Elecciones de medio término en los EEUU

La derrota republicana en las elecciones de medio término castiga una forma de ejercer el poder: prometer soluciones inmediatas, convertir la firmeza en espectáculo y dejar que otros paguen la distancia entre el anuncio y los hechos.Los demócratas recuperaron ambas cámaras del Congreso. El vuelco expresa una frustración que trasciende Estados Unidos: la de quienes creyeron que Trump cumpliría lo que decía.

En noviembre de 2024, al celebrar su victoria, Trump aseguró que detendría las guerras. Se presentó como un negociador capaz de conseguir lo que la diplomacia tradicional no había logrado. Dos años después, la guerra con Irán, el encarecimiento de la vida y sus compromisos incumplidos erosionaron esa promesa. Al mismo tiempo, se hizo añicos su promesa de terminar “en un día” con la guerra en Ucrania, confiado en su cercana amistad con Putin y la dependencia-debilidad de Ucrania respecto al apoyo militar norteamericano y europeo. Podríamos seguir enumerando los sangrientos conflictos políticos y religiosos en Yemen, el Congo, Sudan, Pakistán, y otros, con miles de muertos y una crisis humanitaria sin precedentes. Nada de eso tuvo en Trump el mínimo acierto de política exterior.

El castigo electoral admite motivos diversos. Hubo estadounidenses que rechazaron la intervención y otros que reprocharon su conducción. No todos querían una ofensiva mayor ni todos pedían retirarse. Muchos compartían, sin embargo, una pregunta elemental: ¿dónde están la paz y la prosperidad prometidas? La contradicción entre el pacificador anunciado y las guerras prolongadas terminó alcanzando al presidente en las urnas.

La magnitud del revés importa: los republicanos perdieron terreno incluso en estados habitualmente seguros, como Texas y Kansas. El costo de vida, la corrupción y la guerra con Irán contribuyeron al rechazo. La información electoral disponible permite identificar esos factores, pero todavía exige cautela para atribuir a cada uno un peso preciso.

Es evidente que se ha debilitado la promesa de Trump de combinar firmeza internacional con prosperidad y pocas guerras. Un conflicto prolongado, asociado al encarecimiento de la energía, hace que la política exterior entre directamente en el presupuesto familiar.

En Israel, esa contradicción tiene otra gravedad. Para quienes confiaron en que Washington mantendría una estrategia consistente frente a la amenaza iraní, los cambios de tono, las amenazas seguidas de negociaciones y la incertidumbre sobre los compromisos producen una sensación de abandono. La seguridad de Israel no puede depender del estado de ánimo de su principal aliado ni de la conveniencia del siguiente anuncio presidencial.

Ese sentimiento de traición merece ser escuchado aunque no pruebe cada acusación formulada en su nombre. También obliga a examinar la apuesta de Netanyahu por Trump y el Partido Republicano. Israel necesita preservar una alianza con Estados Unidos que sobreviva a sus alternancias electorales. Personalizarla deja su seguridad expuesta al desgaste de un dirigente extranjero.

Como señala  Yehiel ben Yisrakal, desde Gilush T.H. “El estancamiento crónico de la guerra expuso una fractura total en el corazón del poder norteamericano. Por un lado, el denominado “deep state” —la maquinaria burocrática del Pentágono y las agencias de inteligencia (CIA, NSA)— operaba bajo la inercia histórica de la hegemonía global, entendiendo que el único desenlace aceptable era la capitulación o el desmantelamiento absoluto de Teherán.”.

Por otro lado, Trump secuestró la política exterior con una lógica estrictamente mercantilista: para este analista, “...el desastre en el frente militar desató una paranoia informativa sin precedentes en la Casa Blanca. Cuando las agencias de inteligencia norteamericanas concluyeron de forma unánime que los bombardeos apenas habían arañado el programa nuclear de Teherán, Trump optó por la mentira abierta: descalificó los informes técnicos, aseguró falsamente que la amenaza estaba "obliterada" y censuró el flujo de inteligencia clasificada hacia el Congreso para tapar las filtraciones del fracaso.”

En Irán, el drama es más doloroso. El 13 de enero Trump pidió continuar las protestas y tomar las instituciones: “HELP IS ON ITS WAY”. “La ayuda está en camino”. La revuelta ya existía y la represión estaba en marcha; sus palabras añadieron la expectativa de una protección exterior. La represión de la teocracia dejó miles de muertos. La responsabilidad de matar corresponde a quienes ordenaron y ejecutaron la matanza. Pero queda una responsabilidad política para quien alentó a resistir sin garantizar el auxilio prometido.

Los vínculos empresariales del entorno de Trump con Qatar alimentan sospechas que requieren investigación, cuando los intereses privados se entrelazan con relaciones de Estado, cada viraje diplomático queda expuesto a la sospecha de una transacción. La confianza se deteriora antes de establecerse lo ocurrido.

La supervivencia del régimen iraní demuestra que su caída no había sido tan sencilla, aunque deja pendiente una exigencia: explicar para qué se empleó la fuerza, qué objetivos se alcanzaron y cómo se protegerá a quienes asumieron riesgos confiando en Washington, incluyendo a los países del golfo, duramente castigados en su infraestructura energética y turística por Irán.

Desde enero, el nuevo Congreso tendrá instrumentos para investigar la guerra y exigir cuentas. Para Israel, se abre la tarea de reconstruir apoyos entre ambos partidos. Para los opositores iraníes, permanece una advertencia amarga sobre el valor de las promesas extranjeras. Las urnas estadounidenses permiten relevar representantes y limitar al gobernante; quienes viven bajo una teocracia carecen de esa defensa.


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