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Geopolítica de los Juegos Olímpicos: medallas, boicots y nacionalismo

Los Juegos siempre han sido un reflejo de las tensiones geopolíticas globales. Durante la Guerra Fría, EEUU y la URSS compitieron por liderar el medallero y se vetaron mutuamente. Hoy las Olimpiadas son otro escenario más del auge de China, la tensión con Rusia o el conflicto árabe - israelí

Internacional
  • David Gómez para El Orden Mundial
  • 26/07/2024 07:18
Geopolítica de los Juegos Olímpicos: medallas, boicots y nacionalismo
Los Juegos en la Guerra Fría

 La teoría dice que los Juegos Olímpicos son un evento apolítico. La realidad es que la cita olímpica es la competición deportiva que mejor muestra los conflictos y dinámicas internacionales. Las Olimpiadas han sido testigo de nacionalismos, rivalidades ideológicas y entre países, propaganda, lucha social y hasta atentados terroristas. Los Juegos también son una herramienta diplomática: han servido para impulsar negociaciones y el reconocimiento de nuevos Estados, presionar a regímenes como la Sudáfrica del apartheid o promover la paz mediante la llamada tregua olímpica, la tradición de pausar las guerras durante los Juegos. 

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Esta creciente influencia geopolítica se explica en parte por la enorme visibilidad de la competición. Las Olimpiadas son un fenómeno de masas global: en Tokio 2020, el certamen alcanzó una audiencia de 3.050 millones de personas. Pero los Juegos no han estado exentos de polémica. Se han criticado sus raíces elitistas y occidentales, su impacto negativo en las ciudades anfitrionas y el carácter hermético del Comité Olímpico Internacional. A lo largo de la historia han surgido competiciones alternativas, todas con menos éxito; se han producido boicots y vetos cruzados entre países, y a veces la tensión ha llegado a las manos. Más que en ninguna otra cita, las Olimpiadas demuestran que detrás del deporte hay mucha geopolítica.

El proyecto nacionalista de Coubertin y las alternativas obreras

La historia de los Juegos Olímpicos se ha caracterizado por sus contradicciones. Sus orígenes se remontan al siglo XIX. El auge del nacionalismo y del liberalismo hizo que se impulsaran diversas iniciativas para resucitar los Juegos Olímpicos, una competición deportiva celebrada cada cuatro años en el santuario de Olimpia, en la Antigua Grecia, y que reunía a los hombres libres de las polis griegas. Su éxito fue tan notorio que se celebraron durante doce siglos hasta el año 393, cuando el emperador romano Teodosio I los prohibió por su carácter pagano. 

La primera iniciativa para restablecer los Juegos provino del poeta griego Panagiotis Soutsos. Su propuesta tenía un propósito nacionalista. Para Soutsos, recuperar las Olimpiadas ayudaría a definir la identidad nacional de Grecia tras independizarse del Imperio otomano en 1829. Su idea fue respaldada por el millonario griego Evangelos Zappas, que financió su propia versión de los Juegos entre 1859 y 1889. Aunque solo participaban atletas griegos, los Juegos de Zappas difundieron el olimpismo por Europa e inspiraron al barón francés Pierre de Coubertin, fundador de las Olimpiadas modernas.

Coubertin quería fomentar el deporte para promover la paz y el desarrollo moral de los hombres, pero sus tesis también estaban influenciadas por el nacionalismo. Francia había sufrido una humillante derrota en la guerra franco-prusiana de 1870. Coubertin creía que los Juegos mejorarían la condición física de los franceses y los prepararía para otra guerra. Con el respaldo de los principales aristócratas europeos, el barón fundó en 1894 el Comité Olímpico Internacional (COI), que se encargaría de organizar los primeros Juegos dos años más tarde. 

La composición del COI reflejaba la naturaleza elitista de los Juegos Olímpicos, que no ha cambiado mucho desde entonces. Entre sus primeros miembros había dos condes, un lord y el propio barón Coubertin. Actualmente, el COI cuenta con 105 miembros y 38 miembros honorarios, entre los que se encuentran el príncipe Alberto II de Mónaco, el emir de Catar, el rey Guillermo de Países Bajos o el rey Federico X de Dinamarca. Ello lo convierte en uno de los últimos vestigios de la realeza europea. El COI llegó incluso a tener como miembro de honor al exsecretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger, el perejil de todas las salsas en la política internacional de la Guerra Fría. 

