Alejandra Sandoval: “El universo conspira a mi favor, y el universo para mí es Dios”
Con un negocio de comida mexicana, un hijo de 16 años que le da permiso para soñar y apenas dos semanas en el modelaje, Ale, la del Plan 3000, llega al Miss Bolivian Tropic 2026 sin sandalias de pasarela, pero con todo lo demás.
Alejandra Sandoval llegó al modelaje después de un mensaje de Instagram que no esperaba, con una foto de perfil, la del body rosado chicle, hecha con inteligencia artificial —“me ahorré el fotógrafo”— y sin un par de tacones adecuados. Todavía tiene que comprarlos. Lo dice sin vergüenza, con esa risa que suena real, que suena a barrio, a Santa Cruz de la Sierra con las ventanas abiertas.
Está en sus treinta, tiene uno de los perfiles de Instagram más honestos que existen —“disfruten la ficción de Insta”, escribe ella misma al pie de sus fotos— y un hijo adolescente que funciona como representante, confesor y jefe de operaciones. “Él me dijo: si es tu sueño, hazlo”. Cuando el manager de alguien es un adolescente que te da su bendición, algo estás haciendo bien.
Alejandra fue madre a los 18. Sola. En los años que siguieron hizo de todo, hasta vendió refrescos de forma ambulante, crió a su hijo, viajó dos veces a México —la segunda vez, sola y por cinco meses—, aprendió recetas de birria ramen en Guadalajara y fundó Itaí, su emprendimiento de comida mexicana delivery-only. Itaí, dice Ale, es una palabra del guaraní chaqueño que significa mujer emprendedora. “La hallé corta, le aumenté una letra”. Eso es todo. Alejandra es precisa cuando nombra las cosas que le importan.
Antes de irse a México tomó terapia. No por moda, sino por convicción: “Si mi mente no está bien, voy a atraer cosas malas”. Seis o siete sesiones con Gaby Rojas, su terapeuta de cabecera, a quien le hace publicidad con la misma naturalidad con que recita el combo mundialista de Itaí: birria ramen, alitas a la barbacoa, nachos, chicharrón de chancho crocante, todo a 80 bolivianos. La terapia, dice, desbloqueó lo que el dinero y la fe no podían solos.
Es espiritual sin ser religiosa, antisistema sin ser amarga, hogareña sin ser invisible. Ordena la ropa por color. Escucha corridos de superación. Le escribe cartas a Dios con detalles: “Gracias por el vestido negro que me regalaste esta semana”. Tiene un versículo de Jeremías en el perfil, y un mensaje claro: Soy la favorita de Dios todos los días. No de soberbia, aclara, sino de esa fe práctica y sin intermediarios que ella recomienda igual que recomienda a su terapeuta: con nombre y apellido.
Su ídolo es JLO. También del barrio, también imparable, dice. Y aunque Alejandra mide 1.57 y todavía no tiene sandalias de pasarela, ya tiene algo que muchas candidatas tardan años en construir. Tiene una historia que la gente quiere escuchar. Esta es apenas la primera entrevista de su vida, un honor para Pura Cepa. Ojalá no sea la última.








