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Mediterráneo: Todos los cambios
Este texto forma parte del boletín Mediterráneo que cada viernes distribuye el director Jesús Cantín conectando la coyuntura internacional con la actualidad nacional. Si quieres recibirlo directamente en tu correo, suscríbete
Estimados y estimadas,
A veces la historia avanza por grandes consensos ideológicos. Otras veces simplemente avanza por agotamiento. América Latina parece estar entrando en uno de esos momentos.
Esta semana finalmente se confirmó la victoria de Keiko Fujimori en Perú, cerrando una elección agónica que durante semanas mantuvo al país en vilo. No es un hecho aislado. Se suma al triunfo de Abelardo de la Espriella en Colombia, al ascenso previo de José Antonio Kast en Chile, de Javier Milei en Argentina, y a una tendencia regional cada vez más visible: el desplazamiento del centro político hacia fórmulas más duras, más confrontacionales y mucho menos preocupadas por las formas democráticas tradicionales.
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En Bolivia aparentemente no ganó esa fórmula. Rodrigo Paz apostaba en campaña por una suerte de post – masismo tranquilo en el que se fueran introduciendo las reformas necesarias con consensos amplios; pero todo cambió ni bien asumió el poder de forma oficial.
Muchos analistas están definiendo este momento como la “bukelización” de América Latina, en referencia al presidente de El Salvador Nayib Bukele, cuya combinación de mano dura, militarización de la seguridad, hiperpersonalización del liderazgo y uso intensivo de redes sociales se ha convertido en una especie de nuevo manual político regional. Quizá no es tan distinto del de otros líderes anteriores, incluyendo al propio Trump, pero tiene unas características muy específicas.
- En la FES ya se hablaba de esto hace unos años: El «modelo Bukele» que recorre América Latina
Bukele aprovechó el caos de la seguridad para imponer su ley. Otros candidatos después han logrado incluso configurar ese escenario para justificar su propia candidatura, pero sería un error reducir todo el fenómeno a un problema de inseguridad.
Lo que estamos viendo en el continente – en Bolivia hay fenómenos endógenos con su propia dinámica de tensión - es probablemente algo más profundo: un agotamiento generalizado con las élites tradicionales, una creciente frustración económica, el deterioro institucional acumulado durante años y una ciudadanía cada vez más dispuesta a sacrificar controles democráticos a cambio de la promesa — aunque sea ilusoria — de orden, estabilidad y resultados inmediatos.
No es casualidad que buena parte de estos nuevos liderazgos compartan además una creciente afinidad política con Donald Trump, que ha impuesto un protagonismo hemisférico impulsando una agenda regional mucho más agresiva en migración, seguridad y contención geopolítica frente a China; de momento plagada de promesas con muy pocas concreciones. Y es que el problema, claro, es que la historia latinoamericana tiene larga experiencia en depositar demasiadas expectativas en líderes providenciales.
En Bolivia, donde todavía seguimos atrapados en una crisis política y económica que no encuentra salida, conviene mirar estas señales con atención. Porque cuando las democracias empiezan a dejar de ofrecer respuestas, el electorado suele empezar a buscar otra cosa, y el problema actual, en el que el gobierno trata de imponer una narrativa absolutamente distinta a la que lo llevó al poder, alimenta precisamente ese descrédito en el sistema. La respuesta no suele ser la moderación, peor si es la “moderación” la que decepciona.
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En este Mediterráneo vamos a hablar de los 250 años de Estados Unidos; de lo que pasa en Cuba y un poquito del mundo de las criptomonedas.
Aprovecho para anunciarles una pequeña pausa del boletín por asuntos de conciliación en este mes de julio. Salvo que se desate algún tipo de apocalipsis, nos volvemos a leer en agosto.
250 años de EEUU: Trump y Donroe
¿Qué pasó?
Estados Unidos llega este 4 de julio de 2026 a una fecha cargada de simbolismo: el 250 aniversario de su Declaración de Independencia, el documento que en 1776 sentó las bases ideológicas de la democracia liberal moderna y convirtió a la joven república en referencia global de libertad, derechos individuales y autogobierno. Los siguientes 50 años fueron referencia en las luchas de emancipación.
Sin embargo, la conmemoración coincide con un momento particularmente paradójico. Donald Trump, en su segundo mandato no consecutivo, no representa tanto una anomalía política como el resurgimiento de una tradición histórica profundamente arraigada en la cultura política estadounidense: el nacionalismo populista, basado en la idea de que el país debe protegerse frente a amenazas externas que ponen en riesgo su prosperidad y su poder.
En términos históricos, el llamado trumpismo cuestiona el modelo de liderazgo global construido por Washington después de 1945, cuando Estados Unidos se convirtió en arquitecto del orden liberal internacional basado en alianzas permanentes, organismos multilaterales y expansión democrática.