Este elitismo hizo que los primeros Juegos fueran excluyentes. Coubertin se opuso a la participación de las mujeres y defendía el amateurismo, lo que implicaba que no se admitía a deportistas profesionales. Esto impedía participar a los trabajadores, ya que sólo la aristocracia contaba con los recursos económicos suficientes para practicar deportes de forma amateur. Asimismo, el barón tenía una visión del mundo eurocéntrica e imperialista. Creía que los europeos eran una raza superior y quería que los países africanos participaran en las Olimpiadas pero solo como forma de impulsar su “civilización”.

Como respuesta, el feminismo y la clase trabajadora promovieron sus propias versiones de los Juegos Olímpicos. La Federación Deportiva Femenina Internacional creó los Juegos Mundiales de la Mujer en 1922 tras la negativa del COI a incluir a las mujeres en las pruebas de atletismo. Esta competición se celebraría en cuatro ocasiones, hasta 1934. Con todo, las principales alternativas al proyecto de Coubertin procedieron del movimiento obrero, que pretendía convertir el deporte en un vehículo de movilización política y alejarse de los tintes capitalistas y nacionalistas de los Juegos Olímpicos.

La iniciativa olímpica obrera más conocida fue la Olimpiada Internacional de los Trabajadores, organizada por la Internacional Deportiva Obrero Socialista entre 1921 y 1935. En ella, se sustituyeron las banderas e himnos nacionales por enseñas rojas y La Internacional. La Unión Soviética también creó su versión de las Olimpiadas, las Espartaquiadas Internacionales, entre 1928 y 1931, ya que consideraba los Juegos una competición burguesa y capitalista.

Aunque la propuesta más ambiciosa fue la Olimpiada Popular de Barcelona de 1936. Esta competición, impulsada por el Gobierno de la Segunda República española, reunió a deportistas europeos de izquierdas y a judíos exiliados para crear un frente común contra el nazismo, que organizaría los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. Sin embargo, la Olimpiada de Barcelona no llegó a celebrarse, abortada por el estallido de la guerra civil española pocos días antes de su inauguración.

Los Juegos, un campo de batalla para las grandes potencias

Desde sus inicios, los Juegos se vieron afectados por las tensiones nacionalistas en Europa. A la propia naturaleza de la competición, que alentaba la competencia entre países, se sumó el contexto prebélico de sus primeros años. Las rencillas heredadas de la Primera Guerra Mundial se proyectaron en las Olimpiadas de Amberes 1920. Países como Alemania, Austria, Hungría o Turquía, derrotados en el conflicto, no fueron invitados a la cita. Estos países tampoco habían sido incluidos en la nueva Sociedad de Naciones, la mejor prueba de la escasa intención que tenían los vencedores de la Gran Guerra de integrar a los vencidos y olvidar las dinámicas revanchistas.

Cuando por fin Alemania fue admitida, respondió a su marginación inicial con un derroche de recursos y nacionalismo. Los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 fueron el escaparate del poderío de la Alemania nazi. Al principio Adolf Hitler se había opuesto a los Juegos, definiéndolos como “un complot contra la raza aria por parte de masones y judíos”. Sin embargo, después el Führer vio en ellos una oportunidad para mostrar el renacimiento alemán y blanquear su régimen, que un año antes había aprobado las leyes de Núremberg contra los judíos. Pese a las peticiones de boicot, los Juegos de Berlín fueron un éxito para la propaganda nazi. Solo una cosa manchó la victoria de Hitler: Jesse Owens, el atleta afroamericano que desafió la teoría de la supremacía racial aria ganando cuatro medallas de oro.

