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Mediterráneo: Auge y declive de los extremos
Este texto forma parte del boletín Mediterráneo que cada viernes envía el director Jesús Cantín conectando la actualidad internacional con la coyuntura nacional. Si quieres recibirlo directamente en tu correo, suscríbete
Estimados y estimadas,
Hoy voy a hacer un Mediterráneo periférico, fundamentalmente porque las agencias y medios internacionales se han volcado sobre la tragedia en Venezuela que no tiene nada de geopolítico, y también porque se ha instalado el modo verano en el hemisferio occidental y la actividad baja.
Además, porque quiero condensar en esta introducción los otros grandes temas de la semana: La victoria de Abelardo de la Espriella en Colombia y el aparente fin de conteo oficial en Perú, que, salvo sorpresa, dejará a Keiko Fujimori en el poder.
Iván Cepeda se resistió y Gustavo Petro todavía sigue alegando cuestiones de fraude y guerra sucia, pero finalmente el candidato de la izquierda concedió el triunfo al enésimo producto de la nueva derecha que llega al Gobierno con discursos populistas y promesas de mano dura. Un producto que mezcla el trumpismo y el bukelismo y le añade algunos condimentos del mileísmo, pero no demasiados: la nueva derecha colombiana tampoco es libertaria.
El producto “Keiko Fujimori” es un poco distinto, básicamente porque es heredera de uno de los que inspiran ese discurso de “mano dura” y que arrasó el país en los 90. Sí comparten los discursos “anticomunistas”, que esta vez sí parece van a servir para ganar por la mínima – en 2021 fue al revés – al representante del movimiento nacional popular, Roberto Sánchez, no tan heredero, pero heredero al fin, de Pedro Castillo.
El fenómeno democrático en Perú es muy particular. Tras ocho presidentes en diez años, los vecinos parece que han aceptado darle la presidencia a quien se supone ha sido el eje de la conspiración permanente en el país desde un Congreso Unicameral con el poder de votar la vacancia del presidente – alguna vez habría que experimentar ese poder en Bolivia -. En los primeros vaivenes, los analistas aseguraban que la economía nacional resistía al margen de la crisis política porque estaba “muy bien institucionalizada”, pero el deterioro es progresivo en la macro, y además se ha instalado una corriente de inseguridad ciudadana al calor de la reorganización narco y las mafias de la minería ilegal que le dejan a la hija del dictador un panorama nada fácil de gestionar.
Un poco lo mismo va a encontrar De la Espriella. Las legislaturas en Colombia son cortas – 4 años -, el Congreso está hiperfragmentado y el primer gobierno de izquierda, el de Petro, ha hecho algunas reformas profundas que tendrán difícil retroceso.
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La elección en cualquier caso consolida el vuelco de la región hacia la nueva derecha, pero siguen emergiendo dudas.
De Rodrigo Paz, que llegó a esa entente disimulando en campaña, está todo escrito: ha perdido legitimidad democrática y credibilidad tras 50 días sin poder resolver un conflicto que tiene por origen esa distancia entre lo prometido y lo ejecutado, pero hay más.
Daniel Noboa, recién reelecto, atraviesa también la enésima crisis. Esta vez se plantea el revocatorio de mandato.
En Perú, José Antonio Kast ha registrado una fuerte caída de popularidad en apenas 100 días en las que ha puesto en marcha una serie de reformas que benefician a los sectores más ricos, mientras que ha validado otras, como la de seguridad de Boric, que fue caballo de batalla en campaña.
La semana pasada nos preguntábamos sobre este fenómeno, pero conviene huir de los absolutos. También de culpar simplemente a las redes. Es posible que seamos más críticos y a la vez, más necesitados de respuestas simples.
Como sea, nunca ha estado tan a la vista esto del auge y caída en tiempo récord. Quizá nunca fue tan fácil salir de la nada y subir; quizá tampoco lo fue arruinarlo todo a poco que asumen poderes y se abre la boca.
Dicho esto, analizamos dos temas que están de forma tangencial en las primeras páginas, pero que nos tocan: Los 10 años del Brexit, que viene a ser el primer gran evento operado por la desinformación y que dejó tremendas consecuencias; y también la guerra olvidada de Sudán que sí, se trata, como siempre, del expolio.
