Días de mayo: de la lucidez terminal, a la lucidez vital
Se habla de “lucidez terminal” en medicina cuando un paciente pre mortem adquiere, de manera inexplicable, una vitalidad momentánea antes de fallecer. La última semana política en Bolivia parece reflejar ese fenómeno. Las alucinaciones del vocero presidencial, ministros y diputados sobre el sindicalismo, Evo o Colombia desembocaron finalmente en una conferencia de prensa donde se anunciaron cambios de ministros, consejos económicos y nuevas mesas de diálogo, declaración que devela un impulso de lucidez.
Es terminal porque, aunque parte de lo anunciado pueda parecer coherente, el gobierno probablemente ya no tenga capacidad material ni política para ejecutar nada de ello. El cuerpo estatal esta exhausto.
En Bolivia, el cerco es la herramienta a la que recurre la memoria popular. Es quizá la medida más radical del repertorio de lucha, porque implica la condena del adversario: un conflicto llevado al punto cero, donde la otra parte enfrenta la posibilidad de su aniquilación. Es, en cierto sentido, la estrategia de desarme total del enemigo que imaginaba Clausewitz en la guerra.
Desde el levantamiento de Tupac Katari hasta la actualidad, pocos conflictos en Bolivia pueden entenderse como íntegramente espontáneos. Los pronunciamientos, las declaraciones públicas y el clima de calle van anticipando su escala, profundidad y posibles desenlaces. Los bloqueos de mayo todavía arrastraban el conflicto provocado por el D.S. 5503, extendido entre diciembre de 2025 y enero del presente año.
Disputa que, quedó latente porque inmediatamente después de la abrogación del DS. 5503 empezó la discusión en la Asamblea Legislativa Plurinacional de una ley antibloqueo haciéndose evidente la persistencia del gobierno en impulsar un cambio estructural para el país; un cambio por el cual, en realidad, no votó el pueblo boliviano. El mandato popular fue reforma.
En el espectro de la derecha también opera la memoria. Su referencia inmediata sigue siendo el D.S. 21060 de 1985, como máxima histórica. Sin embargo, como decía Marx, la historia ocurre dos veces: primero como tragedia y luego como farsa. El D.S. 5503 terminó siendo la caricatura de aquella experiencia.
La tozudez del gobierno y de sus ministros que confunden su deseo de repetirse en la historia con la realidad efectiva, provocó el divorcio entre amplios sectores de la sociedad y el Estado, divorcio fruto de la traición.
El divorcio, hizo que el gobierno pierda capacidad de consenso y, con ello, la posibilidad de irradiar confianza sobre sus políticas públicas, un gobierno incapaz de dialogar con organizaciones sociales, dirigentes o estructuras representativas legítimas, evidencian un poder cada vez más aislado de la sociedad que pretende conducir.
Por eso, cuando el conflicto estalló tras los pliegos petitorios del Primero de Mayo y las exigencias de abrogación de la Ley Nº 1720, era posible prever su magnitud, sin embargo, el conflicto sirve para comprender el equilibrio de fuerzas del momento, los avances, retroceso y límites de los actores, develar lo que antes estaba oculto, la crisis es la lucidez en su máxima expresión terminal o vital.
La crisis de mediación entre el estado y sociedad (sistema de partidos muerto, instituciones regionales distantes u organizaciones que quieran dialogar) acompañado por el destierro de la representación política popular simplemente a la calle, hace evidente la imposibilidad de conectarse y desmontar un conflicto que lleva 3 semanas, es un estado que gobierna para nadie más que para los suyos agravando cada vez más la crisis de mediación y marca el primer limite estatal.
En ese contexto, el gobierno optó por la represión. El sábado 16 y 23 de mayo, bajo el argumento de abrir un “corredor humanitario”, policías y militares intentaron despejar las avenidas de El Alto y carreteras, dejando un tufo a 2019 y a masacre en el aire. La respuesta popular fue contundente: Ejército y Policía retrocedieron, mostrando el alcance sobre el control territorial del estado, a esta derrota la respuesta gubernamental fue contundente, abrogar la ley Nº 1341 para suspender ciertas garantías constitucionales de todos los bolivianos (estado de excepción) sin control alguno.
La coyuntura terminó marcando las fronteras de lo popular y señorial gubernamental. Los movilizados lograron una cohesión significativa entre la COB, Tupac Katari, maestros, transportistas y otras organizaciones que expresan distintas formas de lo nacional popular en Bolivia, unidad lograda a sangre y gas. Una articulación que parecía imposible después de la fractura interna del MAS y que es un aprendizaje, solo se gana unidos.
Además, la movilización validó dos cosas. Primero, que el gobierno carece de fuerza suficiente para imponer cualquier ley que contradiga el mandato de reforma recibido en las urnas. Segundo, que las demandas corporativas encuentran mejores condiciones de negociación precisamente en medio de la debilidad terminal del gobierno, como se vio en el caso de cooperativistas, por tanto, no hay ningún incentivo en darle espalda a Paz de ningún sector.
El límite de la movilización aparece, sin embargo, en el plano discursivo. Después de casi 2 meses de movilizaciones, si se incluye el conflicto relacionado con el D.S. 5503 (Paz lleva 6 meses gobernando), aun no emerge un elemento discursivo articulador capaz de encadenar las distintas demandas bajo un horizonte político común, el tiempo es corto, ciertamente, pero la pesadez del gobierno de paz nos permite a todos percibir que el tiempo se acelera y urge, elementos para fijar la esperanza.
Al mismo tiempo, la coyuntura deja una constatación incómoda para todos: el Estado boliviano sigue siendo limitado en su alcance territorial y político. Esa debilidad permite a los movilizados garantizar la eficacia de sus medidas de presión, pero también desnuda la contradicción central del discurso gubernamental sobre el supuesto “Estado elefante” producto de los 20 años del MAS.
La crisis, desnuda a la vez los límites del gobierno de Paz, un gobierno miope, sin aliados ni partido, y a la vez, la lucidez terminal del gobierno contrasta con una lucidez vital que empieza a emerger desde abajo, todavía dispersa, todavía incompleta, pero cada vez más consciente de sí misma, dejándonos esperando el momento en que se coloque en el informe médico, la hora del deceso.