Las Olimpiadas se transformaron definitivamente en una lucha geopolítica durante la Guerra Fría. La URSS se incorporó a los Juegos en 1952 para demostrar la superioridad del sistema comunista. Durante estos años, las rivalidades geopolíticas se trasladaron a las pruebas deportivas. En los Juegos de Melbourne 1956, celebrados semanas después de que los tanques soviéticos reprimieran la Revolución húngara, la selección de Hungría se vengó derrotando a la URSS en waterpolo masculino. Aquel partido, conocido como el “Baño sangriento”, acabaría en una batalla campal entre los jugadores.

Durante toda la Guerra Fría, Estados Unidos y la URSS rivalizaron en el medallero, que acabaron ganando los soviéticos. La Unión Soviética tendría su mayor momento de gloria en los Juegos de Múnich 1972. En aquella ocasión, su selección de baloncesto masculino derrotó a Estados Unidos, la gran favorita, con una canasta en el último segundo. Tal fue el fervor soviético que su líder, Leonid Brézhnev, llegó a afirmar: “Ahora sé que Dios existe”. Pese a todo, los Juegos también ofrecieron un pequeño espacio para la distensión. Pese a que Alemania había quedado dividida tras la Segunda Guerra Mundial, ambos países compitieron unidos entre 1956 y 1964. 

El enfrentamiento entre bloques también provocó los primeros boicots. España, Países Bajos y Suiza rechazaron participar en la edición de 1956 como protesta por la represión soviética en Hungría. El punto álgido de estos vetos se produjo en Moscú 1980, cuando Estados Unidos encabezó un boicot de sesenta países para protestar por la invasión soviética de Afganistán de 1979. Cuatro años más tarde, la URSS respondió ausentándose de Los Ángeles 1984 e impulsó su propio certamen para ese año: los Juegos de la Amistad. 

Los países “no alineados”, que trataban de huir de la lógica de bloques de la Guerra Fría, también trasladaron esta idea a las Olimpiadas. Varios Estados impulsaron los Juegos de las Nuevas Fuerzas Emergentes (Ganefo, por sus siglas en inglés). Los Ganefo fueron una iniciativa impulsada por el presidente de Indonesia, Sukarno, después de que el COI vetara a su país por no invitar ni a Taiwán ni a Israel a los Juegos Asiáticos de Yakarta en 1962. Según Sukarno, su propósito era contrarrestar la influencia imperialista y occidental de los Juegos Olímpicos. Los Ganefo contaron con 51 países participantes en su primera edición, en 1962, pero no sobrevivieron a su debut. El gran coste económico y el derrocamiento de Sukarno en 1967, a manos de un general prooccidental, Suharto, echaron al traste los planes.

Aunque quizá uno de los momentos políticos más icónicos de los Juegos no tuvo que ver con geopolítica sino con reivindicaciones sociales. Dos atletas afroamericanos, Tommie Smith y John Carlos, alzaron el puño en las Olimpiadas de 1968. En pleno auge del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, los deportistas realizaron el saludo del Poder Negro contra la segregación racial. No fueron los únicos que encontraron en el deporte un espacio para la protesta. En esa misma edición, la atleta checoslovaca Věra Čáslavská agachó la cabeza mientras sonaba el himno de la URSS, que meses antes había invadido Checoslovaquia para acabar con la revolución reformista de la Primavera de Praga.

De Palestina a Taiwán: los grandes conflictos nacionales de los Juegos Olímpicos

El choque entre Estados Unidos y la Unión Soviética no fue el único de los Juegos. Entre medias, emergieron dos de los conflictos más importantes de la historia olímpica: el conflicto árabe-israelí y el de China con Taiwán. Desde los años treinta las comunidades árabes y judías de Palestina habían usado el deporte como herramienta para obtener reconocimiento internacional. Por ello, tras declarar su independencia en 1948, Israel intentó participar en los Juegos Olímpicos. 

Pero tuvo que esperar hasta 1952, y entonces comenzó una historia de boicots y protestas impulsadas por los países árabes. La primera se dio en 1956, cuando Egipto, Siria y Líbano renunciaron a participar tras la guerra de Suez, en la que Reino Unido y Francia se unieron a Israel en una coalición militar contra Egipto. El rechazo árabe a Israel en los Juegos alcanzó su clímax tras la guerra de los Seis Días de 1967, en la que el Estado israelí inició la ocupación ilegal de los territorios palestinos. Como respuesta, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) lanzó una campaña de ataques terroristas contra objetivos israelíes en todo el mundo. 

