En nombre de la identidad...
En una llamada que duró 50 segundos, realizada media hora luego de iniciada la espantosa matanza que protagonizó en el club gay “Pulso”, Mateen se arrogó la responsabilidad por el ataque y reiteró su identidad y lealtad con el líder árabe: “Prometo fidelidad a Abu Bakr al-Baghdadi....
En una llamada que duró 50 segundos, realizada media hora luego de iniciada la espantosa matanza que protagonizó en el club gay “Pulso”, Mateen se arrogó la responsabilidad por el ataque y reiteró su identidad y lealtad con el líder árabe: “Prometo fidelidad a Abu Bakr al-Baghdadi. Que Allah lo proteja. Hago esta acción en nombre del Estado Islámico”.La “acción” sería muy pronto asumida por los líderes internacionales de ISIS y Mateen sería reconocido como uno de sus guerreros. En nombre de su identidad cultural, de sus lealtades familiares y de su adscripción a la causa del Islám radical, el americano, musulmán e hijo de inmigrantes afghanos, ¡asesinó esa noche a 50 personas e hirió gravemente a otras 49!¿Qué es lo que disparó la decisión de matar en la mente del asesino? ¿Serían sus verdaderas motivaciones basadas en la homofobia? ¿Por qué el FBI no le prestó más atención oportuna a pesar de las reiteradas señales que dio en relación a la radicalización violenta de sus opiniones y de las amenazas públicas conocidas hoy? ¿Por qué adulteraron las primeras transcripciones, retirando de las mismas su identificación con el terrorismo islámico?Sin duda, en el centro de las explicaciones tienen también lugar las poderosas consecuencias de una versión extendida pero equivocada del concepto de “identidad”. ¿Qué implica y cómo opera este concepto en la mente de los hombres?¿Qué es lo que nos hace únicos, irrepetibles e irremplazables? ¿No somos, acaso, como diría Marx, una compleja síntesis de múltiples determinaciones? Si esto es así, ¿cómo es posible que la simple noción de una identidad singular, personal, religiosa, étnica o nacional, dé lugar a tan acalorados debates; a tan apasionadas y violentas confrontaciones e incluso, como en este caso, a crímenes masivos? ¿De qué manera la violencia y la necesidad de pertenecer se complementan tan estrechamente en tantos casos? ¿Es necesariamente el concepto de “Identidad” un factor que promueve un tribalismo cavernario?El reconocido escritor árabe, Amin Maalouf, considera que una de las posibles respuestas radica en la tendencia humana a esconder o minimizar —en función de la pertenencia reconocida socialmente—, todos los diferentes componentes que forman parte de nuestra historia personal o grupal, excepto aquel rasgo compartido con la cultura dominante, el mismo que resulta sobre expuesto y magnificado en toda oportunidad por el individuo doliente.Es por ello, por ejemplo, que el mestizo boliviano típico, el camba-colla, en lugar de afirmar que es perfectamente posible ser “camba” y “colla” a la vez; que una madre camba y un padre colla son parte indisoluble de su “identidad” en el buen sentido; que el quechua y el español, como vehículos de comunicación y visión del mundo y de la vida enriquecen su vida y la de sus vecinos y amigos; en lugar de todo ello, prefiere actuar como “come colla” o “come camba” llegando, en el mejor de los casos, a admitir que es “mitad” colla y “mitad” camba, como si se pudieran compartamentalizar, de manera fetichista y mecánica, las lealtades derivadas de nuestra historia personal y grupal.Somos los mestizos, sin embargo, quienes, condenados a vivir en esa zona de frontera traspasada por fallas étnicas, religiosas o culturales, podemos desarrollar un rol muy especial y positivo en la construcción de puentes, como mediadores entre diversas comunidades y culturas. Es por ello, como dice Maalouf, que nuestro dilema existencial es tan significativo. Si nosotros mismos no somos capaces de sustentar nuestras múltiples lealtades con valor y dignidad, si somos continuamente presionados a “tomar partido” o a permanecer dentro del cerco estrecho de la tribu, entonces tenemos una gran razón para estar molestos, no solo con aquellos fanáticos y xenófobos de toda laya, sino también con usted y otros como usted que, con una actitud simplista y estrecha, reducen la “identidad” a solo alguna de nuestras filiaciones, especialmente a aquella que es proclamada con rencor y resentimiento.¿Pero acaso no es ésta la mejor receta para una masacre? ¿No es así, apegados a mapas mentales tan simplones y provincianos, como fabricamos asesinos?En muchas ocasiones, en mi experiencia personal, encuentro gente que, ante su incapacidad para sostener una argumentación coherente sobre algún tema, llámese hidrocarburos o autonomía, por ejemplo, recurre al fácil expediente de cuestionar mi apellido materno para colocarme en la posición vulnerable de aquel “forastero” que necesariamente es un enemigo porque tiene lealtad a su propia tribu y no una única “identidad” de boliviano a ultranza. Lo propio ocurre con la adscripción partidaria: “…claro, ¡como es masista!”, o “…por supuesto, ¿no ve que es de derecha?”.Resulta entonces que la “identidad” también sirve para eludir los argumentos necesarios en un debate civilizado: el repetido slogan “soy chapaco y AMO a Tarija”, cursi como suena, es el caballito de batalla de la reacción conservadora tarijeña en la cual se incuban los Mateen de mañana y los pogromos a los barrios collas. Largo camino tenemos todavía por delante los seres humanos para consolidar un nuevo paradigma civilizatorio en el contexto del proceso de cambio.