En su lugar, Trump ha recuperado una lógica mucho más antigua: America First, desconfianza hacia alianzas costosas, priorización del interés nacional inmediato y una visión del mundo organizada en esferas de influencia, donde las grandes potencias imponen reglas en sus respectivas zonas geográficas.
No es casualidad que su nueva National Resilience Strategy 2026 haya sido presentada precisamente en el marco de esta celebración histórica.
¿Y ahora qué?
La gran novedad es que Washington parece haber abandonado definitivamente la idea de ser garante del orden global para pasar a una lógica más cruda de poder: unilateralismo, coerción y control territorial indirecto.
La reciente intervención estadounidense en Venezuela terminó de confirmar este cambio doctrinal. La Casa Blanca dejó claro que considera el hemisferio occidental una zona estratégica exclusiva, reinterpretando la histórica Doctrina Monroe – ahora Donroe – con un objetivo prioritario: impedir que potencias externas —especialmente China— consoliden posiciones en América Latina.
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En esta visión, el problema central ya no es únicamente Rusia o Medio Oriente. La verdadera competencia estratégica es con China, cuya expansión comercial, tecnológica y financiera en América Latina durante los últimos 20 años con lógicas Sur – Sur mucho más pragmáticas preocupa profundamente a Washington.
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Trump está modificando así uno de los pilares centrales de la política exterior estadounidense del último siglo. El paradigma basado en cooperación internacional e institucionalidad multilateral, cede paso a un modelo más cercano al realismo clásico: los países poderosos ejercen dominio directo sobre su entorno y ya está.
Paradójicamente, el país que durante décadas exportó democracia liberal parece ahora aceptar un sistema internacional menos cooperativo y mucho más transaccional.
¿Qué hay de lo nuestro?
Para América Latina, este giro implica más riesgos que oportunidades.
La primera conclusión es evidente: Estados Unidos vuelve a mirar seriamente a la región, pero no desde la lógica tradicional de cooperación o desarrollo, sino desde una agenda mucho más instrumental centrada en seguridad, narcotráfico, migración y competencia con China. Apostar a que Trump solvente las dificultades económicas o estructurales de este lado del mundo, al calor de su conducta desde que tomó posesión, es sin duda una ingenuidad.
La creciente influencia china en infraestructura, telecomunicaciones, minería estratégica y energía ha encendido todas las alarmas en Washington. Pekín es el principal socio comercial de gran parte de Sudamérica y mantiene inversiones clave en sectores “sensibles” que en EEUU consideran propios.
Para gobiernos alineados ideológicamente con Trump —como Javier Milei, Daniel Noboa o incluso Nayib Bukele— esto debería traducirse en mayor cooperación política, financiera y militar, pero lo cierto es que la cuenta de resultados sigue saliendo negativa en la mayoría de países, que han concedido mucho más de lo que han recibido.
Bolivia está a punto de restaurar embajadores, ha abierto las puertas a la DEA y a Starlink, con lo que supone para la soberanía tecnológica. Mientras se alistan modelos de “fast track” y concesiones que no choquen demasiado con las promesas. La “contraparte” es sin embargo imperceptible.
Para otros gobiernos, el escenario es más complejo. Washington podría endurecer su presión sobre países que considera cercanos a Pekín o políticamente incómodos, como Brasil o Mexico, que son de los pocos no alineados aun al “Escudo de las Américas”.
A 250 años de aquella declaración que proclamó que “todos los hombres son creados iguales”, Estados Unidos vuelve a redefinir su papel en el mundo.
La pregunta ya no es si Trump representa una excepción. La pregunta es si el país que inventó buena parte del orden liberal contemporáneo está liderando, al mismo tiempo, su desmontaje.
Cuba y su giro
¿Qué pasó?
Cuba acaba de aprobar el mayor paquete de reformas económicas de su historia reciente: 176 medidas que desmontan buena parte del modelo clásico de planificación socialista y abren espacio a mecanismos de mercado que hasta hace pocos años eran políticamente impensables.
La reforma permite ampliar la propiedad privada, eliminar límites al crecimiento empresarial, autorizar banca privada, flexibilizar el acceso a divisas, abrir sectores estatales al capital extranjero e incluso permitir la compra de acciones en empresas públicas.
No es exactamente una renuncia ideológica del régimen encabezado por Miguel Díaz-Canel, sino una admisión práctica: el modelo económico cubano, tal como existía, ha llegado a un punto de agotamiento crítico después de décadas de bloqueo y hostigamiento que ha derivado en apagones, inflación, migración, etc., y que terminó forzando una decisión que durante décadas el Partido Comunista evitó.
¿Ahora qué?
La gran pregunta es qué tipo de transformación está iniciando Cuba.
En apariencia, el gobierno intenta replicar el modelo de China y Vietnam: apertura económica gradual, expansión del sector privado, atracción de capital extranjero y mantenimiento del monopolio político del partido único.
