Gracias, Piero, por nuestros “viejos”
Piero murió el 7 de octubre de 2026, a los 81 años. La noticia me devuelve a dos momentos de mi vida: cuando cantaba «Mi viejo» a mi padre y cuando mis hijos me la dedicaron. Entre esas dos versiones de la misma canción aprendí a cuidar, a preocuparme en silencio y a aceptar que también yo podía cansarme. Al recibirla entendí algo que de joven apenas intuía: un hijo canta lo que todavía no sabe decir.
Al despedirlo, quiero recordar también a José Tcherkaski, el poeta que escribió la letra. Piero de Benedictis puso la música y la cantó. La canción apareció en 1969. Detrás de aquel padre que tantos reconocimos como nuestro había dos historias de inmigración, dos maneras de perder una tierra y levantar una casa, dos hijos capaces de convertir una herencia familiar en una emoción compartida.
José nació en Buenos Aires en 1943. Perdió a su padre a los catorce años y empezó a trabajar mientras estudiaba. Fue obrero, periodista, poeta y autor de libros y canciones. Cuando se encontró con Piero, en 1968, llevaba consigo el recuerdo de un padre ausente y la necesidad de conservarlo. Hay canciones que nacen antes de tener melodía.
Mario Tcherkaski había nacido en 1905, en el Imperio ruso. Era judío y procedía de una familia con tierras y cultura. José vinculó su emigración con la revolución que trastornó aquel mundo. Había nacido bajo un zarismo que discriminaba a los judíos; los conflictos revolucionarios alteraron también la vida de las familias propietarias. Pasó por Uruguay y llegó a la Argentina en los años treinta.
En Buenos Aires vendió sábanas por la calle y vivió con su familia en un inquilinato. El hombre que venía de una casa acomodada tuvo que ganarse cada día a pie. Conservó sus libros en ruso, su afición a la lectura y el gusto por el teatro, al que llevó a José. Pienso en esa riqueza que una mudanza no consigue borrar: enseñar a un hijo a mirar, abrirle una puerta, entregarle una cultura aunque falte el dinero. Mario, como tantos de esa generación «..creció con el tiempo, con tranvía y vino tinto...». José condensa toda una época en dos imágenes cotidianas: el tranvía representa la ciudad antigua, los barrios, los recorridos al trabajo, una vida que el hijo ya percibe como perteneciente a otro tiempo. Los tranvías urbanos de Buenos Aires recién desaparecieron en 1963. El vino tinto evoca la mesa familiar, la conversación, los placeres y las costumbres que acompañaban a aquella generación. José recuerda que, cuando su padre hacía una buena venta de sábanas, llevaba a la familia a un restaurante caro y elegía vinos con el sommelier.
Juntas, esas imágenes permiten decir mucho con pocas palabras: mi padre lleva dentro una época que yo apenas conozco. Su manera de vivir, sus silencios y sus costumbres vienen de una historia anterior a la del hijo. La canción convierte esa distancia en comprensión y cariño.
Por eso la frase también ilumina tu experiencia: primero mirabas a tu padre desde tus años jóvenes; después, al recibir la canción de tus hijos, reconociste que tú también llevabas un mundo de recuerdos que ellos estaban empezando a comprender.
La otra historia viene de Gallipoli, la ciudad de Piero, un puerto del sur de Italia, en la región de Apulia, frente al mar Jónico. Allí nació en 1945, cuando terminaba la guerra. Su padre, Lino de Benedictis, viajó a la Argentina en 1947; al año siguiente se reunieron con él su esposa y sus hijos. Dejaban una Italia que salía del fascismo y de la destrucción, con desempleo y escasez, buscando en América un porvenir.
Lino trabajó con radios y tocadiscos en Banfield. Después la familia se instaló en Allen, en Río Negro. Piero pasó por seminarios católicos; de su padre recordó que no tenía religión. Su herencia era la paciencia de un hombre que lo cuidaba y apoyaba sin imponerle un destino.
Los dos padres compartían el trabajo, la dignidad y la esperanza puesta en sus hijos. Los separaban la lengua, la tradición y las circunstancias de la partida: la ruptura de un imperio; la búsqueda de futuro después de una guerra. Mario transmitía libros y teatro; Lino acompañaba la vocación de su hijo. La Argentina reunió esas herencias en el castellano de sus canciones.
También había una diferencia dolorosa: Mario había muerto cuando nació la canción; Lino pudo escucharla. Tenía apenas cuarenta y ocho años. Se emocionó y luego protestó, con humor italiano, por aquella vejez que su hijo le atribuía. Me conmueve esa escena porque reconozco la sorpresa de los padres cuando una dedicatoria nos cambia el nombre. Seguimos sintiéndonos jóvenes por dentro; nuestros hijos ya ven en nosotros una historia.
José y Piero extendieron esa sensibilidad a la vida pública. En la Argentina de las dictaduras, sus canciones hablaron del pueblo, de las desigualdades y del derecho a vivir sin miedo. «Para el pueblo lo que es del pueblo», de 1973, expresó esa esperanza con una fuerza que mi generación todavía recuerda. La ternura de «Mi viejo» y la protesta de su repertorio nacían de una misma atención hacia la vida de los demás.
La violencia política creció antes del golpe de 1976. Después, la dictadura convirtió la desaparición, la tortura y el exilio en instrumentos del terrorismo de Estado. Ambos tuvieron que marcharse. Los hijos de dos inmigrantes conocieron, a su vez, el desarraigo. Quienes habían aprendido de sus padres a construir un hogar tuvieron que buscar refugio lejos de él.
Piero regresó a la Argentina y siguió cantando. Creó la Fundación Buenas Ondas, dedicada a la infancia. Puso la música al servicio de la ternura y de la esperanza. Su mensaje de paz acompañó a varias generaciones: nos invitaba a cuidar al otro, a reconocernos en sus alegrías y sus dolores.
Hoy despido a Piero con la gratitud del hijo que fui y del padre que soy. Agradezco a mi padre lo que me dio, a mis hijos lo que me devuelven y a José y Piero las palabras y la melodía que nos reúnen. La nostalgia trae ausencias, pero también compañía. Cada vez que alguien le dedique «Mi viejo» a su padre, habrá un lugar para su voz. Gracias, Piero, por ayudarnos a querer sin vergüenza. La canción que canté a mi padre vuelve en la voz de mis hijos.





