23 de abril, Día Internacional del Libro
Libros contra el olvido: literatura, oficio humano en tiempos artificiales
En el Día Internacional del Libro, la vigencia del arte literario resiste la automatización. Entre genios, polémicas y voces bolivianas, leer sigue siendo un acto radical de humanidad.
Cada 23 de abril el mundo celebra el Día del Libro, una fecha que se asocia a las muertes de Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Pero más que una efeméride editorial, es una oportunidad para recordar que la literatura es una tecnología espiritual, una herramienta crítica que moldea sociedades.
Cervantes, autor de Don Quijote de la Mancha, arrastró una vida marcada por la precariedad, la cárcel y acusaciones administrativas que lo llevaron a prisión. Shakespeare, por su parte, dejó un rastro biográfico lleno de zonas grises: desde disputas legales por propiedades hasta teorías —nunca probadas— que cuestionan su autoría. En ambos casos, la polémica no empaña la obra: la ilumina. Los grandes escritores parecen escribir desde el conflicto, desde una incomodidad radical con su tiempo.
Hoy, cuando sistemas de inteligencia artificial producen textos con eficiencia asombrosa, la literatura vuelve a tensarse. La máquina organiza palabras; el escritor organiza experiencias. Obras como Pedro Páramo, con su arquitectura fantasmal y fragmentaria, o Los cantos de Maldoror, un delirio poético que desbordó toda moral decimonónica, siguen siendo irreductibles a fórmulas. Incluso en los márgenes, textos como La amortajada de María Luisa Bombal o El lugar sin límites de José Donoso revelan una densidad emocional que ninguna automatización alcanza.
Bolivia no es ajena a esa potencia. Desde Alcides Arguedas con Raza de bronce, hasta Jaime Sáenz con Felipe Delgado, pasando por Memorias de Villa Rosa de María Virginia Estenssoro, la literatura nacional ha explorado identidades, abismos urbanos y memorias indígenas. En estos tiempos, Edmundo Paz Soldán ha llevado esa exploración al terreno de la tecnología y el poder, mientras Giovanna Rivero ha tensado lo fantástico con lo político en relatos inquietantes.
Leer, entonces, no es un gesto pasivo. Es una forma de resistencia ante la simplificación del mundo. En tiempos de algoritmos, abrir un libro sigue siendo un acto profundamente humano, una conversación íntima con lo que somos y con lo que aún no entendemos.








