Un incendio severo puede recortar hasta 40% la recarga subterránea
La hidrogeóloga Mónica Guzmán Rojo mostró que la recarga de acuíferos disminuye en dos de cada tres municipios bolivianos, y el quiebre coincide con las políticas de expansión agropecuaria de 2012 a 2015
En una foto de 1966, el Chorro del Sutó, en San José de Chiquitos, es una caída de agua donde la gente iba a bañarse. En la del mismo lugar en 2024, casi no corre nada. Mónica Guzmán Rojo puso ambas imágenes, una al lado de la otra, para explicar algo que no se ve, y es que el agua subterránea que alimenta esa vertiente ya no parece llegar en la misma cantidad.
Guzmán es hidrogeóloga, docente e investigadora de la Universidad Católica Boliviana “San Pablo” y preside la comisión de Educación, Divulgación y Política de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas. Lleva siete años estudiando cómo el agua se mueve entre la roca, el suelo y el bosque chiquitano. Presentó “El agua que no vemos” el 23 de octubre, en el Encuentro de Comunidades y Defensoras/es afectados por el Agroextractivismo en la Chiquitanía, celebrado en Santa Cruz de la Sierra.
El costo del agua se mide en tiempo
Guzmán empezó preguntando cuánto cuesta el agua, y no habló de facturas ni de metros cúbicos, sino del tiempo que se usa para esperar, buscar, almacenar o reorganizar la vida cuando el agua falta. Citó dos cifras internacionales de 2026:
· Según ONU-Agua, las personas dedican 250 millones de horas al día a recolectar agua, una carga que recae sobre todo en mujeres y niñas.
· Según la Organización Mundial de la Salud, 1,4 millones de muertes al año se asocian a agua, saneamiento e higiene inseguros. Son muertes prevenibles.
Llueve, pero el agua no entra
El oriente boliviano recibe en promedio unos 1.000 milímetros de lluvia al año, más que la media mundial. ¿Cómo puede faltar agua? La respuesta está bajo tierra.
La principal fuente de agua de la región es subterránea. Llueve cuatro meses, pero se consume los doce. Los acuíferos funcionan como una esponja, reteniendo el agua de la temporada de lluvias y liberándola poco a poco, a través de pozos y manantiales, hasta la siguiente. Para que eso funcione, el agua tiene que entrar al suelo en un proceso de recarga hídrica.
Cuarenta años de datos
El equipo de Guzmán analizó cómo cambió la recarga potencial de aguas subterráneas en los 338 municipios de Bolivia durante 40 años, entre 1983 y 2022. Los resultados, publicados en 2025 en la revista Environmental Research Letters, son estos:
· 65% de los municipios muestra una tendencia negativa significativa en la recarga potencial, con una media de 1,1 milímetros menos por año.
· 71% presenta un punto de quiebre, un momento en que se produce un cambio significativo en la tendencia y la caída se acelera.
· Aproximadamente tres de cada cuatro de esos quiebres ocurrieron entre 2012 y 2015.
Qué pasó en esos años
Más allá de los años secos o lluviosos, Guzmán encontró una coincidencia con decisiones de política pública sobre la tierra.
En 2012, la Agenda Patriótica 2025 fijó como norte la expansión productiva. En 2013, la Ley 337 permitió regularizar desmontes anteriores realizados sin autorización. En 2015, la Cumbre “Sembrando Bolivia” puso la meta de pasar de 3,8 a 5,1 millones de hectáreas cultivadas al 2020, y la Ley 741 permitió autorizar desmontes de hasta 20 hectáreas en pequeñas propiedades y comunidades mediante trámite simplificado.
“Desde ese momento, como país, cambiamos las reglas del juego en torno a la tierra”, dijo. Al cruzar sus mapas con datos de pérdida de bosque, los puntos donde más cae la recarga coinciden con focos de deforestación. Uno de los más intensos rodea San José de Chiquitos y la carretera bioceánica.
A eso se suman los 12,66 millones de hectáreas quemadas en 2024, más de la mitad bosque nativo, según el Ministerio de Medio Ambiente.
Cómo el fuego llega al acuífero
El fuego no toca directamente el agua subterránea. Lo que cambia, explicó Guzmán, es cómo se reparte la lluvia. Cada litro que cae en una hectárea de bosque escurre, se evapora, lo absorben las plantas o se infiltra. Tras un incendio:
· El suelo se calienta más. La superficie quemada suele ser oscura, refleja menos radiación y evapora más agua.
· La ceniza puede tapar los poros. Forma costras: el agua escurre por encima en lugar de infiltrarse, lo que también favorece inundaciones.
· Pueden bajar los caudales de manantiales y los niveles de los pozos. Con menos recarga, las vertientes pierden caudal y algunos pozos quedan inutilizados.
El Sutó, un laboratorio
Para medirlo, el equipo convirtió la vertiente del Sutó en su laboratorio. El agua entra por las fracturas de una arenisca del Silúrico superior, se mueve dentro de la roca y brota en ojos de agua más abajo.
Las mediciones muestran que, de unos 993 milímetros de lluvia anual, solo el 15% se convierte en recarga, y el 80% de esa recarga ocurre en la temporada de lluvias. También muestran por qué el acuífero es valioso, y es que el nivel del agua sigue subiendo semanas después de que deja de llover. Si la recarga sigue disminuyendo, advirtió Guzmán, la vertiente podría continuar perdiendo caudal.
Con un modelo de la vertiente simularon un incendio de alta severidad sobre toda la zona de recarga:
· El año siguiente, la recarga podría caer hasta 40%.
· En los años posteriores no se recupera del todo: el modelo todavía muestra una reducción cercana al 10%, aunque la vegetación vuelva a crecer. Las elevadas temperaturas pueden alterar la estructura del suelo, y esos cambios pueden ser difíciles de revertir.
Los resultados se publicaron en 2025 en la revista Fire y en 2026 en Hydrological Processes.
Del dato a la ley
Guzmán dedicó la última parte a cómo esa información llegó a decisiones concretas. En las mediciones participaron la comunidad, técnicos de la cooperativa de agua, guardaparques, un concejal y un subgobernador, entre otros actores, cruzando los saberes de quienes viven sobre el acuífero con los números de los sensores.
De ahí salieron dos resultados:
1. Protección del área de recarga del Sutó, en la categoría más estricta de la nueva zonificación de la Unidad de Conservación del Patrimonio Natural Santa Cruz la Vieja, aprobada en diciembre de 2024.
2. La Ley Municipal de Conservación y Protección de Zonas de Recarga Hídrica y Fuentes de Agua de San José de Chiquitos, promulgada en julio de 2025, que incluye en sus definiciones el vínculo entre fuego y agua y la vulnerabilidad hídrica tras un incendio. “Si no definimos algo, no lo medimos, y si no lo medimos, no lo gobernamos”, dijo.
El trabajo sigue
Guzmán integra una red iberoamericana de ocho países que estudia cómo restaurar acuíferos en paisajes afectados por incendios (2026–2029). Su equipo también desarrolló un videojuego ambientado en San José para llevar esta ciencia a jóvenes de las ciudades. Además, junto con IGRAC-UNESCO, publicó un artículo de divulgación inspirado en la leyenda de Gueebi, el hijo de la lluvia, para conectar la ciencia del agua subterránea con los saberes ancestrales y la memoria colectiva de las comunidades.
Guzmán concluyó que hacer visible el agua subterránea también significa hacer visible la gobernanza, y saber quién extrae, cuánto, y quién contamina. “Es buen momento de hacernos preguntas incómodas”, dijo, para que el agua que compartimos se reparta de forma más justa.


