La sociedad tarijeña y los nuevos padres de la patria

Un año más desde la fundación de Tarija, y a 200 años de la creación de Bolivia, mi imaginación vuela. No puedo dejar de preguntarme qué diría Eustaquio “Moto” Méndez al ver lo que ha sido de esta tierra por la que luchó junto a sus montoneros. ¿Creyó realmente que la libertad y el progreso llegarían a estas tierras? ¿Se imaginó alguna vez que, bajo los pies del Chaco —parte del suelo tarijeño— yacía un recurso natural tan estratégico para la nación? ¿Por qué luchó Méndez por Bolivia?

Responder a estas preguntas no es fácil. No existen fuentes documentales que permitan afirmarlo con certeza. Pero podemos ensayar algunas respuestas a partir del pensamiento de la época. Méndez y sus montoneros entendían la idea de “región” dentro del marco de una “nación”. La necesidad de formar Estados-nación fuertes y unificados era parte del ideario dominante en el Siglo XIX. Así, la crisis del final de la colonia y el inicio de la república marcaron el momento constitutivo de la nación boliviana, con todas sus contradicciones.

El sentimiento de unidad nacional estuvo presente desde entonces, aunque el Estado como estructura concreta y funcional ha sido más bien una ficción a lo largo de casi dos siglos. Esta realidad ha alimentado dos corrientes ideológicas predominantes: la “indianista” y la “regionalista”. Podríamos decir que el germen del “wokismo boliviano”, como dirían con sorna los “libertarios tarijeños”, se encuentra precisamente en los problemas históricos de conformación de un Estado real y en las limitaciones del primer liberalismo boliviano.

Hoy, el círculo político tarijeño empieza a girar hacia una derecha más parecida a la de Milei. No les causa contradicción declararse enemigos de la “ideología woke” cuando su propia fuerza se sostiene también sobre el regionalismo, aunque decirlo así resulte un simplismo. Tampoco les incomoda gritar “¡Viva la libertad, carajo!” o “zurdos de mierda” y organizar al mismo tiempo la “Entrada de Compadres”. Méndez y los próceres tarijeños nacieron de la experiencia de la lucha popular, de la guerrilla montonera cercana al pueblo. Su pensamiento se nutre de la memoria de los levantamientos indígenas, no de la ambigüedad retórica ni del acomodo discursivo. Seguramente fueron enemigos de todo cálculo interesado, tan lejano a nuestra realidad.

Hoy todos coincidimos: la era del gas ha terminado. El departamento más golpeado por esta crisis es Tarija. En 20 años, con más de 49.000 millones de bolivianos de administración directa, hoy se encuentra sumido en la pobreza. Esta crisis devela una sociedad detenida, anclada a un discurso ligado a la utopía de sus próceres, que les impide ver más allá de su arco de creencias que les permiten sortear la miseria económica en la que viven diariamente

A puertas de las elecciones de agosto de 2025, los nuevos “padres de la patria” postulan a diputaciones y senadurías. En la democracia liberal, se nos ofrece la ilusión de elegir entre productos distintos: los candidatos. Pero todos repiten la misma etiqueta: el regionalismo. Sus programas parecen salidos del mismo archivo son “copy-paste”. La única diferencia visible es si el candidato es “masista” o “no masista”, es decir, si se es “indio” o “aspirante a patrón”.

Si los padres de la patria, a quienes hoy los candidatos exaltan, volvieran a la vida, seguramente volverían a morir al escucharlos. A cada crítica de Méndez y sus montoneros, los “nuevos padres de la patria” responderían con una batería de frases huecas, una sonrisa burlona y una actitud de superioridad propia de la mediocridad crónica de nuestra época, de eso no tengo ninguna duda.

De los “nuevos padres de la patria” no podemos esperar más de lo que ya hemos visto. Ninguno plantea un proyecto regional verdaderamente transformador. Ninguno piensa la nación o el Estado más allá del celo y la falsa conciencia regional. Su discurso es arribista. Ayer decían: “¡Viva el proceso de cambio! ¡Adelante, presidente, con su reelección!”; hoy gritan: “¡Viva la libertad, carajo! ¡Hay que acabar con los zurdos!”

Estos nuevos padres de la patria, escasos en ideas, pero abundantes en mentiras, no comprenden que la sociedad tarijeña ha muerto de una sobredosis de positividad mítica. Y este 4 de julio no podemos regalarle más que nuestro silencio y nuestro luto.

Frente a esta realidad, la crisis marca el horizonte. La sociedad tarijeña busca, sin éxito, aferrarse a nuevas creencias. El desafío que nos toca asumir es la disputa por un nuevo sentido común. Primero, repensar la nación y el Estado. Segundo, construir una autonomía institucional y productiva. Tercero, ir más allá del turismo y el consumo de bebidas alcohólicas. Cuarto, redefinir la relación con el medio ambiente y la producción agraria. Quinto, revitalizar nuestras culturas e historia. Solo así podremos volver a soñar y, pese a la adversidad de las autoridades que hoy tenemos, volver a poner en marcha a esta sociedad, para hacer honor a nuestra historia.

 


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