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Pero las condiciones son radicalmente distintas.
China inició sus reformas bajo el liderazgo de Deng Xiaoping en un momento de expansión global, con abundante mano de obra, estabilidad demográfica y sin sanciones externas comparables. Cuba llega tarde, envejecida demográficamente, sin energía, con fuga masiva de talento y bajo fuerte presión de Washington.
Por eso algunos analistas ven otro precedente más inquietante: la Perestroika soviética.
El riesgo no es solamente económico. Cuando sistemas altamente centralizados abren parcialmente mercados sin reformar instituciones, suelen aparecer fenómenos conocidos: concentración rápida de riqueza, surgimiento de élites conectadas al poder, debilitamiento estatal y aumento de desigualdades.
Paradójicamente, la apertura diseñada para salvar al sistema puede terminar erosionándolo.
¿Qué hay de lo nuestro?
Lo ocurrido en Cuba dice mucho más sobre América Latina que sobre Cuba misma.
Estamos viendo cómo incluso uno de los últimos símbolos históricos del socialismo latinoamericano termina aceptando algo que la región lleva décadas experimentando: los modelos ideológicos rígidos están cediendo frente a las urgencias económicas.
Pero hay además una dimensión geopolítica evidente.
La presión de Donald Trump sobre Cuba no parece buscar únicamente el colapso del régimen, sino precisamente lo que hablábamos en la columna anterior: forzar una apertura económica progresiva bajo condiciones favorables a Washington similar a los que ha sucedido en Venezuela y Panamá o en otros puntos buscando el control indirecto de sectores estratégicos donde compite con China.
Para América Latina queda una lección incómoda.
Durante décadas, izquierda y derecha discutieron modelos económicos en términos ideológicos. Hoy el escenario parece distinto: las grandes potencias están empezando a redefinir economías enteras a partir de intereses estratégicos, recursos naturales y control geopolítico.
Cuba abre su economía porque no tiene alternativa. La cuestión es cuántos más en la región lo harán de una u otra forma no por decisión soberana sino por presión. Bolivia parece estar en esa lista.
Para seguir: Poder cripto
Las criptomonedas ya no son solo un activo financiero: se están convirtiendo en un actor político. Donald Trump, que hace apenas cinco años las calificaba de "estafa", declaró haber obtenido más de 1.000 millones de dólares gracias a negocios vinculados al sector, mientras su administración impulsa una regulación mucho más favorable. Casos similares salpican a dirigentes como Javier Milei, Nigel Farage o políticos europeos, evidenciando la creciente conexión entre dinero digital y poder.
El atractivo de las criptomonedas para la política es evidente: permiten movilizar grandes recursos con rapidez y a través de fronteras, pero también dificultan rastrear el origen de las donaciones y aumentan los riesgos de influencia opaca en campañas electorales. Al mismo tiempo, la industria cripto se consolida como un poderoso grupo de presión para moldear las futuras regulaciones.
La pregunta es si estamos asistiendo al nacimiento de una nueva forma de financiación política o a la antesala de una regulación mucho más estricta. ¿Acabarán las criptomonedas integrándose plenamente en el sistema financiero y electoral o provocarán una reacción de los Estados para recuperar el control sobre el dinero y la transparencia democrática?
LAS RECOMENDADAS
Como les decía, voy a tomar una pequeña pausa en julio, por lo que les dejo varias lecturas y más que nada, páginas de referencia.
- Por ejemplo, aquí están los 15 reportajes finalistas del premio Gabo. Periodismo de alto voltaje: Los 15 finalistas del Premio Gabo 2026 sacan a la luz los sistemas de poder que operan fuera del escrutinio público en Iberoamérica
- En IPS hay gran cantidad de reportajes que exploran más allá de la coyuntura: El río Tijuana, la historia de una promesa ambiental incumplida en México
- En estos tiempos de Mundial está buenísimo el pódcast de El Orden Mundial y Panenka, que va más allá del fútbol: Vuelve ‘Real Politik FC’, el pódcast sobre geopolítica a través del fútbol
- En Anfibia los ensayos siempre tocan la fibra: Guerras sin victorias. Ni vencedores ni vencidos
- Por El Faro hay que pasar al menos una vez al mes, porque siempre hay buen material en un medio muy asediado: ¿Alguien algún día pagará por esto?
- De El Salto los temas de migración son precisos: Fin del plazo de la regularización extraordinaria: acecho judicial, críticas en Europa y barreras burocráticas
- Y bueno, no olviden pasar también por elpais.bo, donde seguimos publicando reportajes de fondo sobre los temas que afectan de verdad a los ciudadanos: Trabajar a ciegas, la informalidad que vacía las pensiones bolivianas
Nos vemos pronto, muchas gracias siempre por leernos aunque sea un poquito.
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Nos vemos en las calles








