Cartografía Mundialista
La aristocracia también envejece
Solo que ayer comprendí otra cosa: la aristocracia no desaparece de golpe, primero deja de asustar. Después aparece un vikingo con alma de robot y termina enviándola discretamente de regreso a casa
Alfonso Cortez
Queridos aristócratas y plebeyos mundialeros:
Hace apenas dos días escribía que la Copa del Mundo suele dormir en las mismas casas. Que, por más simpático que resulte ver a los pequeños rebelarse, casi siempre terminan ganando los mismos.
Ayer descubrí que la aristocracia también tiene distintas maneras de conservar —o de perder— su linaje: Inglaterra eliminó a México. Brasil fue eliminado por Noruega.
Dos aristócratas. Dos historias completamente distintas.
La selección inglesa hizo lo que suelen hacer las viejas potencias cuando no encuentran su mejor versión: sobrevivir. No fue una exhibición. Durante más de media hora México jugó uno de los mejores partidos de su Mundial. Gilberto Mora, con apenas diecisiete años, parecía desafiar a toda una tradición futbolística; Raúl Jiménez obligó a Jordan Pickford a convertirse en el mejor jugador inglés de la tarde, y el Estadio Azteca empujaba como si quisiera mover la cancha unos metros hacia el arco rival.
Pero los campeones —o quienes aspiran a serlo— tienen un talento que rara vez aparece en las estadísticas: saben castigar dos descuidos. Bastaron dos minutos de Jude Bellingham para desmontar media hora de ilusión mexicana.
Kane apareció cuando debía aparecer. Pickford atajó cuando había que atajar. Y, como tantas veces en su historia, Inglaterra volvió a demostrar que posee un talento poco vistoso, pero extraordinariamente eficaz: sufrir sin descomponerse.
Inglaterra eliminó a la selección mexicana. Pero no consiguió eliminar el Mundial que México ya había ganado en las calles.
Porque aunque el marcador terminó 3-2, el verdadero triunfo de México ocurrió fuera del resultado. Durante un mes consiguió algo bastante más difícil que clasificar a cuartos de final: hizo que el Mundial pareciera mexicano. Durante unas semanas, la Copa perteneció más a las calles, a las tribunas y a la gente que a los palcos de la FIFA.
Durante años se dijo que la selección debía reconciliar al país consigo mismo. Esta vez ocurrió exactamente al revés. Fue el país el que sostuvo a su selección.
Y esa quizá sea una de las pocas victorias que ningún marcador puede arrebatar.
Antes de que el Azteca despidiera a México entre aplausos, otro estadio ya había visto caer una vieja costumbre del fútbol mundial: Brasil también estaba jugando su último partido.
Lo más curioso es que no lo eliminó el "jogo bonito". Lo hizo una máquina.
Si los ingenieros de Silicon Valley recibieran el encargo de diseñar un centrodelantero, probablemente fabricarían algo muy parecido a Erling Haaland. Casi dos metros de altura, una potencia descomunal, la expresión imperturbable de un androide y una eficacia que parece programada por una inteligencia artificial.
Durante décadas Brasil nos enseñó que el fútbol podía ser una forma de arte. Garrincha, Pelé, Zico, Romário, Ronaldo, Ronaldinho, Rivaldo... todos parecían convencidos de que, antes de ganar, había que enamorar.
Ayer, Brasil cayó ante un futbolista que no intenta seducir a nadie: calcula, golpea, convierte. Un cabezazo. Un latigazo. Dos goles. Fin de la función.
Lo verdaderamente llamativo no fue la derrota brasileña. Fue la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, Brasil dejó de intimidar. Sigue siendo un gigante, por supuesto. Pero ya no entra a la cancha rodeado de ese respeto casi religioso que durante décadas obligaba a sus rivales a sentirse inferiores antes del pitazo inicial.
Hace dos días escribía que la Copa casi siempre vuelve a la casa de los aristócratas.
Lo sigo creyendo.
Solo que ayer comprendí otra cosa: la aristocracia no desaparece de golpe, primero deja de asustar. Después aparece un vikingo con alma de robot y termina enviándola discretamente de regreso a casa.








