Pablo Vásquez encontró en la luz su lenguaje más propio
Fotógrafo por vocación y arquitecto por formación. Su mirada une volúmenes, sombras y tradición chapaca en una obra que crece sin pausa.
Para Pablo Vásquez, la cámara llegó tarde, casi de refilón, como un regalo que uno se hace a sí mismo después de años de preguntarse qué falta. Era ya un arquitecto formado cuando decidió comprarse su primer equipo fotográfico. Lo que vino después lo sorprendió a él mismo: tenía una habilidad oculta.
“Me di cuenta que podía capturar y transmitir cosas que para mí eran muy importantes”, dice. Esas cosas, en su caso, son las tradiciones reflejadas en la arquitectura, la identidad chapaca, el tejido invisible que une a una comunidad con su historia. No era un hobby lo que había encontrado, sino un lenguaje.
La doble formación, arquitecto y fotógrafo, lejos de dividirlo, lo completa. En la arquitectura hay una frase que él cita con la naturalidad de quien la ha hecho suya: “la arquitectura es el juego correcto de los volúmenes bajo la luz”. La fotografía, recuerda, también es luz. Desde ese cruce, Vásquez trabaja con volúmenes, sombras, líneas y perspectivas que el ojo entrenado en los planos sabe leer de otra manera.
Este año, como en los anteriores, fotografió a las soberanas del Carnaval Chapaco 2026. La sesión se realizó en el hostal Pata y Perro, un espacio que le permitió construir imágenes que, según sus propias palabras, “engloban nuestras raíces y relatan lo que significa ser chapaco”. El desafío en ese tipo de retratos es capturar a la persona real detrás del rol simbólico. Su método es la espontaneidad. Pidió a las soberanas que bailaran, y el movimiento hizo el resto, revelando gracia, elegancia y autenticidad en una misma imagen.
Su obra más reconocida hasta ahora sigue siendo “Chunchos en el Lazareto”, un libro que publicó hace cuatro años junto al antropólogo Daniel Vacaflores. Allí documentó una de las fiestas religiosas más arraigadas de Tarija con la premisa de no dirigir, no posar, no intervenir. Solo observar. “La cámara me permite acercarme a las personas sin que ellas lo noten”, explica. El resultado fueron retratos que destilan fe, devoción y la originalidad de una tradición que sobrevive al tiempo.
Hoy Vásquez dicta fotografía en la UPDS porque quiere transmitir esa pasión a los jóvenes. Y tiene en mente el proyecto de documentar el Cementerio General de Tarija, ese patrimonio silencioso y cargado de historia que la ciudad todavía no ha mirado bien de frente. Solo le falta el financiamiento. Mientras lo consigue, sigue fotografiando lo que ama. Haciendo la lucha, como él mismo dice, se puede vivir del arte.





