Los nuevos caminos del MAS: ¿Hay vida después de la debacle?
La autoidentificación de izquierda no le ha servido para retener el voto popular, que se ha ido a buscar otras alternativas con menos carga ideológica
Cuando el Movimiento Al Socialismo (MAS) llegó al poder de forma exuberante en 2005, los analistas más agudos – o más analistas que operadores – reconocieron la fortaleza de un movimiento que representaba a las grandes mayorías y solo advertía un camino para alejarlo del poder: la desintegración interna. Nunca pareció fácil, pero tampoco se esperaba que durara 20 años.
Durante década y media, la solidez y las magníficas victorias daban la impresión de que la hegemonía no acabaría nunca. En 2016 todo se resquebrajó: el error fue creer que aquel proyecto solo podía dirigirlo Evo Morales. La derrota en el referéndum abrió la brecha, el desconocimiento del resultado la convirtió en un boquete por donde se colaron ingentes cantidades de agua, y las extrañas maniobras de octubre de 2019 hundieron el barco.
El desastroso gobierno de Jeanine Áñez y la pandemia reflotaron la nave con el mismo vigor de siempre, pero fue un espejismo: el ego de Evo Morales y los remordimientos de conciencia por las decisiones tomadas en 2019 – Patria o México – lo convirtieron en Nerón.
El resultado es conocido: un gobierno con más de un 90% de desaprobación, una crisis económica espantosa y cuatro partidos reclamando la primacía del bloque popular en las elecciones, bloque que al final se acabó repartiendo principalmente entre el PDC – que lo interpeló desde coordenadas distintas – y el voto nulo que pidió el líder histórico.
¿El MAS ha muerto?
Muchos políticos y varios periodistas que encomendaron su misión a acabar con el partido azul han proclamado a viva voz que el MAS ha muerto. Otros como Óscar Montes le han dado la vuelta al argumento para asegurar que el MAS “está más vivo que nunca”, en un argumento que reconoce el poder electoral del bloque popular, pero que lo instrumentaliza en una suerte de insulto para arrojárselo a su archienemigo Rodrigo Paz.
Formalmente el MAS ha salvado su sigla, una sigla que entre el TCP y el TSE arrebataron a Evo Morales y entregaron a los simpatizantes de Luis Arce por haber llevado un discreto cabildo fundante en El Alto. El futuro de esa sigla es incierto – Eduardo del Castillo no seguirá en primera plana y sin recursos estatales, difícilmente tendrán vida orgánica útil -.
Por su parte Evo Morales ha anunciado que inicia la campaña para recoger firmas y fundar su propio partido. Ha ganado en diferentes municipios del Trópico y su voto nulo ha sido relevante en las zonas en las que tradicionalmente ganaba el masismo, por lo que no se puede descartar su influencia.
La vía de Andrónico Rodríguez es la que tendrá mayor representación parlamentaria con 8 diputados provenientes de diferentes fuerzas y tendencias. Alianza Popular es informalmente la escisión masista de Álvaro García Linera y su agenda más progresista, pero no ha quedado claro si se consolidarán como fuerza y buscarán presencia en las subnacionales.
Además el Movimiento de Renovación Nacional, Morena, más conocido como “el partido de Eva Copa” que presentó candidatura, no movió un dedo en campaña y acabó retirándose, también tiene una sigla sana con la que concurrir a donde haga falta.
El resto de siglas que alguna vez fueron “´útiles” como Pan Bol o el FPV, y la UCS de Johnny Fernández que jugó hasta el último día para intentar lograr el apoyo del evismo, han desaparecido.
¿El MAS era de izquierda?
Varios analistas coinciden en que el afán por definir al MAS lo ha acabado perjudicando: Una cosa era identificar al enemigo en la derecha, que en Bolivia se refiere más a los asuntos de clase que a los netamente ideológicos o económicos, y otra autoidentificarse con la izquierda en estos tiempos donde TikTok, Milei y las filas en los surtidores son las que definen el concepto.
Álvaro García Linera recorre auditorios de todo el continente donde habla del proyecto progresista que supuestamente lideraron en Bolivia sin que esa definición encuentre asidero con la práctica real del poder al que asistieron los bolivianos. Los tics autoritarios y el intento de intervenir en la economía nacional no tienen relación con un proyecto basado en la redistribución de la riqueza, la igualdad de oportunidades o la construcción de un Estado del Bienestar, sino esencialmente con la mano invisible del mercado luego de que la muy presente del Estado apuntalara privilegios sectoriales.
Una de las grandes reflexiones pendientes en el MAS y en todos aquellos que influyeron en sus gestiones es precisamente esa: determinar cuan a la izquierda estuvieron y cuánto quisieron estar, y en el caso de plantear su resurrección, deben analizar lo mismo.
Los votos de Lara
En esa trampa de definición en la que acabó atrapado el MAS, el PDC de Edman Lara y Rodrigo Paz han acabado por salir ganando mostrando una dirección no tan distinta para el grueso del movimiento popular: capitalismo para todos, aderezada con una serie de promesas anticorrupción, fe y mano dura.
El “capitalismo para todos” es esencialmente la biblia del MAS: sectores administrando su sector, impuestos bajos (si existen), perdonazos, y la novedad de créditos verdaderamente bajos, además de la indefinición como norma general para posicionarse sobre temas como levantar la subvención a los hidrocarburos o9 acudir al FMI.
La cuestión es que no lo llaman “izquierda” e igual funciona.
El futuro ya está aquí, y las definicio0nes, son importantes.