El más famoso de ellos es también uno de los momentos más trágicos de la historia olímpica. Durante los Juegos de Múnich 1972, la organización palestina Septiembre Negro secuestró y asesinó a once miembros del equipo olímpico israelí. El atentado adquirió mayor simbolismo al producirse en Alemania, que organizaba sus primeros Juegos tras el Holocausto y buscaba limpiar su imagen. Paralelamente, los países árabes estaban utilizando el deporte para aislar diplomáticamente a Israel. Dos años más tarde, en 1974, Israel fue expulsada de la Confederación Asiática de Fútbol y del Comité Olímpico Asiático, la filial regional del COI. Años después, ambas organizaciones incluirían a Palestina como miembro.

Con todo, Palestina no sería reconocida como miembro del COI hasta 1993, un paso que la ONU todavía no ha dado. La firma de los Acuerdos de paz de Oslo de 1993 propició el debut de Palestina en los Juegos de Atlanta 1996. Desde entonces, las Olimpiadas han sido un instrumento fundamental de Palestina para ganar apoyos internacionales. No es el único país que lo ha hecho: el acceso al COI sirve a otros territorios sin Estado para visibilizar y legitimar su causa nacional. De hecho, el número de comités olímpicos nacionales reconocidos por el COI (206) es superior al número de miembros de la ONU (193). Entre ellos, además de Palestina, están Kosovo, Taiwán o Hong Kong. 

Palestina además ha usado los Juegos para denunciar los abusos de Israel. Los palestinos presionan al resto de países para aislar a Tel Aviv y forzarle a acabar con su ocupación. Esta campaña se inspira en el bloqueo de la Sudáfrica del apartheid, vetada de los Juegos entre 1964 y 1992. Aquella expulsión reforzó el aislamiento del régimen sudafricano y contribuyó a su caída. Israel, por el contrario, no ha sido vetada. La participación de atletas israelíes en los Juegos de París 2024, mientras Israel arrasa la Franja de Gaza, es una de las más polémicas que se recuerdan.

El debut de Israel en 1952 coincidió con el de la República Popular China. Su entrada en los Juegos Olímpicos estuvo influida por su conflicto con Taiwán. Las hostilidades entre Pekín y Taipéi comenzaron en 1949, después de que los comunistas derrotaran a los nacionalistas del Kuomintang en la guerra civil china. Tras su victoria, los comunistas fundaron la República Popular China, mientras que los nacionalistas se exiliaron en la isla de Taiwán, que sigue siendo independiente de facto bajo el nombre de República de China. Ambos se reivindican como la China legítima, reclaman todo el territorio chino y han usado los Juegos como frente de batalla.

Al principio el COI permitió que ambos utilizaran el nombre de China en los Juegos. Sin embargo, Pekín optó por retirarse en 1956 en protesta por la participación de Taipéi. En 1959, el COI decidió que la República de China tendría que competir con el nombre de Taiwán. El cambio de criterio estuvo influido por los miembros soviéticos del COI, que argumentaron que no se podía identificar a la República de China con el comité olímpico nacional chino, pues no controlaba el deporte en la China continental, la porción más grande del país. La respuesta taiwanesa fue lucir una pancarta en la ceremonia de apertura de los Juegos de 1960 con el lema “Bajo protesta”. 

Pero Taiwán ha sufrido más derrotas diplomáticas en los Juegos. Taipéi se retiró de Montreal 1976 después de que el Gobierno de Canadá, que reconocía a la República Popular China, prohibiera a Taiwán usar el nombre de China. En aquellos años el régimen de Pekín había empezado a ganar peso internacional, normalizando sus relaciones con Occidente y obteniendo el asiento de China en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que hasta entonces había controlado el Gobierno taiwanés. Debido a su pérdida de apoyos, Taiwán acordó con el COI en 1979 competir en los Juegos bajo el nombre de China Taipéi, que mantiene todavía.

