones que les atañen, también requiere un cambio de paradigma para avanzar en la práctica diaria y real de los derechos con los que deberían vivir los niños.

Hay avances y mejorías en los últimos años, tampoco se pueden negar. Hemos disminuido la mortalidad infantil y materna, hemos mejorado los índices de escolarización y reducido la deserción, se ha reducido la pobreza y se ha aumentado el IDH nacional; sin embargo, los avances también han sido parciales, incompletos y desiguales. Por eso, los desafíos que quedan hoy para nuestra niñez siguen siendo enormes. Conviene no olvidarnos de lo que nos queda pendiente de trabajar y lograr, por ellos y para ellos.

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