“La vida sencilla”: trazos para la biografía de un pintor
El pintor tarijeño, René Subelza, nació en 1958, el 17 de junio a las 17 horas con 17 minutos, “cuando la ciudad acababa en la iglesia de San Roque y el norte era campo”.



Hoy cumple 66 años el pintor, René Subelza. Como es atento al detalle, a la textura, destacó en su encuentro con Pura Cepa que es de Géminis, signo que lleva marcado con dos lunares en su brazo derecho. “Cástor y Pólux”, les llama. Curiosamente, las dualidades no paran ahí: es el hijo mayor, le siguen dos hermanas, y hubo también hermanos mellizos, “pero han muerto al tiempo de nacer”.
Subelza dice que su memoria empieza desde que tenía un año, y la primera pincelada que se le grabó fue “el velorio de la abuela”. También está el extraño episodio de “una gran fiebre” que tuvo cuando era chico. Lo habían dejado solo en casa, con el perro y su delirio. Cuando acordó, el delirio seguía, pero el animal estaba muerto. “No estaba consciente. Lo que recuerdo es que estaba echado y las paredes se venían encima de mí”.
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“Como me dejaban ahí, me volví el hombre de Altamira y decoré toda la cueva con dibujos”
La casa de infancia estaba situada “en el último vestigio de la civilización tarijeña”. Había que ir a las vertientes para acarrear agua, alumbrarse con mechero. Había dos habitaciones: una para dormir, otra para guardar los “Frutos de la cosecha”. A las cinco de la mañana, se iba con su papá a cortar alfa y alimentar a los animales. Aprendió a yuntear a los 7 años. “En ese tiempo era trabajo, pero vieras cómo extraño eso. Era vida sencilla”.

Cuando volvía del campo, su padre buscaba los colores que guardaba junto a una imagen de la Virgen de los Dolores que acompañó a la familia paterna “desde tiempos inmemoriales. De natural, era muy bien hecha. No sé si de Cuzco o de España. En lugar de restaurarla, mi papá le puso pestañas y vestido”. Dibujaba escenas de apaches contra soldados a la luz del mechero. “Yo veía, pero no me quería prestar los colores, los encerraba con llave. Como me dejaban ahí, me volví el hombre de Altamira y decoré toda la cueva con dibujos”.
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Así comenzó Subelza, y a los 16 años se decidió a pintar con seriedad. “Como si supiera, molía ladrillo, greda, hojas, todo lo que tenía color, y lo mezclaba con clara de huevo y aceite de linaza. Hice un bastidor de madera, y de las bolsas de azúcar hice lienzos”. Su primer cuadro, “Madre Naturaleza”, lo tiene una prima: una isla en medio de un lago sostiene a una mujer que se conecta con las raíces de un bosque lleno de aves al atardecer. “No está mal para ser mi primera obra”. La primera de más de dos mil, hasta ahora.
La pintura de Subelza está hecha, en parte, de los recuerdos que tiene de la vida sencilla: el olor del ambiente cuando su mamá hacía chicha, las actividades del campo junto a su padre y la colección de revistas D’Artagnan que este compraba en la agencia de Julio del Carpio, en la plaza. “Esas revistas me han servido mucho, eran un estudio de anatomía”.
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La otra parte son sus sueños. “Me obligaba a despertar y hacer apuntes de lo que veía. He aprendido a salir de un sueño, despertar y volver a entrar. Mi pintura no es surrealista, porque la técnica es distinta. Es una ensoñación, estando despierto. Hago música, escribo, canto, compongo. Pero más me gusta la sensualidad que tiene el hecho de anteponer pinturas en una superficie, tener texturas, y crear la luz”.