Brexit +10: Reino Unido sigue buscando qué ser
¿Qué pasó?
Diez años después del referéndum que decidió la salida del Reino Unido de la Unión Europea, el Brexit vuelve a dominar la conversación política británica, pero esta vez no por nostalgia soberanista sino por todo lo contrario: ¿Es posible el retorno?
La crisis se ha reactivado tras la dimisión del primer ministro Keir Starmer, que deja al país encaminado hacia su séptimo jefe de gobierno en apenas una década, una rotación inédita en la historia política moderna británica (y cercana al récord de Perú). Todo apunta a que el laborista Andy Burnham asumirá el poder en cuestión de semanas, probablemente sin elecciones generales, en otra muestra de la volatilidad institucional que se instaló desde aquel referéndum convocado por David Cameron en 2016.
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El Brexit, que ganó con el 51,9% de los votos bajo la promesa de “recuperar el control”, no ha producido el renacimiento económico que prometían sus impulsores. La economía británica crece por debajo del 1%, la deuda pública roza el 94% del PIB, la productividad sigue estancada y varios estudios estiman que el país es hoy entre un 6% y un 8% más pequeño económicamente de lo que habría sido permaneciendo dentro de la Unión Europea.
Paradójicamente, uno de los argumentos centrales del Brexit — frenar la inmigración — tampoco se cumplió. El Reino Unido redujo drásticamente la llegada de europeos, pero terminó reemplazándolos por trabajadores provenientes de India, Nigeria, Pakistán o China. La migración neta llegó a triplicarse respecto a los niveles previos al referéndum antes de volver a moderarse.
¿Y ahora qué?
El problema central ya no es económico sino político. El Brexit (aunque no solo) destruyó el viejo sistema bipartidista británico y abrió una nueva fractura ideológica que sigue reconfigurando el país.
El gran beneficiado de este proceso fue Nigel Farage, arquitecto político del Brexit y hoy líder de Reform UK, partido de derecha radical que encabeza las encuestas con cerca del 25% de intención de voto, por delante tanto del Partido Laborista como de los Conservadores. Es, una vez más, el enésimo experimento de esa derecha “a lo Trump” que cincela sus liderazgos en cada coyuntura y que hace no mucho parecía cerca de asaltar el poder y hoy ya son realidades.
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En paralelo, crece una paradoja política: alrededor del 60% de los británicos afirma ahora que preferiría volver a formar parte de la Unión Europea, pero ese electorado proeuropeo está fragmentado entre laboristas, verdes, liberales y nacionalistas regionales.
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La llegada probable de Burnham podría modificar parte de esa estrategia. A diferencia de Starmer, que evitó reabrir el debate europeo, Burnham representa una izquierda más pragmática, favorable a reconstruir relaciones económicas más estrechas con Bruselas. El problema es que hacerlo demasiado rápido podría empujar todavía más votantes hacia Farage.
Mientras tanto, Londres sigue atrapado en una indefinición estratégica: ya no forma parte de Europa políticamente, pero tampoco logra construir una autonomía real. Sigue dependiendo militarmente de Estados Unidos, necesita cooperación con Bruselas en defensa y comercio, pero no encuentra una doctrina clara sobre qué papel quiere jugar en un mundo crecientemente multipolar.
En otras palabras: el Brexit resolvió una discusión institucional, pero abrió una crisis permanente sobre la identidad británica.
¿Qué hay de lo nuestro?
Lo británico parece lejano, pero en realidad contiene muchas lecciones incómodas para América Latina y para Bolivia, donde recurrentemente reaparecen pedidos de escisión y propuestas de autodeterminación.
La primera es sobre el populismo plebiscitario. El Brexit fue presentado como una solución simple a problemas extremadamente complejos: crecimiento débil, pérdida industrial, desigualdad territorial, migración y crisis de representación. Lo de buscar a un “malo externo” que cargue con la culpa es de manual, pero diez años después, ninguna de esas variables mejoró sustancialmente. De momento el discurso anti establishment sigue creciendo, aunque esta vez ya noes el europeo, sino el británico.
