La herencia de Murillo
Hace unos días, la imagen de Arturo Murillo cruzando la sala de espera del aeropuerto de El Alto trajo a la memoria recuerdos pesados. Su barba canosa y su rostro cansado, aunque sin culpa, evocaban el retorno de Luis Arce Gómez en 2010: también con el semblante agotado, la barba crecida y la misma ausencia de arrepentimiento.
Cuando el gobierno de Añez terminó y supimos que Murillo había sido arrestado en Estados Unidos, cambiando playas, cocteles y conferencias por barrotes y grilletes, algo quedó impregnado en el país para no irse más, la herencia de “el bolas”.
Murillo instalo desde el ministerio de gobierno más que solamente miedo, sino que logro normalizar discursos deshumanizantes sobre el otro (salvajes, bloqueadores, evistas, etc.), instaurar una lógica de amigo – enemigo entre grupos sociales, posicionar discursos que romantizan un pasado de exclusión y privilegio, naturalizaron la represión y exaltar el poder represivo estatal.
Cinco años después, es posible dimensionar la profundidad real de aquella crisis: se legitimaron discursos de ultra derecha antes marginales, aparecieron nuevos actores políticos, cambiaron las formas de comunicación y se agudizaron tensiones en torno a la democracia liberal, el racismo, la represión y el lugar del Estado en la vida social.
La democracia liberal, incapaz de sostener la elección de 2019 y de frenar el avance autoritario, sufrió dos rupturas: primero, en las movilizaciones que derrocaron al MAS; después, en la reacción “pitita” tras el retorno del MAS, que consolidó una postura abiertamente antidemocrática. Para este sector, la derrota del bloque nacional-popular solo es posible en los márgenes de la democracia que los cobija y a la vez desprecian porque “los indios no saben votar” utilizando las cloacas de las redes sociales como su principal herramienta.
Después de la pandemia, estos discursos se movieron a través de Tik Tok que empezó a ser utilizado masivamente durante el año 2020, esta red social premia los primeros segundos de reproducción, lo que lleva a utilizar lenguajes mucho más directos que tienden a exacerbar estos discursos para generar viralidad, entendiendo que la post verdad en aquel momento estaba instalada aumentaron los ecos que cuestionan todo, a partir, de creencias, prejuicios y relatos conspiranoicos fundamentalmente.
La pandemia, por su parte, rompió la ilusión de un Estado garante de bienestar. El 2020 mostró su verdadera naturaleza: la ausencia en salud y en todos sus servicios, se hizo evidente. Las imágenes de cadáveres en las calles y fosas comunes se convirtieron en símbolo de esa ausencia. El gobierno de Áñez usó la tragedia para disciplinar y escarmentar, sobre todo a los sectores populares.
El efecto que se generó en aquel momento, se mantuvo y profundizo en los años siguientes, una población que ya no cree en el estado como promotor de su bienestar ni como elemento para construir y profundizar procesos de igualdad sino como un elemento de dominación de casta.
Añez, represento lo más rancio de la derecha boliviana y mediante un estado homogenizante e invasivo en la vida de la población, el aislamiento social y la ruptura de los espacios de interacción como: colegio, universidad, parques, etc., condujo a los jóvenes de las ciudades falsamente a asumir discursos más cercanos a la ultra derecha y anti estatales en razón también a que todos los problemas de la sociedad fueron vaciados de significantes y resignificados bajo el término “izquierda” o “comunismo” ante la inacción de la izquierda
Entonces, pensar en colectividad o igualdad se cargó de negatividad, ¿cómo se les puede pedir decisiones colectivas a una generación arrebatada de la misma a partir del temor? – Quizás los errores del MAS llevaron a muchos a sufrir síndrome de Estocolmo o simplemente la repulsión de la estatalidad es el anhelo, ante la imposibilidad inconsciente, de aun poderse encontrar con el otro.
Otro hecho clave fue el rol de la Policía. Su motín en 2019 hizo posible el golpe de Estado, y figuras como Ruth Nina —excandidata presidencial y lideresa de las esposas de policías— simbolizaron la emergencia de la institución como nuevo actor político. Más tarde, en las elecciones recientes, la aparición del capitán Lara confirmó que sectores históricamente subalternos dentro del Estado comenzaron a universalizar su discurso. La quema de wiphalas y las expresiones racistas de algunos policías ilustran la contradicción de un grupo popular reducido al papel de capataz de la hacienda.
Por último, la profundidad de la crisis no marca ruptura sino un desgarre que no permite aun el avance social, pues ambos grupos ensayan en calles y redes su repetición sobre sí mismos, este detenimiento, sin embargo, no implica que no haya avance de uno (ultra derecha) y retroceso del otro (izquierda). Son tiempos de incertidumbre en Bolivia y en el mundo esa quizás que fue nuestra mayor desventaja, ahora mantiene la esperanza.