Auge de los BRICS, vetos a Rusia y tensión por Gaza: los Juegos Olímpicos en la actualidad

Los Juegos Olímpicos también han servido como plataforma para reforzar la proyección internacional de los países organizadores, especialmente a partir de los ochenta. La celebración del certamen en países como Yugoslavia (Juegos de Invierno de Sarajevo 1984), Corea del Sur (Seúl 1988) o España sirvió para exhibir su cohesión nacional y desarrollo en la escena internacional. Los Juegos de Sarajevo se recuerdan como un espejismo de unidad yugoslava antes de las terribles guerras de los noventa. Barcelona 1992, por su parte, simbolizó el auge del país tras el fin de la dictadura franquista, la llegada de la democracia y la entrada en la Comunidad Económica Europea.

La Guerra Fría terminó en 1991, pero las Olimpiadas han seguido revelando las dinámicas internacionales del momento. Los Ángeles 1984 fueron los primeros Juegos en financiarse con capital privado, en línea con el auge del neoliberalismo durante la presidencia de Ronald Reagan en Estados Unidos. Con la caída de la URSS en 1991 y la victoria de la economía de mercado, los Juegos también afianzaron su nuevo modelo capitalista, lo que llevó al COI a variar sus criterios de selección de sedes. 

Los organizadores dejaron de rotar entre las principales potencias y comenzaron a priorizar los intereses económicos y comerciales. Pusieron el foco en las economías emergentes que anhelaban ganar peso en la escena internacional. De esta manera, los BRICS monopolizaron la asignación de las sedes olímpicas a principios de los 2000. Ciudades como Pekín, Sochi (Rusia) o Río de Janeiro ofrecían enormes oportunidades de negocio, ya que obligaban a construir las infraestructuras desde cero. Además, permitía a países como China o Rusia proyectarse como potencias en ascenso también a través del deporte.

El auge de China ha marcado la geopolítica olímpica durante las últimas décadas. Pekín consolidó su imagen de potencia global con la organización de los Juegos de 2008. Desde entonces, China se ha erigido como el principal adversario de Estados Unidos en la competición. La rivalidad geopolítica entre el Gobierno chino y Washington se evidenció en los Juegos de invierno de Pekín 2022, cuando Estados Unidos impulsó un boicot diplomático para denunciar la persecución china a la minoría uigur. El escaso seguimiento del boicot mostró la creciente influencia mundial de China.

El otro gran evento que ha salpicado de política los Juegos han sido las tensiones con Rusia. Desde 2008, el Kremlin ha roto la tregua olímpica en tres ocasiones. Primero invadió Georgia en 2008. En 2014, solo unos días después de albergar los Juegos de invierno en Sochi, Rusia ocupó la península ucraniana de Crimea, que después se anexionaría ilegalmente. Y en 2022 invadió toda Ucrania, una guerra que sigue abierta más de dos años después. 

Las represalias del COI han llegado tras esta última agresión. Rusia y Bielorrusia, estrecho aliado del Kremlin, están sancionadas y no podrán participar en los Juegos de París. Los atletas rusos y bielorrusos competirán bajo las siglas de los Atletas Individuales Neutrales (AIN). Al igual que la URSS, la respuesta de Moscú ha sido lanzar sus propias competiciones deportivas. Este año, Rusia ha acogido los Juegos BRICS, y estaba previsto que albergara unos Juegos Mundiales de la Amistad, imitando a la URSS en 1984.

Sin embargo, el principal punto de tensión de estos Juegos Olímpicos de París volverán a ser por el conflicto entre Israel y Palestina. Cientos de personas exigieron en junio la expulsión del equipo olímpico israelí por su ofensiva en la Franja de Gaza, que ha matado a casi 40.000 personas. Pese a ello, a diferencia de Rusia, el COI sí ha confirmado la participación israelí en el certamen. Países como Francia y China han pedido a Tel Aviv que respete la tregua olímpica, lo que daría margen para avanzar en las conversaciones de paz sobre Gaza. Pase lo que pase, el ejemplo palestino-israelí demuestra que los Juegos hace tiempo que dejaron de ser apolíticos, si es que alguna vez lo fueron.

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