Es un patrón que se repite cada vez más en la región. La simplificación política — culpar a élites, migrantes, burocracias externas o enemigos internos — sigue siendo una herramienta electoral extremadamente efectiva incluso cuando no ofrece soluciones estructurales.
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La segunda lección tiene que ver con gobernabilidad. Reino Unido, probablemente la democracia parlamentaria más consolidada del mundo, ha demostrado que incluso instituciones sólidas pueden entrar en espirales de inestabilidad cuando desaparece el consenso básico sobre el rumbo económico y político del país.
En Bolivia la discusión adopta otras formas, pero el fondo no es demasiado distinto: fragmentación política, debilitamiento institucional, crisis económica persistente y creciente tentación de soluciones maximalistas que prometen cambios rápidos en contextos extraordinariamente complejos.
Finalmente está la cuestión identitaria. El Brexit mostró cómo debates aparentemente económicos terminan transformándose en disputas culturales profundas sobre soberanía, identidad nacional, integración internacional y modelo de desarrollo.
Y esa discusión también empieza a emerger cada vez más fuerte en América Latina.
Diez años después, el Reino Unido sigue siendo una advertencia bastante clara: salir de un sistema puede ser relativamente sencillo; construir algo mejor después suele ser muchísimo más difícil.
Sudán, la guerra olvidada
¿Qué pasó?
Mientras gran parte de la atención internacional sigue concentrada en Ucrania, Gaza o la negociación entre Estados Unidos, Israel e Irán, una de las peores crisis humanitarias del planeta vuelve a agravarse en África. Las milicias paramilitares de las Rapid Support Forces (FAR) han rodeado la ciudad estratégica de El Obeid, en el centro de Sudán, generando alertas inmediatas de Naciones Unidas, Estados Unidos y varios países europeos ante el riesgo inminente de una nueva masacre contra población civil.
Sudán lleva sumido en guerra civil desde abril de 2023, cuando estalló la disputa entre el general Abdel Fattah al-Burhan, jefe de las Fuerzas Armadas sudanesas, y Mohamed Hamdan Dagalo, líder de las FAR, antiguo aliado del régimen y hoy convertido en señor de la guerra.
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El conflicto ha terminado transformando a Sudán en la mayor crisis humanitaria del planeta. Según la ONU, más de 14 millones de personas han sido desplazadas y las estimaciones de muertos oscilan entre 40.000 y 250.000 víctimas, aunque nadie tiene cifras precisas porque buena parte del país permanece completamente aislada.
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La alarma actual se concentra en El Obeid, ciudad estratégica situada entre Jartum y Darfur, pieza clave para el suministro militar y humanitario. El temor internacional surge porque hace apenas unos meses ocurrió algo similar en El Fasher, donde las FAR sitiaron la ciudad durante más de un año antes de asesinar a cerca de 6.000 personas en apenas tres días, en hechos que la ONU calificó como compatibles con un genocidio.
¿Y ahora qué?
El riesgo inmediato es una nueva escalada brutal de violencia, pero el problema de fondo va mucho más allá de una guerra civil convencional.
Sudán se ha convertido en uno de los grandes tableros secundarios de la competencia geopolítica global. Aunque el conflicto parece interno, detrás operan varios actores regionales e internacionales financiando a ambos bandos.
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Las FAR reciben acusaciones directas de apoyo logístico y financiero por parte de United Arab Emirates, mientras que el ejército regular sudanés cuenta con respaldo político y militar de Egipto, Turquía, Ruia e incluso Irán.
En otras palabras: Sudán funciona hoy como una guerra proxy de bajo perfil donde distintas potencias disputan influencia regional, corredores comerciales y acceso a recursos estratégicos.
Porque Sudán no es cualquier país africano. Posee reservas importantes de petróleo, enormes depósitos de oro, tierras agrícolas de altísimo valor y además ocupa una posición geográfica clave entre el Cuerno de África, el Mar Rojo y el Sahel.
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El problema es que la comunidad internacional parece haber asumido cierta impotencia. Estados Unidos y Europa han impuesto sanciones a ambos generales, pero Naciones Unidas sigue sin articular mecanismos eficaces para detener el conflicto.
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La sensación creciente es que Sudán está entrando en una fase similar a la de Libia o Siria: fragmentación territorial prolongada, actores armados compitiendo por zonas de control y normalización de la violencia masiva.
¿Qué hay de lo nuestro?
África suele quedar muy lejos del radar latinoamericano, pero lo que sucede en Sudán conecta directamente con varios debates globales que afectan también a nuestra región.
El primero es energético. Sudán ocupa una posición crítica cerca del Mar Rojo, uno de los corredores comerciales más sensibles del mundo. Cualquier desestabilización prolongada afecta rutas marítimas, comercio internacional y precios energéticos, algo especialmente sensible en economías vulnerables como las latinoamericanas.
El segundo elemento es geopolítico. La guerra sudanesa refleja una tendencia cada vez más visible: las grandes potencias prefieren intervenir indirectamente financiando aliados locales antes que involucrarse militarmente de forma directa.
Ese patrón se repite en Ucrania, en partes de Medio Oriente y empieza a consolidarse como una forma habitual de competencia internacional en el nuevo mundo multipolar.
Pero quizás la lectura más incómoda tiene que ver con los recursos naturales.
Sudán demuestra otra vez una vieja paradoja global: países extraordinariamente ricos en minerales, energía o capacidad agrícola suelen convertirse en escenarios particularmente vulnerables a conflictos prolongados cuando sus instituciones estatales son débiles.
La abundancia, en vez de generar desarrollo, termina alimentando disputas internas y competencia externa.
Es un debate que no resulta ajeno a América Latina.
Bolivia, Venezuela, partes de África y buena parte del sur global comparten un mismo desafío histórico: cómo transformar riqueza natural en estabilidad política sin terminar atrapados en disputas internas, dependencia externa o captura de élites.
Sudán recuerda, una vez más, que en la política internacional actual las guerras no siempre estallan por ideología.
Muchas veces empiezan, simplemente, porque debajo de la tierra hay demasiado valor.
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Duró poco el entusiasmo. Apenas una semana después de que Donald Trump y el gobierno de Irán anunciaran el acuerdo de alto el fuego de 60 días para rebajar tensiones en Oriente Medio, el pacto empieza a mostrar lo que muchos anticipábamos: más fragilidad que consenso real.
Washington acusa a Teherán de haber atacado con drones un carguero que cruzaba el estratégico Estrecho de Ormuz, uno de los puntos neurálgicos del comercio energético mundial. Trump lo calificó como una “violación imprudente” del acuerdo, aunque evitó declarar rota la tregua.
El enésimo incidente en una semana revela el problema de fondo: nunca existió un consenso sólido sobre uno de los puntos más delicados del pacto, el control del tránsito marítimo. Mientras Estados Unidos sostiene que el acuerdo garantiza navegación libre y sin restricciones, Teherán insiste en que mantiene soberanía sobre el estrecho y se reserva el derecho de regular — e incluso cobrar — el paso de embarcaciones. El barril WTI ha retornado a los 70 dólares, pero los nervios siguen a flor de piel en el sensible mercado del petróleo.
La reacción iraní confirma esa ambigüedad. Su cancillería desacreditó los “acuerdos ambiguos” impulsados por Washington y dejó claro que no piensa ceder fácilmente el control sobre Ormuz, recordando que el famoso memorándum de 14 puntos firmado el 17 de junio dejaba demasiados espacios abiertos a interpretaciones.
Más allá del incidente puntual, el episodio refuerza una vieja lección diplomática: en Oriente Medio, firmar un acuerdo suele ser la parte fácil; hacer que las partes interpreten lo mismo, bastante más difícil.
Porque al final, este no parece un acuerdo de paz en sentido estricto, sino una pausa táctica entre actores que siguen desconfiando profundamente entre sí.
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La anterior semana me di cuenta de que Gemini resume las newsletter, que de por si pretenden ser un resumen… Así que de nuevo y como siempre, muchas gracias por leernos aunque sea un poquito.
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